Desconcertante Marrakech

Un libro en árabe se lee al revés. Lo que conocía como contratapa, aquí es la tapa, y las páginas se pasan de izquierda a derecha . Y así abro la primera página de la historia en Marrakech: un mundo del revés.

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En un viejo Mercedes Benz color crema, modelo característico de los taxis de Marrakech, con música árabe a todo volumen, las ventanillas bajas y un calor impiadoso, empiezo a ver a Marruecos por primera vez: palmeras, construcciones color tierra, camellos, motos por todas partes, hombres con vestidos largos, mujeres vestidas bajo el código islámico hiyab, con el pelo tapado con velos o completamente cubiertas, de modo que casi no se pueden ver los ojos, envueltas en una burqa.

“Estás en África”, pienso y sonrío, mientras mis niveles de ansiedad y complicidad conmigo misma se multiplican.

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El taxista, que habla un poco de español, frena en una esquina y me dice “tengo que esperar a mi amigo”, mientras se baja del auto. Adentro hace mucho calor y pega el sol. Pasan los minutos y yo me empiezo a impacientar “¿a quién estamos esperando?”, le pregunto asomándome por la ventanilla. “A mi amigo, ahora viene”. Estoy desconcertada, como lo voy a estar en el futuro tantas veces y me pido ser más paciente, que ésto recién empieza. Justo cuando bajo a tomar un poco de aire aparece su “amigo” y es el recepcionista del hostel al que estoy yendo, que me vino a buscar en bicicleta. Por la medina, la ciudad vieja y amurallada, no andan los autos, sólo los peatones, bicicletas y motos que aparecen y desaparecen a toda velocidad mientras la gente se dispersa rápidamente.

Cuando llegamos al hostel tengo la ropa pegada al cuerpo, pero lo primero que hace Bubacar es servirme un té con menta hirviente y con mucha azúcar. Esta es la tradición marroquí para recibir al recién llegado. Él me dice que este calor no es nada, que en julio hará 50 grados a la sombra. Mientras sudo la gota gorda, noto que la sala donde estamos está muy oscura y que la única luz que hay proviene de un agujero en el medio del techo, que se prolonga por todos los pisos, hasta llegar a la terraza. En las casas tradicionales no hay ventanas, y ya iré viendo por qué.

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Después de un rato decido salir a conocer la medina. “Después de un rato” porque estuve pensando en qué vestir para respetar las costumbres locales y en cómo iba a ser andar por ahí sola. Había buscado por Internet algunas experiencias de mujeres solas en Marruecos… no me quedo en claro qué ponerme ni qué esperar. Finalmente, salí con una pollera larga y una camisa larguísima, pelo suelto, y a ver qué pasa. Apenas me crucé con los turistas ví de todo: mujeres con ropas holgadas y largas, mujeres en shorts, músculosas y vestidos cortos. Algunas turistas casi desnudas para el dress code marroquí, y eso que pasaría desapercibido en una ciudad de playa europea, aquí es demasiado. Marruecos está acostumbrado al turismo así que uno se puede vestir como se le dé la gana y no va a tener problemas. De todos modos, yo prefiero ir discreta: es una cuestión de querer recibir menos o más atención.

Igualmente, recibo mucha atención de los hombres porque ando sola. Miran bastante y dicen “hola” en todos los idiomas, algunos piropos…pero todo es inofensivo. Cuando llegó Martín, mi gran compañero en esta aventura, me sentí más cómoda… aunque aún estando acompañada se reciben miradas y comentarios varios, lo cual sí me pareció más bizarro.

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Y haciendo la investigación previa, llegué a otras historias de viajeros en Marrakech que me predispusieron a sentir cierto acoso como turista. Salí a la calle en un estado de alerta, ansiedad y un poquito de miedo. Fue como googlear sobre enfermedades: leés los foros y pensás que te quedan dos días de vida por un grano en la nariz.

¡Pero cómo me gustó sentir esa adrenalina de lo desconocido otra vez!

