Los hombres-niños de Catania

A las 3 y pico

El autobús parte de Palermo rumbo a Catania, en la otra punta de la isla de Sicilia. Pocos minutos antes de subir, mi amigo Ángelo me despidió en Palermo haciendo un comentario chistoso sobre cómo hablan los cataneses, pero un catanés lo escuchó y se enojó.

Por la ventana veo colinas verdes. Vuelvo a tener una sensación que me acompaña los primeros días de viaje: angustia sin saber por qué. No tengo la menor idea de a dónde estoy yendo, ni qué a quién esperar. Siento una mezcla de miedo, soledad e incertidumbre. Cuando se está solo, la lluvia juega con todos los sentimientos. No tengo ganas de leer, ni de escuchar música. Un hombre que está sentado del otro lado del pasillo, se para a ver un accidente en la ruta de mi lado de la ventana, y empieza a darme charla. Hablamos de la vida, de la importancia de los viajes, de la búsqueda de la felicidad y del clima. El hombre se acerca un poco más y me pregunta si se puede sentar a mi lado. Le digo que sí.

A las 7 y pico

La charla sigue, aunque yo tenía ganas de un viaje más introspectivo. Llegando a Catania cae la noche y el hombre, cuyo nombre no recuerdo, me dice que le gustaría mostrarme su ciudad, pero no puede porque mañana se va de viaje. Me pregunta dónde me voy a quedar y me dice que el hostel no queda cerca de la estación y que sería mejor que me lleve él hasta la puerta. Yo confío en este hombre, que bien podría ser mi padre, y por dentro me gusta tener ya un amable desconocido-conocido catanés. Bajamos del colectivo y caminamos un par de cuadras bajo la llovizna hasta su auto. Me cuenta que está muy cansado y que cuando llegue a su casa, en vez de descansar, tiene que armar una valija porque por la mañana se va a Venecia.

No parece estar muy seguro de dónde queda mi hostel. Para el auto en la entrada a un restaurante y baja para preguntar dónde está la calle. Como tarda bastante, yo me empiezo a impacientar en el auto y a visualizar posibles escenarios. Pero no tengo de despertar a mi imaginación, de modo que me entrego al destino. Finalmente vuelve y después de unas vueltas, nos volvemos a perder. Doblando por una calle, me dice, “si desde aquí caminas 1 cuadra a la izquierda, llegas a la plaza principal”.

“Mejor paremos, te quiero mostrar la plaza ahora”, me dice en seguida. Para el auto y bajamos, caminamos 1 cuadra y llegamos a una plaza muy grande, iluminada con faroles, hay una universidad de cada lado, de estilo barroco… ciertamente, no me esperaba que este lugar fuera tan bello. Le pregunta a un policía por la calle otra vez, y, mientras volvemos al auto, me pregunta si me gustan los dulces. Le digo que sí y me dice “vení”. Entramos a una pasticceria y me dice “qué te gusta? Elegí lo que quieras”. La situación me toma por sorpresa, no sé qué decir. Le explico que cualquier cosa, que no conozco nada, que me recomiende él. Ahí mismo el hombre pide que le preparen una bolsa, y la empieza a llenar con todo tipo de dulces típicos de la región. Le dice a la vendedora que yo soy su amiga argentina y que tengo que probar los dulces sicilianos. Mientras pide sin parar, yo me siento como un niño al que le están regalando caramelos. Tengo vergüenza. Sin que se dé cuenta, le saco una foto.

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Salgo de una pasticceria en Catania, ciudad de la que no se absolutamente nada, con una bolsa llena de dulces en la mano. Cuando me la da, el hombre me estampa un beso en la cabeza y me dice “bienvenida”.

