Roma y yo

Cruzar la línea de llegada

Finalmente llego a Roma. El último tramo del vuelo se hace interminable, y se me cae la cabeza para adelante en el avión y me despierto, y me vuelvo a desnucar y a despertar, y así sucesivamente. Mi intención no es babear adelante de todo el mundo, pero hace 30 horas que salí y ya no doy más, quiero llegar.

Estoy cagada por la entrada, por si tendré que sacar otro pasaje o porque me lleguen a tratar mal. Imagino todo tipo de escenarios dramáticos y crueles. Finalmente, llego al mostrador con una incipiente taquicardia y me sellan el pasaporte sin decirme una palabra.

Ciao, bella Italia!

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Primer aprendizaje del viaje: de nada sirve perder el tiempo preocupándose, en todo caso hay que ocuparse o ser paciente (si fuera más fácil).

Una vez en la estación de tren, me voy a fijar la dirección del hostel y me doy cuenta que no tengo las instrucciones para llegar. Recurro a la memoria y me acuerdo algo de “Sabina, Trastevere”. Me tomo un tren desde el aeropuerto y cuando chequean mi boleto, un hombre escucha que me estoy equivocando y me voy a bajar en una localidad en las afueras de Roma que se llama Fara Sabina (muy egocéntrica, lo sé…). El hombre me explica dónde es el lugar exacto en el que me tengo que bajar del tren y luego me cuenta que es de Tunez y que quiso sacar un pasaje de avión por Aerolíneas Argentinas para conocer Buenos Aires en una promoción, y que no pudo porque su tarjeta de crédito no era de la Unión Europea. Me pregunta cómo puede hacer para comprar el pasaje, a lo que no sé que responder. No esperaba que esta fuera la primer pregunta que una persona me hiciera en Roma.

Camino al hostel, los primeros momentos con la mochila son duros porque la espalda no está acostumbrada, pero esta vez estoy conforme. Es el viaje más largo que voy a hacer, y en el que menos equipaje llevo. Llené una mochila de 45 litros, y no supero los 10 kilos. Llevo también una mochila de mano y el ukelele, que es como una pluma.

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Llego a la casa donde me voy a quedar y el dueño me avisa que al día siguiente van a proyectar “Volver al futuro” (doblada al italiano) y que hay que disfrazarse como uno de los personajes de la película. Me gusta la idea, ya empezamos con lo bizarro.

Salgo a dar una vuelta. Camino como un zombie, sin rumbo fijo, y al rato ya estoy volando. Mi mente no puede pensar en nada, soy Michael Jackson en Thriller, pero en Roma. Camino sin parar, nunca me pierdo porque no estoy yendo a ninguna parte. No puedo ni perder un segundo para comer. Todo es belleza pura. Vuelvo arrastrándome unas horas después al hostel, decidida a dormirme la vida. Me llevo la desilusión y sorpresa de que en mi cuarto hay 4 personas hablando y riéndose. Pienso: “deprímanse y sufran solos en sus camas como si fuera domingo…pero en silencio”. Son todos suizos muy simpáticos y no entiendo un catzo de lo que dicen. Pienso que van a pensar que soy una santurrona, pero me meto en la cama a las siete de la tarde. Me meto con mi computadora, así que también van a pensar que soy un hikikomori. Qué carajo me importa lo que piensen, me voy a dormir!!! Apago el motor.

Me despierto a las 15 horas porque escucho que alguien entra al cuarto y dice algo así como “naaaa”, hay risas y entre todas las palabras en suizo, entiendo que dicen “jet-lag! Jet lag!”. Soy el hazme reír de mis compañeros de cuarto, una especie de topo que encontró su cueva en la habitación de este grupo de amigos que está de fiesta.

 

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Números romanos

  • Es la 3ra vez que estoy en Roma, pero la 1ra que no vengo a un casamiento. Mi primo francés se casó con una compatriota en Roma, lugar donde vivían en el momento. Mi hermano se casó con una hermosísima italiana llamada Erika. Como ya hice el circuito turístico en otra ocasión, esta vez me voy a dedicar a caminar. En unas semanas voy a volver a Roma. Es inevitable decir entonces, que todos los caminos conducen a Roma
  • Tengo un orgasmo pizzero, producto de una orgía de tomate, queso, harina y berenjenas. Temo por mi futuro. En Roma, hace exactamente 7 años, empezó la gula que me llevó a engordar 12 kilos en 3 meses. Saco una rápida estadística que dice que si mi viaje se prolongara por 9 meses, esta vez podría llegar a aumentar 36 kilos. Entro en pánico.
  • No me animo a arriesgar un porcentaje de las personas que andan en moto, pero son muchísimas. No veo a 1 persona andar en moto sin casco.

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  • Hay miles de turistas. Pienso en la calle Florida, de Buenos Aires. Es como si todo Roma fuera la calle Florida. Los turistas están contentos, cómo no estarlo si la belleza de esta ciudad es inmensa. Tiran monedas a la Fontana di Trevi, a veces desde lejos, casi pegándole en la cara a los que están abajo. Todos se ríen, veo centenares de sonrisas.
  • Cientos de personas sacan fotos y se escucha clic tras clic. Me pregunto en cuantos retratos domésticos terminaré. Más bien, en estos tiempos modernos, me pregunto en cuantos facebooks seré esa persona que justo pasa por detrás, o cuanta gente me puteará por haberle arruinado la foto.