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Y en el momento en que me senté a comer un cous-cous de vegetales, comida típica marroquí que todos los restaurantes preparan los días viernes, los ví. Estaban corriendo por toda la Plaza Jemaa el-Fna, atrás más camarógrafos corriendo. Me los cruzé por primera vez en el aeropuerto.

Montando los puestos para la noche
Montando los puestos para la noche

Estoy haciendo la cola para que me sellen el pasaporte cuando aparecen dos mujeres corriendo. Están vestidas con equipos deportivos, y atrás de ellas hay un camarógrafo y un asistente. “Por favor, déjennos pasar”, dicen con acento norteamericano, “estamos filmando en vivo un reality show de carreras, estamos en medio de la carrera ahora!”. La gente no entiende nada y deja pasar a esas 2, al camarógrafo y al asistente. Pero al rato llegan corriendo otros 2, con otro camarógrafo y otro asistente. Y después otros, y después otros y otros. Y la gente se empieza a impacientar porque la cola no avanza, hasta que una señora se pone la gorra y dice “¡¡¡no, no pueden pasar, yo estoy esperando hace bastante!!!”. Los participantes están vestidos con remeras de colores por equipo, y pañuelos en la frente como usaba Axel Rose. Las mujeres tienen las tetas hechas, y los hombres parecen Kens (osea, ellas parecen Barbys). Los que pasaron primero salen corriendo por el aeropuerto. Después de esperar bastante, finalmente me sellan el pasaporte y me cruzo a algunos camarógrafos declarando su equipamiento en la aduana. Apenas salgo, justo salen corriendo otros dos y me pasan por encima, mientras las cámaras se encienden… y ya empezamos con lo bizarro otra vez: creo que voy a salir en un reality show yanqui.

Pero no hay nada más desubicado que este reality show aquí, porque Jem el-Fnaa es en sí un gran escenario sin director. Esta plaza es uno de los lugares más fascinantes, inquietantes y alucinantes que conocí en mi vida. Es una página del libro Buscando a Wally en su máxima expresión.

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¿Qué se puede encontrar en esta plaza?

La plaza tiene dimensiones enormes y está rodeada de puestos de ropa y chucherías de todo tipo. En el medio de la plaza hay vendedores de jugo de naranja que te gritan descontroladamente para que les compres un jugo.

Cuando está por caer la noche, se empiezan a armar puestos desmontables de comida, con cocina, sillas y mesas (y construirlos rápidamente era la misión de los participantes del reality show).

Pero dígame el lector si esto no le llama más la atención…

hombres que bailan vestidos de mujer...bailan muy bien
hombres que bailan vestidos de mujer…bailan muy bien

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Hay pequeños círculos, pequeñas asambleas donde hay hombres hablando y mostrando objetos raros, hombres tocando flautas mientras serpientes encantadas se mantienen erguidas, bandas tocando, hombres bailando, juegos, hombres con monos atados del cuello, caballos, olores de todo tipo, mucho humo de las cocinas, mujeres que pintan las manos con henna.

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Un grupo de mujeres pintandose las manos con henna

Vendedores de ropa, zapatos y cualquier cosa, que gritan a viva voz mientras la gente se acerca a mirar lo que tienen…

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Un vendedor de zapatos y sus potenciales clientes

Siento que puedo estar en esta plaza sólo por un determinado tiempo, que cae como arena por un reloj, y va marcando mi nivel de agotamiento. Como turista, esta plaza es un desafío. Al poner un pie dentro, el anonimato se esfuma para dar lugar a un constante acoso multilinguístico: “madame, madame”, “jugoooo”, “compre”, “venga a comer aquí”. Y lo que al principio es divertido, termina siendo muy confuso y cansador. Al acercarme a los encantadores de serpientes, un tipo me quiere poner una vívora en el cuello, yo no quiero, pero es tan insistente que me tengo que ir muy rápido porque me sigue con la vívora en la mano. Hay gente que cae en la trampa y luego tiene que pagar para que le saquen el animal del cuello. Lo mismo pasa con los monos, si te acercás mucho terminás con un mono encima.