A las 8 y pico

Tras perdernos un par de veces más, finalmente llegamos al hostel. Tocamos el timbre para entrar y nos atiende el dueño, con cara de pocos amigos. El hombre de la bolsa de dulces le pide una lapicera y le pregunta si podemos pasar a otro lugar a hablar un momento. Entramos a la cocina y, con cierta emoción infantil me dice, “yo estaba muy cansado, pero ahora me siento lleno de energía. Hoy nunca me imaginé que iba a conocer una ragazza argentina y le compraría unos dulces. No quiero que sientas presión, pero si el domingo estás aquí, te quiero invitar a almorzar. Y… también te quiero invitar a ir a Venecia conmigo mañana”. Le digo que no puedo, le agradezco de corazón su hospitalidad y me alivio por estar dentro del hotel con el conserje cara de pocos amigos.

Después de esta extraña secuencia de eventos, sigo al cara de pocos amigos por una escalera, un pasillo largo y otro pasillo más hasta una habitación donde hay un fuerte olor a pintura. La habitación tiene 12 camas, de las cuales 4 están ocupadas. Saludo a todos. No sé en qué idioma hay que saludar cuando se entra a un hostel. Yo saludo en tano: “buona sera”.

En la habitación hay una chica australiana y dos rumanos, los tres trabajan en el hostel. Ella hace la limpieza, ellos son albañiles y pintores. También hay un cocinero sueco que viajo a Sicilia para aprender sobre la cocina de esta región. Todos están metidos en la cama. A los 5 minutos de entrar, le pregunto si ya comieron y si alguien quiere ir a comer conmigo. Cuando estoy de viaje, le tengo vergüenza al 50% de las cosas que le tengo cuando estoy  en mi ciudad.

Los tres que trabajan ahí me dicen que van a comer con los dueños. Parte de su trabajo se paga con cama y comida. Crystal, la australiana, está viajando hace cinco meses y decidió parar un poco. Se creó un usuario en workaway.info, pagó 20 euros y se puso a buscar trabajo a cambio de alojamiento y comida. Pero cuando llegó a Sicilia directamente empezó a llamar a los hostels, y en éste la aceptaron. Todos los días se levanta a las 7, ayuda a preparar el desayuno, y limpia el hostel hasta las 2 de la tarde.  No tiene días libres fijos. Hace 2 meses que sólo se tomó 3 días de franco.

Los dos rumanos, cuyos nombres no recuerdo, sonríen todo el tiempo. Trabajan el día entero y duermen en el hostel. Uno de ellos está casado, y la mujer trabaja en otra parte de Italia. Tienen el fin de semana libre. Me cuentan que es difícil trabajar en Rumania y que aquí ganan mucho más dinero. Están intentando hablar italiano, lo que no les resulta muy difícil, ya que el rumano es una lengua latina.

Mientras ellos se van a comer, el sueco, que también está invitado a la cena, le dice al dueño que él no va a ir: “ella me invitó a cenar”. Siento gratitud por su gesto amigable con la recién llegada. Le ofrezco dulces al dueño, que entra al cuarto todo el tiempo a charlar, y come bastantes. Ya no tiene más cara de pocos amigos: a partir de ahora, somos un poco amigos, tan fácil como darle un caramelo a un niño.

Fred me pregunta si me gusta el vino y qué instrumento traigo conmigo. Le muestro el ukelele y canto un par de canciones. Me pide que toque 2 acordes y empieza a cantar, mientras comparte un vasito de tinto. Es enormemente talentoso. Además de cocinero, es cantante de ópera. Tiene cuarenta y pico de años, esposa y dos hijos. Me cuenta que tiene un restaurante en Suecia, donde cocina con un micrófono de vincha y los clientes lo escuchan cantar mientras prepara la comida.

A las 11 y pico

Salimos a buscar algo para comer y entramos a un bar que tiene forma de caverna. Hay una banda tocando covers. Fred irrumpe en la escena, pide que toquen Stand by me, me agarra del brazo y me sube al escenario. Entre esto y lo de los dulces, Catania me tiene preparadas varias sorpresas. Hace unas 4 horas, cuando salí de Palermo, ni me imaginaba estas circunstancias. Empezamos a cantar, aunque yo no sé bien la letra. Cuando llegamos al estribillo, Fred se sale de sus cabales, y comienza a cantar e interpretar con todas sus fuerzas. Hace gran énfasis en lo que está vocalizando: pone caras, mueve las manos, transpira. Yo quedo en segundo plano, tratando de aguantar la tentación. Me hace acordar a este video.

