Los siete caminos a Agrigento

El camino a la mala palabra

Difícil ponerse de acuerdo. 4 personas que se conocen hace 1 o 2 días, emprenden viaje juntas. Nadie sabe bien quién es el otro, pero hay un consenso: alquilar un auto nos va a salir más barato que comprar los pasajes de ida y vuelta, nos va a dar más libertad y una aventura (que, en definitiva, es la droga de los viajeros).

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En un viaje hay que tomar decisiones todo el tiempo…

…así que decidimos levantarnos a las 8 de la mañana.

El dueño del hostel llama a la agencia de autos y le dicen que a las 10 va a estar la macchina para que la vayamos a buscar. Llegamos los 4 a las 10 en punto.

El equipo está formado por:

1) Crystal: una australiana que está viajando hace 5 meses y ahora decidió parar un poquito, trabajando en el hostel donde estamos, a cambio de cama y comida. Se pidió su primer franco en 2 meses y quiere que este día sea perfecto.

2) Selena: una joven china que está haciendo un master en Francia y está en su spring break. Está fascinada con nuestras diferencias culturales y mantenemos charlas de horas contando como actúa la gente aquí y allá ante las mismas situaciones.

3) Sabina: una argentina que dejó su trabajo y está viajando hace 2 semanas.

4) Paul: un australiano con rastas y barba. (Y esto es todo lo que sabía de él hasta ese momento. Y que cuando lo vi pensé que era argentino.)

A las 10.30 no hay indicios de la macchina y nadie dice nada. Nos sorprende que no nos hagan firmar ninguna papeleta para ahorrar tiempo. A las 11 nos explican que la macchina está en el mecánico, que en media hora llega. A las 11.30, trato de hacer contacto visual con las personas que atienden, pero los dos están jugando al Candy crush.

Mis compañeros de viaje me piden que le diga al de la agencia de autos que no vamos a pagar el precio completo, que nos tendría que hacer un descuento. Le digo esto y el tipo me dice que de ninguna manera va a cobrar menos. Le digo que hace casi dos horas que estamos esperando, que estamos perdiendo toda la mañana. Levanta los hombros como diciendo “¿y yo qué puedo hacer?”, yo le contesto “que es una vergüenza” y me dice “sí, sí, una vergüenza”. Todo lo que sale de mi boca está hablado en un italiano de porquería, aprendido en dos semanas, así que no sé qué entenderá mi interlocutor. Todos empezamos a elevar la voz y los hombros. En el medio de esa confusión, nos paramos y nos vamos. Saliendo del negocio, yo aprovecho para soltar bajito una mala palabra que había aprendido: “vaffanculo” y siento como la adrenalina me baja por los brazos.

Cuando llegamos al hostel el dueño pregunta qué pasó. Le explicamos que el auto no aparecía. Agarra el teléfono y llama a la agencia de autos. Habla un rato, corta y nos explica “el auto tuvo un problema con la batería. Va a estar listo aproximadamente a las 13 hs… me pareció muy raro que me comentaron que alguien dijo “vaffanculo”, pero yo les dije que era imposible, porque ninguno de ustedes sabe hablar italiano.”

En ese mismo instante, yo me pongo violeta, azul, verde, roja y confieso “fui yo”. Me siento como un niño travieso con sentimiento de culpa inmenso. Al no ser una gran puteadora, no sé manejar los exabruptos, y aunque lo dije bajito, la idea de herir a alguien me hiere.

El dueño del hostel me lleva a un costado y me dice, con una sonrisa cómplice, “vos sabes lo que significa esa palabra?”. “Sí”, le digo, “es un insulto”. “¿Pero sabes lo que es?”, insiste. “Creo que sí: andá a cagar”, le digo con la cabeza gacha. Me dice, “significa “que te den por culo”… cuidado con decir esas cosas”. Oficialmente, mi día ya está arruinado, como si me pusieran en penitencia en la esquina de la pared, contando hasta 15.

