Conociendo la cultura de un país a través de un festival de música- Parte 1

La curiosidad mató al gato… pero le quedaban 6 vidas todavía

Después de sumergirme en el mar de Marrakech y ser revolcada  por la ola  del comercio, me quedaban 6 oportunidades más con este país. Y ahí nomás emprendí viaje a Essaouira con Martín: y nos fuimos al Woodstock marroquí.

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Lo que encontré por ahí

Essaouira no sólo estaba repleta de músicos y personas de todo el país, no…

En el mundo de los animales domésticos callejeros, es decir, los sin techo, reina el perro en el mundo occidental. Pero en Marruecos, además del Rey Mohamed VI, reina el gato.

Un gato despeinado, de mirada dura, curtido por los avatares de la vida y aspecto temerario. Un gato que maúlla pidiendo limosna, un gato buscavida. Éste gato es aquí amo y señor de todas las tierras. Y si mal no recuerdo, sólo vi 2 perros en toda mi estadía en Marruecos.

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Pero, ¿quién es el verdadero dueño de Essaouira?

Y descubrí, sin mucho esfuerzo, que eran las que van a donde quieren, cuando quieren. Las que son más libres que nadie… Y en este pueblo pesquero con olor a mar, mirándolas volar, recordé una frase del libro “Juan Salvador Gaviota”: “No hay nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando.”

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Lo que pasaba entre medio

Con Asdin, todo empezó a través de una infusión.

Sería técnicamente imposible no tomar té a la menta en todo lugar y a toda hora. Los locales lo toman como matero al mate o como fumador al cigarrillo, lo llaman “el whisky berber”.

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Es una tradición servir este té al recién llegado, y cuanto más se eleve la pava, más contento se está por la llegada de esta persona (y más espuma tiene el té, y también salpica un poquito más, y queman las gotitas que saltan).

Asdin se encargó de servirnos un té tras otro. Será que le agradaba nuestra compañía, ya que además nos la pasamos charlando de su cultura y la nuestra. Con él empezó a manifestarse algo que los locales mencionan todo el tiempo: la prisa mata. De esta forma, se charla indefinidamente, sin mostrar el menor apuro por tener que terminar la conversación, como si se tuviera todo el tiempo del mundo. Me gustó hablar, sin pantallas de teléfono de por medio, como en los viejos tiempos. Y es que hay algo en Marruecos que me hace pensar en el tiempo pasado, donde cada minuto duraba 60 segundos largos.

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Pesando los melones

Y me gustó salir a hacer las compras y tener que buscar una cosa en cada lugar…

…Y poder charlar con los vendedores y ver cómo los locales se tomaban su tiempo también…

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Y así, Asdin, el anfitrión de la casa donde nos quedamos, respondió tranquilamente a cada una de nuestras preguntas: “¿por qué las mujeres usan burka?”, “¿no es incómodo para ellas?”, “¿cómo hacés para casarte con alguien a quien nunca le viste la cara?”, “¿por qué los hombres andan de la mano por la calle?”, “¿por qué no hay mujeres en los bares?”, “¿la juventud decide qué partes del Islam tomar y cuáles no?”, “¿por qué las casas no tienen ventanas?”, etc.

Y en medio de todas estas charlas, me enseñó a preparar este té. Con mucha paciencia, me mostró las semillas que, según él, sólo se consiguen así en Marruecos. Las puso a hervir con agua y luego tiro el agua en la que estaban. A las semillas les puso agua, y al fuego otra vez. Se fue corriendo a comprar menta fresca, mientras me daba indicaciones con precisión de minutos. Llegó con la menta, la puso adentro de la pava y le agregó 2 terrones de azúcar (que tienen un tamaño 2 veces más grandes del que yo conocía hasta el momento). Luego esperamos un ratito, y sirvió el té en un vaso de vidrio. Nada de tazas por acá, vaso de vidrio, aunque el vaso esté caliente. Al vaso lleno, lo tiró nuevamente en la tetera, 2 veces más, para mezclar bien el azúcar.

Y así se pasa el día en Marruecos, preparando y tomando té.

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En los bares, la gente no toma alcohol. Fé de erratas: en los bares, los hombres no toman alcohol. No hay mujeres en los bares, eso es potestad del sexo masculino. No hay alcohol en los bares, este es un país islámico y la religión no lo permite. En los bares, los hombres se la pasan tomando té. Y si están fuera del bar, se los puede ver en grupos en la calle, sentados en banquitos alrededor de una pava. Y si están trabajando, puede que un vendedor se siente a tomar un té con uno y a charlar con todo el tiempo del mundo, antes de intentar venderte todo.

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Un lugar que podría ser el sombrero de un mago

Un amigo nos recomendó desayunar en un lugarcito que hacía té (para variar) y msemmens (crepes marroquíes), rellenos con miel, manteca y/o queso. La sala de arriba tiene las paredes llenas de azulejos con diferentes tramas, muchos colores y diseños, como todos los lugares en este país. La falta de costumbre me hace sentir que estoy siempre en un baño gigante. Mi cabeza asocia la palabra azulejo con baño. Pero a partir de Marruecos, azulejo puede asociarse con cientos de cosas más, y por eso me gusta salir de lo conocido: viajo para ganar asociaciones.

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Este lugar rectangular, tiene mesas con asientos que forman una linea alrededor de la pared, con almohadones. De este modo, todos los que estamos sentados ahí nos vemos las caras y nadie le da la espalda a nadie. Como aquí el teléfono celular todavía no le robó la atención y la presencia a las personas, se abre el juego para observarnos… puramente en el momento en el que estamos viviendo. ¡Y a mi juego me llamaron! En seguida, tras intercambiar algunas miradas tímidas y sonreírse un poquito, empiezan las conversaciones.