Nos aplauden, bajamos del escenario riéndonos, y nos vamos, todavía exitadísimos, a buscar un lugar donde vendan kebab. Cuando puede, Fred disfruta de comer algo de comida chatarra: la comida gourmet todos los días puede convertirse en fast food. Mientras caminamos bajo la luz de los faroles y la luna, me llevo la grata sorpresa de que Catania tiene un no se qué, que me hace sentir un qué se yo. Las calles de piedra, los balcones coquetos, gatos que aparecen de repente en las calles empedradas y se van corriendo, el estilo de los edificios, la juventud coqueta… ¿Qué estudio de cine será este?

Después de comer, entramos a otro bar donde un ragazzo de barba, boina y vestimenta de los años cincuenta, está tocando standards de jazz. Fred lo interrumpe y le pide que toque una canción de Creedence. El pianista accede, Fred canta y el bar lo aplaude. Él deja la vida por su público. Al rato, entra un borracho que no se puede mantener en pie. Me da ternura: sólo quiere cantar, pero no puede. Le salen unas onomatopeyas de ultratumba, su voz es similar a la que podría tener el hijo imaginario de Mostaza Merlo con Graciela Borges. Sólo emite un sonido que puedo traducir como “waaabuuaabbbwaaab” en el oído del pianista, que lo mira con cara de “te voy a meter el teclado por el…”. Los empleados del bar lo empujan fuera, se cae al piso y desde ahí tirado, sigue balbuceando como un bebé. La imagen es patética, no sé si reír o llorar. Me da más tristeza que otra cosa… como un niño, sólo quería cantar, como si nadie escuchara.

A las 4 y pico

Volvemos al hostel y en la oscuridad, Fred se mete en la cama de Crystal y empieza a murmurar con voz de mujer “Oh Crystal, what are you doing in my bed? leave me alone!”. Y así sucesivamente hasta que se cansa y se va a dormir a su cama.

Sin expectativas

Como no esperaba nada en particular de Catania, cada segundo es una bella sorpresa.

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Después de desayunar, salgo a dar una vuelta. Hay unas calles larguísimas que conducen en un extremo al mar y en el otro al Monte Edna, el volcán que mira desde arriba a la ciudad, en el extremo norte. Sus  erupciones y sucesivos terremotos, han destruido esta ciudad más de siete veces. Tras el terremoto del año 1693, la ciudad tuvo que ser reconstruida en gran parte. El paradigma arquitectónico del momento era el barroco. Si tuviera que calificar el centro histórico, diría que es coqueto involuntariamente.

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Como vieja ciudad que es y con todas las dominaciones que tuvo, en la zona se pueden encontrar ruinas grecas y romanas, como este Teatro que encontramos caminando con mi amiga china Serena, que también conocí en el hostel.

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Al salir del Teatro, ella quiso dejar su firma en el libro de visitas… nunca supe lo que escribió, pero me gustó verla escribiendo esos caracteres tan exóticos para mí.

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Un lugar en el mundo del pescado

Según me contó la noche anterior, Fred había encontrado su lugar en el mundo en el mercado de pescado de Catania, una suerte de Wall Street marino y matutino, donde los hombres gritan, ofertan y demandan todo tipo de bichos subacuáticos. Tengo que admitir que ese reino del pescado es un lugar apasionante, donde la gente se asoma desde una baranda hacia abajo, a ver cómo los demás gritan. Yo, si viviera acá, vendría todas las mañanas a mirar a estos desaforados.  Te gritan en la cara los nombres de los pescados, “signorina, buon giorno, signorina, pesce!”.

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Yo camino con la mochila y el ukelele, chocando a y siendo chocada por todos los concurrentes. La gente de la tercera edad está, en cambio, transportando sus carritos llenos de alimentos. Percibo una mayoría de hombres entretenidos en la negociación, se ve que del pescado se encargan ellos. Me imagino a las mujeres, en sus casas, esperando interminablemente a que estos hombres divertidos vuelvan con los ingredientes. Dando la vuelta por una de las callecitas, el mercado sigue, pero ya más variado: verduras, carnes rojas y blancas, quesos, etc. Aunque el mercado sólo transcurre en la mañana, su presencia es perceptible durante todo el día: olor a pescado y piso mojado.