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Un segundo para asomarse curiosamente a alguno de los tumultos, basta para que alguien pida dinero. Pero qué más da, todo genera muchísima intriga.

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hombres moviendo sus caderas disfrazados de mujer (ya que una mujer no puede hacer ésto en público).

Y a Marrakech se le perdona todo, ya que no tiene que hacer demasiado para ser atractiva: es diferente y por eso, imperdible también.

Instinto de supervivencia

Las personas en Marruecos, pero sobre todo en Marrakech, hablan por lo menos 2 idiomas: árabe y francés. Sin embargo, es impresionante escucharlos hablar en español, italiano, inglés, alemán, holandés, etc. Al preguntar dónde estudiaron, resulta que nadie hizo un curso ni mucho menos. “Aprendí con los turistas”, dicen. Pero, ¿cómo es posible?. En ciudades híper turísticas, como París, Roma o Madrid, a veces sólo se habla la lengua local. Cuando se les pregunta, para ellos es algo totalmente lógico y, claro, Marrakech es una ciudad que vive del turismo.

Las personas que sirven las mesas en los restaurantes, los taxistas, los que limpian los baños, los que venden ropa en los negocios, los que exprimen jugo de naranja…todos. Todos hablan impecablemente más de dos idiomas.

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Sin embargo, a través de los días en este país, me iré viendo obligada a aprender a hablar un poco de francés, para intentar sobrevivir también.

Andar por el Souk

El Souk es el mercado Berber de Marrakech, característico por esas callecitas pequeñas, llenas de vendedores y gente que va y viene. Hombres transportando carros con frutas y balanzas, hombres tirando de burros llevando todo tipo de cosas. Laberínticos pasillos techados de lámparas, alfombras, vestidos, especies, manos de Fátima, pavas, etc., que pueden ser tan fascinantes como repetitivos.

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Y a cada paso que se da, uno saca miles de fotos con los ojos…

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Y cuando llego la hora de volver al hostel, bueno, pensé que sabía como volver, pero no. Sabia que había un 90% de posibilidades de perderme en el Souk. Por eso, cuando salí, tiré piedritas imaginarias en el camino, pero no contaba con las múltiples y apasionantes nuevas visiones para mis ojos, que me hicieron olvidar de todo lo conocido y de memorizar por completo. Empecé a buscar aquel pasillito oscuro y bajo donde estaba la puerta al alivio y la reflexión, pero no lo encontré.

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Y seguí caminando entre esos lugares mágicos y tratando de observar los detalles.

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Y tuve un poco de miedo, porque no quería pedir ayuda. Y algunos hombres que me vieron pasar 2 o 3 veces por el mismo lugar, me preguntaban a dónde iba y si estaba perdida.

Tras pasar 4 veces por el mismo lugar, finalmente lo encontré, y me di cuenta que la primera vez, me acerqué a 2 puertas de la casa y no me di cuenta que estaba ahí. Creo que estuve perdida por 1 hora, suficiente para que nunca más me olvide el camino.

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Lo que te encontras en la terraza

Entro feliz a la terraza del hostel y me maravillo con la vista: la medina es muy baja y se ve el cielo para todas partes y bandadas de pájaros negros. Me alegra estar acá, en un lugar donde puedo ver más allá… donde se ven claramente todos los colores del cielo a esta hora.

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Los marroquíes saben cómo relajarse. Todas las casas tienen muchos sillones, típicos de aquí, que son como colchones y generalmente están muy bajos. Los pisos están llenos de alfombras y almohadones. Viviría acostada y pasándola bien en esta terraza.

