Palermo sensible

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Siamo arrivato alla Sicilia

El avión está a punto de caerse al Mediterráneo, pero mágicamente aparece un pedazo de tierra donde aterriza sin ningún problema. Bajo de la aeronave por la escalera y sucede lo que no me esperaba: más frío y lluvia que en Roma. Corro hasta el autobus que nos va a llevar al aeropuerto, y tirito los 10 minutos que tardan en subir todos los pasajeros. Al fin estamos todos, el bus avanza 5 metros y…llegamos.

Pedí alojamiento por Couchsurfing la noche anterior, sólo por las dudas, ya que es poco probable que alguien me invite a dormir a su casa de un día para el otro. Pero Gerlando me contestó a las pocas horas, diciendo que soy bienvenida. Sorpresivamente, me pidió que le mande un mensaje cuando llegue a Palermo así me busca en la estación.

Llego en autobús desde el aeropuerto a la Stazione Centrale de tren de Palermo y, al bajar, veo a alguien que puede llegar a ser Gerlando, con un amigo.

– ¿Sabina?

-¿Gerlando?

Qué reconfortante es llegar a un lugar absolutamente desconocido y que alguien te esté esperando. Esto es Couchsurfing, la hospitalidad pura.

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Caminamos juntos hasta su casa bajo la llovizna, mientras ellos se ríen, y yo no entiendo nada de lo que dicen en dialecto siciliano. Subimos 4 pisos por escalera y entramos a un departamento enorme, donde hay ocho estudiantes universitarios. Aparentemente, no soy yo la única que por dentro siente un poco de timidez: los demás no se animan a hablarme y me miran de reojo. Uno de los chicos, me dice que los demás están un poco tímidos por mi presencia y porque no hablan inglés. A partir de entonces, pongo manos a la obra a mi plan de aprender italiano. Saco el librito de frases que compré en Roma y empiezo a hablar, lo que provoca las risas de todos por mi paupérrima pronunciación. Dos chicos y yo hablamos portugués, uno habla inglés y todos los demás hablan italiano y siciliano, así que de ahí en más, este viaje se convierte en una ensalada de palabras en todos los idiomas y dialectos posibles…pero de alguna forma la conversación es muy fluída.

Me invitan a comer una pasta cocinada por “Mamá Ricardo”, un siciliano de un piccolo paese (pueblo chico) y un pelo enorme, que cocina todos los días para sus compañeros. Como son tantos y no quiero molestar, pienso en decirles que me voy a comer a otro lugar, pero me detengo un instante para darme cuenta que también tengo que aprender a recibir. En Roma, cuando fui a pagarle al dueño del hostel no quiso recibir mi paga, me dijo que fue un placer tenerme ahí. Su gesto me dió tanta alegría como verguenza y le dejé la plata en el mostrador igual. Pero, no sé si hacer eso me hizo sentir mejor o peor. Así que acepto con una sonrisa la invitación a comer, respiro hondo y también me mentalizo en sentirme cómoda, entre tantos desconocidos.

Después de comer, Gerli me lleva a dar una vuelta, en la cual me muestra  algunos mercados callejeros y lugares históricos, y me invita a comer un cannolo.

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En la calle veo que la gente me observa, y entiendo que no paso desapercibida entre miles de turistas como hasta ayer en Roma. Aquí soy la forastera y la gente es curiosa y sonriente. Siempre que pueden me dan muestras de amabilidad y alegría de recibirme. Mientras un vendedor de quesos me regala un delicioso pedazo de ricota para que pruebe el queso de Sicilia, pienso en qué lindo es que la gente te mire a los ojos y la diferencia con la gran ciudad. De repente, me vuelvo a acordar de que esto no es un pueblito como yo me lo imaginaba, es una ciudad de un millón de personas…cálidas.

Por la noche, Ángelo, un amigo de mi anfitrión, llama a Gerlando y le dice que me va a pasar a buscar en la mañana siguiente para ir a recorrer la ciudad. ¿Qué mejor que un guía local?

Una ciudad antiquísima

Palermo es una ciudad con miles de años de historia. Tantos, que la arquitectura, la comida y la cultura de la ciudad son resultado de la mezcla provocada por haber tenido dominación fenicia, greca, cartaginesa, normanda, arábica, española y etc., etc.

La historia de Sicilia es tan apasionante como larga, y me mareo cuando me la cuentan, mientras pienso en qué jovencitos que somos… (así como a veces pienso que Chile es un país muy finito).

