El viaje y sus interacciones

Salida accidentada

Cuando llego a Ezeiza presento mi pasaje en el mostrador de Turkish Airlines, y al ver que tengo una vuelta que supera los 3 meses, me preguntan si tengo ciudadanía europea. Cuando digo que no, la chica que me atiende aprieta los labios y se va hasta una oficina detrás. Vuelve al rato, diciendo que para que me dejen salir tengo que tener un pasaje con salida de Europa antes de los tres meses, “sí o sí”. Le digo que no pensaba quedarme todo ese tiempo en Europa, que voy a seguir viajando hacia el este, que me salía más barato comprar un pasaje de ida y vuelta. Me dice que no importa, que cambie la fecha de regreso o compre un pasaje que salga antes.

“Pero la put…”

Apurada, me voy a un locutorio, entro en los websites de las aerolíneas low cost y saco el pasaje más barato que encuentro: a Marruecos para junio. Es un poco estresante tener que elegir la fecha de un momento para otro, pero qué va, estoy de fiesta, no me puedo quejar. Vuelvo al mostrador y me atiende otra mujer, que de lo único que no duda es de su duda, y me dice que tal vez tendría que tener otro pasaje que vuelva a Roma antes de la fecha de regreso. Pongo cara de pocos amigos (me encanta esta expresión). Me avisa que existe la posibilidad, cuando llegue a Europa, de que me hagan comprar algún pasaje más. Mamadera! Esto me hace ir un poco ansiosa todo el viaje… Pienso si tendré problemas en Turquía o recién en Italia.

Disfrutando las pequeñas cosas – mamão bonus track

El avión hace escala en São Paulo, se bajan 2/3 de los pasajeros y antes de que suban los nuevos, entran varios brasileros a acondicionarlo. Disfruto mucho de escucharlos hablar en portugués a los gritos entre ellos “fecha a janela, rapido!”, “a poltrona quebrou!”. Qué bueno que Anama Ferreyra nunca aprendió a hablar en español, ese acento es una cosa de locos… lo mejor es que suben comida al avión: en mi ensalada de frutas descubro unos pedacitos de mamão (papaya). Soy feliz.

Hay equipo

Un hombre de no sé qué nacionalidad, que se sienta en la otra punta de la fila de 4 asientos donde yo estoy, me pregunta si en el caso de que no suban los dos pasajeros del medio, se puede tirar a dormir en todos los asientos. Con una gran sonrisa le digo que sí. Al segundo pienso “noooo…era una gran oportunidad para los dos, de poder dormir más cómodos, con un asiento de más para cada uno.” Al rato, le digo “Sir, si le parece justo, luego de que Usted descanse por un rato, me gustaría compartir un asiento cada uno”. El hombre me dice que más tarde yo podía dormir en todos los asientos, si quería. Le digo que con uno me parece bien, así él también puede seguir descansando. Sonríe y se pone contento. Se acuesta en los tres asientos y me pide que lo despierte. Cuando yo me despierto,  él ya está sentado. Duermo un rato yo (en 2 asientos) y luego un rato él (en 3), y así sucesivamente, en una coordinación perfecta, sin hablarnos. Una vez me despierto y el señor me está tapando con una manta (!!!).

La sorpresa turca

Tras 18 hs. arriba del mismo avión, llego a Turquía. Obviamente no entiendo nada, hago el control de pasaporte sin ningún problema y le empiezo a preguntar a la gente dónde hacer la conexión. Una vez que sepa por dónde me tengo que quedar, me voy a tirar en el piso o en una silla a pasar 12 hs. No voy a salir del aeropuerto a conocer Estambul, es de noche y tarde, llegué a las 21:55 hs. y  salgo para Roma a las 9:05 am. Le pregunto a un hombre de seguridad del aeropuerto y me dice “Starbucks, over there”. Le contesto “no, no…no coffee, connection, please!”, él dice “hotel, Starbucks, right!”. Le digo “no hotel, connection”. Desisto de esta conversación porque no nos estamos entendiendo, le agradezco y me voy a un mostrador de Turkish Airlines. Muestro mi pasaje y me dicen “oh, Starbucks”. Esta gente está empecinada en venderme café. Después me dicen “hotel, hotel, flight is tomorrow” y yo pienso “no money for hotel”.