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Está cayendo el sol y de repente se empiezan a escuchar voces que salen por diferentes altoparlantes en todas direcciones. Es el adhan, la llamada a la oración obligatoria, que se pronuncia desde cada Mesquita y es escuchada por todos los fieles a través de la ciudad. Esta es la llamada que corresponde a la caída del sol, una de las 5 llamadas diarias. Hay muchas personas pronunciando una oración desde las distintas mezquitas y se escucha una sobre otra. Son un montón de voces pronunciando frases en árabe y se escucha un ruido como el de los autos de Fórmula 1. Desde la terraza tengo una acústica especial y este momento es único y fascinante, algo que nunca había escuchado, y se me erizan todos los pelos de la piel.

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En eso me pongo a charlar con un chico sobre Marruecos. Me cuenta sus historias de viaje por este país, me da consejos. Hablamos sobre la vida y los viajes. Me dice que siente culpa porque abajo una chica está cocinando para varios y él no está ayudando, le digo que lave los platos después de comer. Me cuenta que hoy tenía mucho calor y se coló en un hotel con pileta. Entraron con su amigo, como si fueran clientes y al acercarse al agua les preguntaron en qué habitación estaban. “204”, dijeron, y pasaron sin problemas. Se tiraron a la pileta y tomaron unos tragos, pero la verdad es que estaban bastante incómodos y sin poder disfrutar por miedo a que los descubrieran así que se fueron temprano. En medio de esta historia, sube una chica a la terraza y le pregunta si es él. Él se ríe porque… es él. Yo no sabía quién era, pero este actor de Game of Thrones es un pibito muy copado que dormía en un hostel de 5 euros en cuartos de 10 personas y se colaba en hoteles muy caros.

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Aquí, una foto que se sacó con la chica hawaiana, mientras fumaban una shisha

Comerse los pantalones

Es de noche y salimos a la batalla en la Plaza Jem el-Fnaa. Nos gritan y nos agarran de todas partes para que vayamos a comer, así que uno termina un poco confundido con la situación. Sin darnos cuenta ya estamos sentados en un puesto blanco, culpa de la sonrisa y los chistes de un marroquí muy hábil para captar clientela. “Tenemos aclimatación”, dice, mientras mueve el menú entre todo el humo que sale de las parrillas, atrayendo una mezcla de olores indescriptible. La atmósfera es muy animada y uno no se puede aburrir en este lugar.

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Instantáneamente nos ponen en la mesa una canasta con pan, una salsa de tomate y unas aceitunas. Mientras esperamos el pedido y picamos lo que nos trajeron, cada uno está absorto en los cientos de estímulos alrededor. Comemos pinchos, cous cous y sopa marroquí. Estamos más listos para levantarnos de la mesa por el acoso de la gente que pasa vendiendo cosas, que por haber terminado nuestros platos. Cuando pedimos la cuenta, se levanta de atrás de la cocina una mujer gigante, se acerca y dibuja el precio en los manteles de papel.

El precio no es acorde a lo que pedimos y le decimos a la mujer que no puede ser. Ella dice que se equivocó, tacha sobre el mantel el precio que escribió, y le baja unos 30 dirhams (la moneda local). El nuevo precio tampoco nos satisface y la mujer se empieza a impacientar y nosotros también. Agarramos el menú y hacemos la cuenta, en lugar de los 180 dirhams iniciales, la cuenta nos da 100. La mujer dice que estamos equivocados, que no estamos sumando el pan, la salsa de tomate y las aceitunas. Nosotros decimos que no las pedimos, que nos lo pusieron en la mesa cuando nos sentamos. La mujer dice “pero se lo comieron”. Nosotros le decimos que si al sentarnos en un restaurante, nos ponen pan en la mesa, es para comerlo sin pagarlo. Ella nos muestra que el pan, la salsa y las aceitunas están en el menú y tienen precio. Nos rehusamos a pagarle. Nos ponemos de pie, se acerca otra gente y la mujer empieza a elevar la voz. Le dejamos los 100 dirhams en la mesa y empezamos a irnos y la mujer nos grita en francés “¡¡¡la próxima vez vayan a comerse sus pantalones, que son gratis!!!”.

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Qué novatos que somos en Marruecos

Si alguna vez jugué de visitante en un país, fue en éste.