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Gula y lujuria

Me veo envuelta en una apasionada discusión, en Campo de Fiori, con mi amigo “El tano Andrea”, de Civitavecchia. Aperitivo de por medio, discutimos sobre por qué el sabor de la pizza y la pasta en Argentina no es el mismo que en Italia, a pesar de tener los mismos ingredientes. El tano me cuenta que trató de hacer una carbonara en Argentina, y no le salió como él esperaba. Discutimos de clima, de huertos (que se dice orto en italiano, lo cual provoca en mí un efecto hilarante cuando el tano dice frases  del estilo “es muy importante que cada persona tenga un buen orto en su casa”), mientras los músicos callejeros tocan el acordeón.

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Para que todos se queden contentos, concluímos que la pizza y la pasta la ganan los italianos, pero la carne, los argentinos.

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La gente se reúne alrededor de las 7 de la tarde para el aperitivo. Tomamos Spritz y nos dan unas bruschettas gratis. En Roma se puede beber en todas partes (hasta agua: hay muchísimas fuentes de agua potable por toda la ciudad.)

Esto no es exageración, pero el sabor de la comida es absolutamente pecaminoso. Esta gente sabe comer bien y cada cosa que pruebo es mejor que la otra. El sabor del pomodoro, el basilico, el olio… Siento que podría comer pizza toda la vida.

El helado es exquisíto también. Hace mucho frío, pero todo el mundo está comiendo helados a toda hora. Se exhiben en los mostradores, exuberantes, pornográficos. Roma me recuerda a un documental de Anthony Bourdain llamado “food porn”, en el que describe cómo la comida, su preparación y su posterior deglución, pueden bien asemejarse a una película pornográfica. Lujuria por la comida es lo que provoca Roma.

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Dale, dale con el look

Roma parece una pasarela, donde turistas y locales exacerban la cultura de la moda y la estética. Las mujeres usan muchas capas de maquillaje, accesorios, carteras, zapatos y actitud sexy. Los hombres llevan el corte de pelo y la barba perfecta, con ropa ajustada. Me acuerdo del Cholo Simeone. Aquí hay una cultura de la imagen, pero no una cultura del cuerpo como en Río de Janeiro, sino una cultura de arreglarse para salir.

Todo es extremadamente estético en la ciudad de la dolce vita.

Y encima de todo, un río

Estoy feliz por tener que cruzar el río Tiber obligadamente, todos los días…

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… y todos los atardeceres

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No puedo parar

Hace dos días que salgo a comprar algo para desayunar y termino volviendo a las 7 de la tarde. Sin cámara de fotos, sin nada. Los últimos días me obligo a salir con la cámara, por si una callecita me lleva a otra, y así indefinidamente. Perderse en Roma es maravilloso. Sin mapa, sólo caminando, de alguna forma u otra, siempre se llega a donde se debe estar.

Un día me tomo un café (el café es fuerte, efectivo, delicioso), y tomarlo en el lugar sale más caro que llevarlo (portare via). La mayoría de los lugares cobra más caro si consumis ahí, pero me cuesta encontrar un lugar donde parar en la calle. En el centro casi no hay veredas, y en cualquier curva un auto o moto te puede pasar por encima. Los estímulos en Roma son muchísimos, sin necesidad de carteles luminosos. Las dueñas del café discuten entre ellas y una se va del bar, mientras la otra le cuenta a los gritos lo que pasó a una persona que está en la otra punta del bar. Estoy en mi salsa.

(Inaugurando la sección de comentarios desubicados: Esto me recuerda a algo que no viene al caso, pero voy a contar igual. El otro día, en un bar en Buenos Aires, pedí un jugo de naranja. Veo como la persona que lo está sirviendo en un vaso, lo huele y pone una cara rara. Luego huele la jarra de donde lo está sirviendo. Me lo traen y yo no sé si preguntar por qué lo olieron o si lo quiero tomar, tengo miedo. Espero a que la persona que lo sirvió me mire, y me pongo a olerlo también.)

Una extraña fuerza me lleva a caminar y no me deja parar, a pesar de sentir un fuerte dolor en el tobillo derecho. Por un par de días casi no como, es que no puedo parar.

Recorro todo Roma caminando, sin tomar ningún transporte público, creo que me excedo un poco, pero cuando uno está enamorado, ¿qué puede ser un exceso? Me dirijo a algunas de las 7 colinas de Roma, para tener una vista panorámica de la ciudad.

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En el camino, no paro de ver estatuas. Uno no es consciente de la ignominia, ni de las pocas estatuas que tiene, hasta que no va a Roma.

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Y en Roma, también, veo amor por todas partes, la gente no para de besarse.

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Los romanos deben estar hartos de dar indicaciones de direcciones. Pero veo que hasta entre ellos mismos es necesario guiarse en esta laberíntica ciudad, y siempre con una sonrisa y buena predisposición. Son cálidos.

En Italia me siento como en casa, no hay duda de que somos familia.

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