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En principio, todos proponen esperar hasta las 13 hs. Yo me quiero morir, voy a tener que volver a la agencia de autos y dar la cara por mi “vaffanculo”. Quisiera tomarme un autobús e ir directo a la ciudad que íbamos a conocer.

Felizmente, a las 13 hs., llaman de la agencia para avisar que hay otro problema y que no saben para cuándo va a estar el auto. Mi parolaccia no fue en vano, y es reivindicada por los presentes: vaffanculo!

Ahora sí, nos vamos al aeropuerto a alquilar un auto.

El desorden en el camino hacia el orden

En el medio de todo esto, el resto del grupo empieza a decir que aquí no se puede confiar en nada y este tema de conversación se mantiene todo el día. Yo escucho atentamente, me interesa el punto de vista de quienes están acostumbrados a que todo funcione bien.

Pero este tema me duele. Me duele que si algo no funciona, se catalogue a todo un país. Me duele que de pequeñas muestras se saquen grandes conclusiones. Me duele, sobre todo, porque en muchas cosas yo me siento como en casa.

Por ejemplo, el día anterior estábamos esperando un autobús anunciado a las 11 hs. A las 11:02 hs. (literal), todos ya estaban diciendo que no se podía confiar en nada. Para mi cultura, esto es algo perfectamente normal. Aceptable o no, nadie se alteraría por 2 minutos. Por esto, mientras todos sufrían, yo estaba muy tranquila. Sin duda sería maravilloso que los transportes públicos funcionaran de forma perfecta, ¡qué agradable, oportuna y útil es la puntualidad! Y espero que todos vayamos hacia ese lugar.

Sin embargo, me empiezo a dar cuenta de un aspecto del perfeccionismo que me agobia: que se sucumbe ante el mínimo error. El terreno donde me siento como pez en el agua, afortunada o desafortunadamente, es el del desorden. A riesgo de sonar patética, me alegro del nivel de adaptabilidad a la crisis que hemos desarrollado, a fuerza de parolaccias.

El camino con desconocidos

No sé qué los llevo a confiar en mis habilidades al volante, pero soy la conductora designada. A pesar de darme un poquito de nervios manejar en otro país, no me quejo, soy la única persona que conozco y la única que vi manejar por la ruta.

Saliendo de la ciudad me encuentro con la primera barrera cultural: las sendas peatonales sin semáforo, donde el peatón se tira a la calle hasta 1 metro antes del auto, que frena para darle prioridad. Clavo frenos de golpe para no atropellar a un peatón, lo cual se convierte en mi mayor miedo en las áreas urbanas. En principio, esto me resultó difícil tanto como conductor y peatón. Caminando por las calles de Italia, siempre esperaba que no venga ningún auto para cruzar por una senda peatonal sin semáforo. Un buen día, un transeúnte me dio coraje para que cruzara sin pensarlo, para que confiara ciegamente en que los autos iban a parar. Y así fue, incluso en grandes avenidas, donde se te frunce hasta el alma por apoyar un pie en la calle cuando los autos vienen a gran velocidad. Generalmente cruzaba y, al sobrevivir, les hacía una reverencia de agradecimiento a los conductores, con una mirada que decía “gracias por salvarme la vida”, y ellos me miraban con cara de “¿qué le pasa a esta loca?”.

No importa, ahora estamos los 4 en un auto nuevo para mí, cuyos niveles de sensibilidad al acelerador son sorprendentes. Mientras manejo, Crystal me pide que cambie de marcha, yo estoy en quinta, ya no puedo cambiar. Me dice “pone sexta!”, “sexta?”. ¡Ni sabía que existía!

Que estos 3 desconocidos confíen en mí me da un sentido de responsabilidad mayor y pongo toda mi concentración en los carteles y en no pasarme con la velocidad, ya que me gusta pisar el acelerador y este autito vuela. Pero eso sí, me voy perdiendo todo el paisaje de montañas verdes y amarillas, y casitas pequeñas perdidas por ahí. ¡Oh, qué bella que es Sicilia! Ahora sí, que empiece el disfrute…

El mágico camino en el valle que es una montaña

El motivo del viaje es ver las ruinas de siete templos griegos, situados alrededor de la ciudad siciliana de Agrigento, que se dice son los mejor conservados fuera de Grecia. No sabría decir por qué el sitio arqueológico se llama Valle de los templos (Valle dei Templi) , pues los templos no están en un valle, ¡quedan arriba de montañas!