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Me tomo un café por 40 centavos de euro. Felizmente, Sicilia se acopla más a mi bajo presupuesto. Miro los mostradores de las cafeterías, son bellos y me llaman a comer.

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Me llama la atención el sandwich de helado: aquí se llama brioche.

Esta foto la saque de internet porque me lo comi antes de acordarme de registrarlo
Esta foto la saque de internet porque me lo comi antes de acordarme de registrarlo

En Catania, pienso que necesito contratar a un historiador, un arquitecto y un cocinero para que viajen conmigo y me lo cuenten todo.

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Caballo, hombres-niños  y tiros

Al día siguiente Fred parece una persona totalmente normal, hasta un poco serio. Me explica que hoy es su última noche, que hace 3 semanas que está en Catania, observando cómo cocinan los locales. Hace unos años, era un empresario exitoso, pero insatisfecho. Siempre le había gustado cocinar y decidió hacer unos cursos para divertirse. Cuando sintió la adrenalina que da sincerarse con uno mismo, dejó todo para poner un restaurante y empezar de cero. Hoy es cocinero y dueño de un restaurante que marcha sobre ruedas. Con su esposa, juntaron dinero para abrir una serie de escuelas en África, a través de un programa de beneficencia que crearon desde Suecia.

En la investigación de nuevos sabores, buscó un hostel con cocina en una región gastronómicamente destacada, le preguntó a los dueños si la podía usar tranquilamente todos los días, y desde entonces, experimenta con ingredientes y recetas sicilianas. Hoy es su última cena, y me invita al banquete de despedida. Los comensales somos los 2 rumanos, la australiana, el señor dueño-amigo, Lucrezia, Fred “il cuoco (cocinero) loco” y yo. Fred empieza a  preparar todo muy temprano. Me lo cruzo haciendo unas compras por la ciudad, pero esta concentradísimo, no parece la misma persona que anoche.

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A las 4 de la tarde, Fred ya está en su elemento: cocinando, haciendo chistes, cantando y contando historias de cualquier cosa. Tiene que preparar una salsa especial y cocinar el plato por muchas horas para conseguir la consistencia deseada. Me pide que más tarde nos juntemos a preparar un par de temas para hacer una cena-show. Quiere cantar “Cecilia” de Simon & Garfunkel. Por ignorancia, al principio pienso que la canción se llama “Sicilia” y que la cantaríamos en honor a los sicilianos. También quiere cantar “Allelujah” y “Proud Mery”, por lo visto, mezcla ingredientes como títulos de canciones. Mientras Fred cocina algo en el horno y otro plato en el jardín del hostel, yo busco los acordes. Me tiene cagando, “tocá esto, hacé esto”, “sacálo a dos voces”.

Unas horas más tarde, Fred nos llama a la mesa.. Primero, comemos una pasta hecha por Lucrecia (acá en Italia siempre está la pasta, te sigue a donde quiere que vayas y no te abandona, jamás). Después, Fred se dispone a servirnos su última especialidad antes de volver a su país. “¿No vieron una ollita con una salsa amarillenta?”, pregunta. “No”, dice Lucrecia. La olla no aparece, abren la alacena y allí está. Vacía. Sin la salsa que Fred estuvo preparando desde las 4 de la tarde.  Hay un silencio suficientemente incómodo. “Un hombre me preguntó si podía calentar una sopa en la olla y pensamos que eso estaba podrido”, dice Lucrecia. “Nooooooooooooo!”, dice Fred, “No importa”. Nos trae la especialidad de despedida. “¿Qué es?”, pregunto. “Es carne de caballo”.

