Tomar una decisión

¡Adiós!
Sí, esto empieza con un “adiós”. Adiós a un estilo de vida que no me deja tiempo para lo que quiero usar mí tiempo. 
Hechas ya las despedidas necesarias, empecemos con un “Hola!”
Hola Sabina, ¡bienvenida!
 
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Martín me regaló una pulsera cuando volvió de viaje, y repitió las palabras del ciego que se la vendió en un autobús público en Guayaquil: cuando se rompa o se pierda, tenés que tomar una decisión.

Tantas elecciones, tan poco tiempo

¡Qué regalo oportuno! Yo siempre estaba a punto de tomar la decisión, pero nunca lo hacía. El primer deseo de intentarlo fue a los seis meses de entrar a mi último trabajo. Después dije “en marzo del año que viene”. En marzo dije “en junio”. En junio dije “en octubre”, y en octubre dije “en diciembre”.

En el ínterin, una receta conocida me acechaba todos los días:

Receta para un sinsabor “De la casa al trabajo y del trabajo a casa”

 Ingredientes

–      40 minutos de ida parado

–      8 horas sentado

–      1 hora de almuerzo

–      40 minutos de vuelta parado

–      2 horas de televisión

–      Insatisfacción a gusto

Modo de preparación

Despiértese un día, lávese los dientes, tome un café con leche con tostadas, vístase y camine hasta su medio conveniente de transporte público. Considere que puede tardar hasta una hora en poder subir al mismo. Luego empuje a todas las personas que pueda para poder entrar. Cuide sus pertenencias. Abstráigase de la realidad escuchando música con auriculares o leyendo un libro en la posición en que pueda estar más cómodo. Ponga cara seria y no establezca contacto visual con otras personas, para que nadie se acerque a hablarle. Piérdase en su mundo. Disfrute de este no-lugar.  Tenga en cuenta que en el camino puede retrasarse y llegar tarde. Salga, por las dudas, 2 horas antes de su casa.

Llegue a su trabajo vestido con colores grises o negros. Intente demostrar en cada ocasión posible su superioridad con el resto. Disfrute de la meritocracia. Siéntese en su cubículo y repita los mismos movimientos con su mano al mover el mouse. Mire fijo la pantalla de su computadora y cuando alguien se acerque a hablarle, escúchelo mientras sigue mirando la pantalla. Reduzca al mínimo la interacción con sus pares, maximice su tiempo. No se concentre en su mediocridad, sino en el dinero. Disfrute de esta vida, ya que allá afuera, la incertidumbre lo espera.

En el camino de vuelta a casa, pase por un shopping a comprar algo. El nivel de gastos debe ser proporcional al stress obtenido durante el día. Luego vuelva a su casa y prenda el televisor. Mírelo por 2 o 3 horas hasta considerar que es suficiente, y luego apague la luz y duerma. Un día entero ha pasado y ha vuelto a sobrevivir a la incertidumbre. Libre de todo riesgo, puede sonreír. Si tiene insomnio, navegue por las redes sociales hasta conciliar el sueño.

Repita este proceso una y otra vez durante 40 años.                     

En realidad el problema no era la receta, sino que le faltaba el ingrediente mágico que le daría ese sabor especial: el amor por lo que se hace. Yo no sabía qué pensar: ¿el tiempo es oro porque cada segundo de TV vale una fortuna o el tiempo es oro porque es lo más valioso que tenemos? Finalmente me di cuenta que no se trataba de ser una rica pobre, mejor era ser pobre y rica de alma (Pero eso sí, con chocolates e instrumentos musicales).

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Poco a poco fui consumiendo inspiraciones como si fueran agua en el desierto. A veces fueron personas, a veces fueron libros, a veces fueron experiencias que alguien contó, artículos que leí en el diario, blogs en Internet, letras de música que escuché, una frase pintada en una pared. Cada video, cada texto, cada charla, significaron un sorbo más de motivación. Y se gestó un foco infeccioso, que día a día se esparció por el cuerpo y se cuestionó todas las recetas que se venían preparando hace 20 años.

Una frase pintada en un puente sobre Avenida Córdoba insistía: “Querés tener razón o ser feliz?”

Después de volar con la imaginación por un rato, el instinto proponía volver a la realidad. Pero si esta era la realidad, yo no quiero realidad, yo quiero magia.

Veía pibes recién recibidos, muy felices en el laburo y comprobé que hay gente que es realmente apasionada por la profesión. Me sentía culpable por no sentir lo mismo. Entonces…Yo quería que llegara mi apasionamiento! Y en realidad siempre supe lo que me apasionaba en primer lugar: viajar, hacer música y escribir. Pero esas cosas sonaban tan hippies comparadas a mi vida corporativa y académica, que me costaba asumirlas, aunque paralelamente las cultivaba.

Y aunque irme del trabajo no significaba que no me guste trabajar, que sea vaga o irresponsable, hacía años que justificaba dedicar mis días a hacer algo que no es lo mío. Irme de este trabajo sólo significa que decido decirle adiós a algo que no me gusta.  ¿Por qué las decisiones que implican ser fiel a uno mismo son las que más posponemos?

Me sentía como un animal enjaulado, pero siempre tuve la llave. Tiré de la soga como uno tira cuando no se anima a terminar una relación, hasta que cayó de maduro que era el momento y: ¡¡¡a la mierda con todo!!!

Quiero una vida a medida y no a medias. Me miré la mano y ya no tenía más la pulsera, se había caído en algún momento…

Renuncié a mi trabajo y me voy a viajar por tiempo indefinido. Hoy me voy a Roma y llego… ¡2 días después! Compré el pasaje más barato posible: 33 horas, escala en San Pablo y escala de 11 horas en Estambul. Próximos planes: el jueves llego a Roma, el lunes parto a Sicilia.

¡Síganme los buenos!

“…Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino. Si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. (…) Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta: ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Todos los caminos son lo mismo, no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no…” Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.”

Don Juan en “Las enseñanzas de Don Juan” (Carlos Castaneda)

 

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