Había averiguado en este útil website: http://www.sleepinginairports.net/, creado exclusivamente para situaciones en las que no queda otra que dormir en el aeropuerto, cuál era la zona más cómoda para dormir en el piso. Por si las moscas, averigüé cuánto costaba tirarme unas horas en algún hotel aeroportuario: nada más que una tarifa de apróximadamente unos 100 euros, de 3 a 6 hs de habitación. Esa sería la siestita más cara de mi vida, de luca y pico! “Ni loca…”, pensé, “¡van a ser unas excitantes 12 horas en la silla de un aeropuerto, se van a pasar volando!”.

Finalmente, encuentro un mostrador de Turkish Airlines que dice “Hotel” y está al lado de un Starbucks.

Les doy mi pasaje mientras analizo cómo la globalización llegó al aeropuerto de Estambul: me dicen que me siente a esperar a que me llamen en el famoso Starbucks, donde están pasando música… cubana.

Este es el aeropuerto donde más diversidad de personas ví en mi vida. Todo un aeropuerto monopolizado por una aerolínea, cuya existencia desconocía hasta que saqué el pasaje más barato (y más interminable) que encontré a tres semanas de irme. Después me enteré que hasta son sponsors del FC Barcelona… Volviendo al tema, Estambul conecta vuelos hacia todo Asia y Europa del Este. Veo personas con vestimentas que sólo había visto en películas: túnicas, sombreros, barbas, bigotes, burkas. Pero, mientras esperaba, hice el avistaje de una auténtica rara avis para quienes viven en estas tierras: una especie de rubio altísimo, mitad blanco, mitad rosa, con un llamativo poncho norteño, típico de la región andina. Abajo del corto poncho no tenía nada, solo los pelos de las piernas y zapatillas de escalar montañas con medias.

Finalmente, dicen mi nombre y el de otras personas. Nos piden que los sigamos hasta una camioneta: nos llevan a un hotel! Gratis! Por dentro entono “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”

Baño turco, prisión turca, cama turca, turco en la neblina

(El título no tiene nada que ver con lo que voy a escribir, pero durante mi corta estadía en Turquía me pregunté por todas esas cosas que siempre se mencionan.)

El hotel queda a unos 15 minutos del aeropuerto, y no me alcanzan los ojos para mirar todo lo que puedo por la ventana. Me va a dar tortícolis. En realidad no veo mucho, vamos por una autopista y parece que están en época de campaña política, hay banderines por todos lados y caras gigantes de los candidatos diciendo consignas que no puedo comprender. Me los imagino diciendo cualquier tipo de cosa.

Llegamos a un hotel espectacular. ¿Qué hice yo para merecer esto? Esta areolínea cada vez me gusta más.

El recepcionista intenta leer mi nombre completo (Sabina Larisa Beatriz Greenberg Farías). Como le cuesta y se traba, todos se ríen cuando levanta la vista de mi pasaporte y dice “I almost died”. Más tarde, cuando llama uno a uno para entregar las llaves de las habitaciones, empieza desprevenido a pronunciar mi nombre y dice “sabbb… please!!!”, pone ojos de huevo y cara de alivio cuando me ve acercándome. Ahí mismo me habla un marroquí, que dice ser de Casablanca, y me pregunta mi nombre. Se lo digo completo y me dice “Isabella, beautiful name”. Después me dice “Larisa is a russian name”. Cuando le digo que soy argentina me dice “Argentina, Messi”, frase que presiento que voy a escuchar constantemente, y hasta dos veces más, por tratarse del año del mundial.

Dos de países remotos

En el bus de vuelta hacia el aeropuerto un hombre me saludó y me preguntó de dónde era. Me dijo que se imaginaba que Argentina era un país lleno de flores y de fútbol. Cuando era chico se había disfrazado de Maradona porque era su ídolo. Me preguntó qué más había en Argentina, aparte de fútbol. Se quedó pensando y sonriendo, y asintiendo con la cabeza dijo, “wooow, ¡sos la primer persona de Argentina que conozco!”. Yo le dije, con la misma emoción, que él también era la primer persona de Kosovo que yo conocía, y nos reímos.