Resulta que en Catania la carne de caballo es típica y muy consumida. Mamma Mia…

Fred tomandose un vinito tras la desaparición de su salsa
Fred tomandose un vinito tras la desaparición de su salsa

En la sobremesa, empezamos a cantar, y se acercan otros huéspedes que también está comiendo en la cocina. Como la música es universal, todos cantamos y nos divertimos.

Finalmente, salimos a jugar a la calle a la 1 de la mañana. Es una noche muy fría y los dedos se me congelan, me duele el contacto con las cuerdas. Fred me dice, ¨vení¨, corremos a la gente como niños. Las primeras personas a las que atacamos nos dicen que nos vayamos: antes de intentar cantar, Fred había apoyado su vaso de plástico con vino en un mal ángulo del capot del auto de uno de los selectos oyentes, manchando de rojo el blanco impoluto de la macchina. Yo me río y pidió perdón, Fred no entiende nada. Encontramos un nuevo blanco: unas personas que están en las mesas al aire libre de un bar. Empezamos a cantar. Al principio la gente nos mira de reojo, pero después nos prestan más atención. Desde una mesa nos invitan a acercarnos. Una vez finalizado el repertorio en conjunto, yo sigo tocando, se acerca un hombre y se pone a escuchar. Se queda merodeando y observándonos. Uno del público le pregunta qué hace ahí y  por qué se queda. Y yo pienso en que, cuando somos niños, nos podemos acercar a la mesa de desconocidos y mirarlos. Podemos acercarnos a cualquier cosa que nos llame la atención y nadie va a pensar mal de ello, la gente sonríe ante la curiosidad. Pero, cuando sos un adulto las cosas cambian, y tenés que reprimir tus impulsos de acercarte, porque te van a mirar mal. Me agrada que ese hombre esté allí, porque ese hombre es todavía un niño. Le ofrezco mi ukelele para que lo mire y lo toque, y sonríe. Lo toca un rato, y después se queda mirándonos, sin hablar.

Alrededor de las cuatro de la mañana, cuando nos estamos por dar por vencidos, es tarde y el frio me está dejando las manos como dos piedras, nos cruzamos con un grupo de gente que está saliendo de un boliche. Ahí nomás, Fred me agarra del brazo y me dice “vení, toca la menor y re menor”. Empieza a cantar, pero a los gritos y con el volumen de un cantante de ópera el día del estreno, “Rollin´, Rollin´ on a river”. Mientras toco pienso, “este Fred debería ser gerente de marketing”. Todos los pibes empiezan a saltar y cantar, y se arma un pogo. Sale el dueño del boliche y nos echa, dice que no quiere problemas con los vecinos. Nos movemos media cuadra hasta el castillo que queda en frente de nuestro hostel. Fred redobla la apuesta y canta como si de ello dependiera su vida. Está posesionado por el fantasma de la ópera, todos se contagian de su energía. De repente, sale un tipo por un balcón y dice todas las parolaccias (malas palabras) posibles, habidas y por haber, y entre ellas dice que si seguimos nos va “a cagar a tiros”, literal. Yo dejo de tocar, pero se lo traduzco rápido a Fred, porque parece que nada ni nadie lo va a parar.  Cuando le digo “he wants to shoot us”, finalmente se llama al silencio.

Al día siguiente, el dueño del hostel me dice que escuchó todo: al vecino gritando que nos iba a vaciar el cargador y a Fred gritando como una gallina.

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Fred se despide, y yo pienso en qué gran compañero de juegos es y cuánto lo voy a extrañar, aunque hace menos de dos días que lo conozco. Inesperado e inolvidable, dueño de una energía avasalladora: un hombre-niño, que sólo quiere divertirse… ¿Cómo una persona puede entrar y salir tan rápido de la vida de uno y dejar un sentimiento de alegría y tristeza cuando se va? Él me invita a vivir con su familia en Suecia, y a cantar a dúo en el restaurante mientras cocina. Tal vez vaya por unas semanas, alguna vez. Una invitación a jugar es una oferta difícil de rechazar.

Grandes-niños jugando un domingo por la mañana en Catania
Hombres-niños jugando un domingo por la mañana en Catania

 

 

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