Lo cierto es que su construcción data del 580 a.C. y son considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La ubicación les da un esplendor particular, desde ellos, pueden verse las ciudades hacia abajo y el mar. Llegamos al atardecer y la vista es una cosa de locos.

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Algunos intentan entrar con su carnet de estudiantes, pero al confesar las carreras que estudian, el descuento es rechazado. Para pagar poco, hay que estudiar arqueología o historia, así que ya saben en qué carreras anotarse… En el valle encontramos un olivo ¡ que tiene más de 500 años! Las cosas que habrá visto…

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Primero, vemos el Templo de Hera, que mide 16,90 × 38,15 metros y tiene  6 × 13 columnas, hecho en los años 460 – 450 a.C.

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Y luego vemos el mejor conservado, el Templo de la Concordia, construído en los años 440 – 430 a.C., mide 16,92 × 39,44 m. y tiene y 6 × 13 columnas.

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Pero, de repente, divisamos esto:

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Y nos acercamos a este gigante…

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¿Quién eres, hombre alado? Me seduce tu misterio…

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No quiero abandonarlo y dejarlo sólo en ese valle. Aunque su presencia ahí, parece haber estado ideada por un mismísimo genio. No podría explicar con palabras lo que verlo produce…

Así que para no olvidarlo, nos sacamos todo tipo de fotos impresentables con la escultura del polaco Igor Mitoraj (que consideraré si dar a la luz o no, algún día).

… Y seguimos camino hacia otros templos, cada vez más boquiabiertos con la fascinación que produce este imperdíble lugar. ¡Oh, sí, valió la pena todo para llegar hasta aquí!

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El camino peligroso es el más lindo

Al salir del valle, nos disponemos a buscar un lugar que nos recomendó una rumana en el hostel: Scala dei Turchi. Se trata de una playa de acantilados blancos y nos convenció de que era imperdible y que la única forma de llegar era en auto. Salimos a toda marcha, no sabemos bien a dónde, nadie tiene conexión a un gps, sólo disponemos de un mapa y del deseo de llegar antes que se vaya el sol. Después de dar vueltas como una calesita, llegamos a un lugar cercano y bajamos corriendo como locos a la playa.  

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Más allá se ven los acantilados, pero en cualquier momento está por caer la noche. “¡No importa, yo quiero ir!”, es lo que todos decimos. Así que nos abrimos paso entre matorrales y luego entre piedras.

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Es notoria la diferencia de velocidad para caminar de cada miembro del grupo. Algunos siguen sin mirar atrás, con los ojos inyectados en un sólo objetivo: los acantilados blancos. Otros están perdidos entre los pastizales. La marea está subiendo y queda muy poca playa. Cuando llegamos al pie del acantilado ya es de noche, pero no importa, queremos subirlo igual.

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Ya no se ve nada y nos preguntamos si nos resbalaremos o la marea subirá, pero es todo muy emocionante, así que a nadie le importa.

Arriba es espectacular. Los acantilados se parecen a cuando se hace una torta y se vuelca el relleno en el recipiente que va al horno, cayendo en capas concéntricas y expandiéndose. Los acantilados son absolutamente blancos. Es como estar en montañas de nieve coagulada. ¿Me explico?

Todos suspiramos: ¡Qué día maravilloso: maravillas del hombre y maravillas de la naturaleza!

¿Recuerda el lector esas películas en las que al protagonista se le traba la mano en una roca en el medio de las montañas, o se olvidan de la pareja principal en una aerosilla en un centro de sky, o a los protagonistas se los comen los tiburones en el medio del mar en una clase de buzo? Bueno, después de estar suspirando ahí arriba un ratito, recordamos todas estas historias y decidimos emprender la vuelta.