Si algo me llamó la atención del hostel en el que me quedé, fue la facilidad para hacerse amigos, mayor que en cualquier otro lugar en el que estuve. Todas las personas interactúan y se saludan y empiezo a descubrir por qué. Las personas hacen catarsis sobre las compras forzadas que hicieron, los engaños o los desplantes que sufrieron en la calle. Las personas vuelven más temprano al hostel y pasan más tiempo adentro, porque allá afuera está lo desconocido, el desamparo.

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Mientras tomo un desayuno de diferentes crepes con miel, manteca y té de menta, un galés me cuenta que llego la noche anterior y que ya perdió 220 dirhams. Para empezar, tomó un taxi en el aeropuerto, donde le dijeron que el precio sería de 150. Al cobrarle a la llegada, el taxista le dijo que de noche los taxis salen más caros, y que tenía que darle 170. Luego lo dejó en entrada a la medina, donde el galés se perdió. Unos jóvenes le preguntaron a donde estaba yendo, que le podían indicar. Al llegar a las inmediaciones del hostel, con 2 tipos adelante y 2 atrás, se vio forzado a pagarles 200 dirhams por su “ayuda”.

Unas chicas españolas, contaron cómo les fueron poniendo tantas pulseras en la mano, que después les estaban cobrando antes de aceptar la venta. A otra persona le tiraron un mono encima. Un inglés se hizo “un amigo” en la plaza, que se puso a charlar con él y contarle sobre la vida y la cultura local. Luego lo invitó a tomar el té a su casa y después terminó cobrándole por su tiempo.

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Después de escuchar muchas historias así, pensé en por qué cuesta tanto saber decir que “no”. Como si el dinero y tiempo de uno no fueran igual de valiosos que el de cualquiera. Por qué un sentimiento de culpa innecesario arrasa con la voluntad y libertad para elegir. Marrakech me desconcertó: la persona que se presenta con una sonrisa que te hace caer a sus pies, puede estar gritándote a los pocos minutos porque no le compraste nada. Como turista me sentí acosada e incómoda en gran parte. Sentí que si quería conectarme con locales, tenía que ser a través del dinero. Pero lo que más me molesta de ésto, es que te desconcentra de todos los aspectos nuevos que estás contemplando y que realmente valen la pena.

Y mientras todos hablaban, yo miraba al empleado marroquí del hostel y pensaba qué feo es tener que escuchar las habladurías, conjeturas y conclusiones apresuradas de extranjeros sobre tu país. Y justamente un día, Bubacar escuchó a unas chicas quejándose y me dijo en tono cómplice que los turistas que venían a Marruecos a hablar entre ellos y no se dedicaban a conocer a un marroquí no estaban aprendiendo nada sobre ellos. Pero cómo podía yo explicarle lo difícil que es Marrakech para un turista…

Y repito, Marrakech me desconcertó: uno se tiene que adaptar a otras culturas cuando viaja a un país, ¿pero tiene que dejar de lado sus valores? Me ví poniendo la peor cara posible al caminar por la calle, con todas las letras, una tremenda cara de culo. Anteojos negros para que no me vean los ojos y una sordera autoimpuesta. Me sentí más vulnerable por ser simpática, pero claro que no me gusta ahorrarle sonrisas a la gente.

Era como estar en un juego. Y me divertí. Y putié. Y me indigné. Y me dieron más ganas de viajar, porque allá afuera hay mundos totalmente del revés y desconcertantes.

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Y un día, caminando por la calle escucho que alguien dice “Madame, madame” y yo seguí de largo. “Ni te des vuelta”, pensé y seguí caminando, “Madame, madame, s’il vous plait”,y me toca el hombro y me da unos botones que se me habían caído al piso. Y me avergoncé, por tener que actuar como alguien que no soy, y porque no todas las personas son iguales y no se puede generalizar.

Pero tengo que ser justa, y decir que esto pasó en mi primer día fuera de Marrakech: en Essaouira.