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Me cuentan que en los jardines de las casas, si se escarba, es fácil encontrar piezas y restos de todo tipo. Hay ciudades enteras enterradas abajo de donde estamos parados. Muchas familias tienen piezas valiosísimas guardadas, que no quieren perder dándoselas al Estado.

Como resultado de los años, Palermo es multicultural. Se pueden apreciar las diferentes ascendencias de las personas: en la casa donde estoy, algunos son rubios normandos, otros tienen rasgos arábicos, otros grecos.

Sin embargo, el siciliano tiene una identidad muy fuerte, de mucho orgullo y amor por su tierra. Según me cuenta mi guía, muchos sicilianos no saben hablar italiano, y otros tantos no se sienten italianos, simplemente sicilianos. Algunos nunca salieron de la isla.

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Por otro lado, veo en la calle y en los comercios una gran cantidad de inmigrantes africanos, indios y chinos. Una de las inmigraciones más importantes es la que llega en barcos a la isla de Lampedusa y pide asilo al espacio Schengen. Lampedusa es tristemente célebre por las tragedias producidas por los naufragios de barcos que intentaban llegar a la isla, en los que han muerto cientos de seres humanos. Pienso, como leí en algún diario por ahí, en cómo puede llegar a quemar y arder la tierra bajo los pies, para lanzarse al agua en esas condiciones.

Estética

Ángelo me dice que no hace falta viajar a Sarajevo para ver una ciudad bombardeada, en Palermo eso también se puede encontrar. En el centro histórico hay edificios destruidos y abandonados, que según Ángelo no están así por ser patrimonio histórico, sino porque nunca hubo dinero o interés del gobierno para arreglarlos o valorizarlos.

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Lo viejo y lo nuevo, lo destruído y lo recién construido llenan al lugar de contrastes. La charla con este palermitano, la ciudad mezcla de grises y marrones, y ese aire descascarado y lavado de la pintura, tiñen de un aire melancólico a toda la atmósfera a nuestro alrededor. Es como si estuviéramos en otra época, pero con gente vestida a la moda del 2014. Las callecitas angostas y los balcones con ropa colgando me recuerdan a la ciudad de Nápoli.

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La mala fama es universal

Ángelo me muestra su ciudad y me habla de ella con un gran orgullo. Me dice que no quiere que venga un turista a Palermo y piense “que la ciudad es una mierda”. Pero como la preparación para recibir al turismo, según él, no es buena, se va a encargar de mostrármela. Me habla con pasión sobre historia, arquitectura y comida. Cuando le digo que él debería abrir su propia agencia de turismo, se pone serio para hablar de un tema que yo no iba a sacar: “si hoy pensás en abrir un negocio, tenés que arreglar con el gobierno y con la mafia…”.

Y ahí mismo, le echa la culpa de las asociaciones que se hacen sobre los sicilianos en el mundo a la película “El Padrino”. “La película sólo contribuyó a crear una mala imagen del siciliano. No es lo mismo lo que el italiano hizo en América que la mafia en Sicilia. Esto es algo serio y aquí sigue siendo un gran problema. Hasta hace 15 años, a las 8 de la noche todos nos metíamos a nuestras casas, no había nadie en la calle.”

Ángelo odia que la gente vea a la mafia como algo simpático. Me cuenta que una vez, de viaje por Berlín, un alemán sonriente dijo “ah, ¿eres siciliano?, mafioso” y entonó la canción de El Padrino. Angelo le gritó “ah, ¿eres alemán?, nazi”, y levantó la mano haciendo el famoso saludo del Nacional Socialismo. El alemán se ofendió muchísimo… y Angelo también.

Un respiro

Gracias a haber ido a parar a la casa de estos ragazzi, puedo ver un poco cómo es la vida diaria de los locales en Palermo. Vamos a comprar los ingredientes para preparar la comida a los mercados históricos. Entre los edificios bajos, de fachadas despintadas y grises, la lluvia y los gritos de las personas, los colores de las frutas y verduras estallan. De vez en cuando, los toldos rebalsan de agua de lluvia y termino bañada involuntariamente.

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En el mercato Ballarò, se escuchan silbidos cuando pasamos, son los dealers del barrio. De repente, no paro de escuchar silbidos y ver punteros por todas partes. Tomamos cerveza en el mercado. Son casi todos hombres, de diferentes nacionalidades, muchos de ellos solos, mirando a la nada. La escenografía es de película: todo está húmedo y sucio, la ciudad y el cielo son cada vez más grises y, sin embargo, me siento muy a gusto. En el mercado tomo dimensión de cuán especial es este lugar.