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Mientras tratamos de no caernos con la ayuda de la luz de un teléfono móvil, alguien menciona la palabra mágica “kebab”. Y desde ahí, ya no se habla de otra cosa, y las mentes y los corazones de estos viajeros tienen un sólo objetivo: comer un kebab.

El camino del kebab

Vaya uno a saber si las habladurías sobre el kebab son verdaderas o no, la realidad es que en Europa, el puestito que lo vende está en todas partes, en todos los países, como un bien de necesidad básica. Todos se comprometen a mirar por la ventana en busca de esa fotito maravillosa que aparece de vez en vez:

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Pero nada aparece. Nos perdemos por la ruta dando vueltas y vueltas alrededor de la montaña. Hay que ver el lado positivo de las cosas: damos tantas vueltas que finalmente se encienden las luces de los templos y se los ve allá arriba, en la montaña, majestuosos, miles de años de historia, iluminados, las mandíbulas caen y se escucha un “aaaahhh” generalizado.

esta foto la saqué de internet para que se haga usted la idea
esta foto la saqué de internet para que se haga usted la idea

¡Pero mejor mirar hacia la ruta y no chocar! Paul, el nuevo conductor autodesignado, proviene de Australia, donde el volante está a la derecha. Él jura que practicó unos meses con el volante del lado izquierdo cuando vivió en otro país. Yo veo que se aproxima mucho con el auto al lado derecho, y vuelvo todo el viaje con los ojos y el corazón saltando.

Paramos en un pueblo desolado, pero algunos juran que ahí va a haber un puesto de kebab. Estacionamos y en la calle no hay un alma. El hambre ciega a los viajeros, que empedernidos emprenden una misión sin mucho resultado. Finalmente, encontramos un puesto de pizza y pedimos dos grandes de muzza y no sé qué.

A alguien se le ocurre que lo mejor es comerlas en el auto, pero no sabíamos que a no sé quién se le ocurrió pedir una pizza de pescado y de repente el olor es tan fuerte, que preferiríamos volver caminando a Catania. Es muy difícil que una pizza sea incomible, pero el pescado parece estar un poco rancio. Esto no hace más que agravar el deseo por kebab, pero decidimos volver sin más, porque el cansancio nos está buscando y ya es tarde.

El camino del amor

En el camino de vuelta, cansados por la extensa jornada, algunos se están quedando dormidos. Durante las 4 horas que dura el trayecto entre Agrigento y Catania, tenemos que hablar sin parar para hacerle el aguante al nuevo conductor.

Alguien propone que cada uno cuente sus historias de amor, fantástico tema para que todos se despierten. La sensibilidad de los cuatro desconocidos viajeros va quedando al descubierto en el auto, de noche, donde no se ve nada más que la ruta. Es como estar en una sala de autoayuda en la oscuridad. O como esos programas de televisión donde la gente da su testimonio sentada en una silla de espaldas, en la penumbra. Algunos miran con ojos tristes por la ventana hacia las estrellas, mientras otros confiesan sus penas y glorias. De repente, somos amigos íntimos, contando nuestros sentimientos más profundos.

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Ahí nos enteramos que el rastaman es un sufrido hombre de 28 años, divorciado, que busca desesperadamente a una esposa nueva para casarse por iglesia (esto nunca me lo hubiera imaginado, lo que me hace pensar en que no paramos de formar ideas previas a conocer a cualquier persona). También escuchamos historias de amor transcontinental, amores de viajes, traiciones, amores platónicos, amores silenciados. En esto del amor, sí que no hay diferencia cultural, todos lo necesitamos. De repente, no quisiéramos llegar para seguir en este viaje a oscuras donde nadie nos juzga y todos hablamos sin tapujos. Con tanto amor nos empalagamos y llegamos a Catania a las 2 de la mañana, decididos a dejar al kebab en el olvido, y a las penas también.

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Al día siguiente voy al aeropuerto a devolver el auto a las 12 del mediodía. Ahí mismo tomo el próximo camino: un autobus hacia Siracusa.