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Angelo en la Taverna Azurra

La mayoría de las cosas se hacen de pie y los lugares son chicos, porque la vida transcurre en la calle. Aunque haga frío o aunque llueva. Todos los días se bebe algo a la salida del trabajo, no sólo los fines de semana.  Los negocios son muy chicos y casi no tienen lugares para sentarse. El café se toma de parado, todo es rápido y de paso. Las mesas están en la calle, y ahí se sienta uno, así llueva o haga frío. Todo es puertas hacia afuera, lo que llena a la ciudad de vida y movimiento.

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shorts y shots

Caminamos hasta el Mercato della Vucciria y entramos a la Taverna Azurra para degustar unos vinos típicos. Yo tomo uno que se llama sangue, que es demasiado dulce para mi gusto. Salimos con los vasos y me siento en un banco en la calle. Mucha gente está fumando marihuana tranquilamente, y le pregunto a Angelo si acá no hay problemas con la policía. Me cuenta que la policía no entra a estos mercados, ya que la mafia no lo permite. Mientras lo escucho, apoyo la espalda sobre unas maderas que están atrás del banco, y al rato una se cae y roza a una moto. Unos hombres vienen corriendo desde un lugar del mercado. Yo me quiero morir, sudaría la gota gorda de haber estado más caliente el clima. Unos tipos analizan un rayón que tiene la moto. Por suerte no hice ningún daño y nadie me reclama nada.

Respiro. “Mamma mía!” …Soy impresentable.

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La importancia de la comida

Este el 5to lugar del mundo en Street Food. Este lugar es mucho más barato que Roma, lo cual permite que pruebe varias especialidades, pero ahora sin culpa. Me la paso morfando, es verdad. Pruebo de todo, pero algunas cosas memorables son:

La casata:

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El cannolo:

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El panino con panelle:

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Esa droga poderosa que circula en la ciudad

Me divierto mucho con todos y cada uno de los chicos, que intentan hablarme y hacerme sentir cómoda. Hace 2 días que sin parar, mañana y noche, suena la canción de Breaking Bad “Negro y Azul (Heisenberg Song)”, cantada con acento italiano por todos los miembros de la casa, que están obsesionados con ella.

Yo no puedo parar de agradecer y los chicos me dicen “basta de decir grazie!”. Pero es más fuerte que yo. Justo aparece en la televisión una imagen en la que el Papa Francisco le dice  “grazie” a Obama en el Vaticano y todos estallan de risa. “Los argentinos no paran de decir grazie”, concluyen.

Después vamos a la fiesta de graduación, en uno de los mercados callejeros (y bajo la llovizna), donde los estudiantes recibidos usan una corona de laureles.

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Cuando volvemos de esta fiesta, nos vamos a dormir al cuarto de Gerli. A las 8 de la mañana, algunos se despiertan porque mama Ricardo llegó borracho de la fiesta a las 4 de la mañana y quiso bajonear, pero se quedó dormido con la hornalla prendida con los fideos adentro y… casi estallamos todos.

La casa está invadida de un fuerte olor que da nauseas, y más tarde, Ángelo vomita.

Aire melancólico

El panorama que me muestra Ángelo es desalentador. Me dice que no hay trabajo, y que toda la gente joven se tiene que ir a trabajar a otro lugar cuando termina sus estudios. Él tiene 29 años y es imposible ganar la plata necesaria para mudarse solo. Además la familia lo retiene y la mamma llora cuando él dice que se va a ir…Y pensar que en algunos países nórdicos los largan tanto más chicos, pero acá no es sólo una cuestión de amor, también es falta de sustento.

Se está por recibir de psicólogo, profesión que no es habitual en el Palermo de Sicilia (a diferencia del Palermo Freud o Sensible de Buenos Aires), así que es marinero en un barco en el que se encarga de hacer la limpieza.

Gobierno corrupto y desesperanza, son palabras que repite muchísimo.

Cuando se despide de mí en la estación, me dice que está harto de ver gente partir.

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Me voy de Palermo con una sensación de opresión en el pecho. Esta ciudad es decadente y hermosa al mismo tiempo. Su gente, contrasta con todo lo demás.

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Rey sin corona
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