Desayunando aquí, un grupo de senegaleses que estaban en el festival para vender mercadería de su país, se nos puso a hablar. Días atrás, en Roma, donde hay muchos senegaleses vendiendo carteras de imitación, raramente me hubiera encontrado a uno tomando el té en el mismo lugar que yo. Raramente hubiéramos tenido tiempo para compartir. Y por eso, estoy feliz de estar en África. 

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Es en éste lugar, donde día a día empezamos a hablar todos los idiomas. Y con un poco de inglés, otro poco de francés y gestos varios, hablamos de trabajo, de Sudamérica, de África y de Di María. Y entre charla y té, el calor subía. Y las mujeres con sus velos sudaban y yo pensaba: “¿cómo hacen? ¿cómo hacen?”.

Otro día, hablamos con una pareja de Agadir, que había venido especialmente al festival. No sé cómo nos comunicamos, pero todos disfrutamos de estos encuentros con seres de otro planeta.

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Ahí hablamos también con un grupo de chicos que después del té, se fumaba un cigarrillo de hachís en el bar, ya que aquí no hay ningún problema con ésto.

Chocolate

Ni bien apoyé un pie en la tierra en Essaouira, un hombre me dijo por lo bajo “¡madame, chocolate, chocolate, hachís!”. Marruecos es el segundo productor mundial de hachís, y claro, aquí abunda. La oferta estaba en el alza por el festival, y cada dos pasos había una oportunidad.

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Un día en la playa, se acerca un hombre a vender unas galletitas. Tenían un aspecto bastante raro, y claro, al minuto dijo “señorita, tengo chocolate, si usted quiere”. Yo en ese momento ya estaba transitando la parte del hambre más que todo, así que le compré unas galletitas, pero una de chocolate de verdad. El hombre quedó sorprendido, yo creo que no vendía una hacía rato, y a juzgar por el sabor y la textura, vaya uno a saber cuándo las preparó.

Y arrancó nomás el festival anual de Gnaoua y músicas del mundo

El festival se hace una vez al año, dura cuatro días y es totalmente gratuito. Nació hace 17 años, con el objetivo de rescatar las raíces africanas de la cultura Maghreb, es decir, de los países del noroeste del continente. Este evento fue una novedad para la juventud, y gracias a su recepción, el éxito en revalorizar la música del grupo étnico Gnaoua fue grande. Hoy, el festival es un punto de encuentro entre los jóvenes de África del Norte.

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La música Gnaoua, a través de canto y baile, puede llevar al trance…

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En el festival también se pueden ver bandas de reggae, jazz y otros estilos. Hay unos 3 o 4 escenarios, en diferentes lugares del pueblo: los principales en la playa y costanera.

Por la calle más importante de la medina, como apertura, desfilaron todos los grupos participantes, bailando y tocando sus instrumentos. El ambiente era de alegría pura. Ahí me di cuenta que este espectáculo no iba a ser sólo una fiesta auditiva, sino también visual.

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Y no sólo por los colores de las vestimentas de los músicos, las pelucas, los instrumentos desconocidos, sino también por el comportamiento del público.

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Lástima que no me di cuenta antes de subirme al techo como estos chicos, para ver mejor…

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Cuatro amigos

Un día, a nuestro búnker del té y las charlas, subió una pareja hablando en voz alta. El hombre, de unos 60 años y aspecto juvenil, haciendo chistes con cualquiera que se cruzara en su camino. Se sentó, le pidió algo al camarero y al rato se paró e hizo un gesto como sacandole una tarjeta amarilla. Todos nos reímos. “Claramente italianos”, pensé: volúmen alto, simpáticos, bronceados, divirtiéndose, facheros, personajes. No pasó mucho tiempo hasta que empezamos a hablar con ellos y a recibir consejos para ir al desierto del Sahara.

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Giacomo nos terminó invitando a su hotel a buscar un mapa para darnos indicaciones. En el camino, él saludaba a los vendedores, les hacía chistes y se reía a las carcajadas. “Él se caga de risa todo el tiempo”, me contaba Valeria, “los vuelve locos a los vendedores. Le encanta regatear, pero después no compra nada.”

Ahí mismo me imaginé a Giaccommo en Marrakech, con una capa de super héroe, salvándome de todos los vendedores. Volví de mi sueño despierta cuando llegamos al hotel y nos invitaron a Martín y a mí a conocer su habitación(!). “Qué bizarro”, pensé, “vamos”. Abrieron la puerta y Valeria diijo “esto es un casino” (un quilombo, en italiano). Y en efecto lo era, había mucho rocanrol en ese cuarto.

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Después de un rato en la terraza, mirando mapas, haciendo chistes y sacándonos fotos, nos dijeron que vayamos tranquilos, que eramos jóvenes y nos debíamos estar aburriendo. Qué error: ellos no sabían que nosotros estabamos en nuestra salsa, divirtiéndonos tanto como ellos. Nos dijeron que a veces es difícil conectarse con la juventud de hoy, porque no se relacionan con los mayores. 

Nosotros los arengamos para que vinieran a ver una banda de reggae en el escenario de la playa con nosotros y al final los convencimos… y terminamos todos bailando en la arena.

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Y en Essaouira encontramos el hueso que estábamos buscando

Y me descubro con Martín sonriendo a todas las personas que se cruzan por nuestro camino, chocándonos los codos después de haber hablado con un local, contando cuánta gente conocimos en un día, agitándonos cada vez más con cada pequeño detalle que nos haga ser parte de éste lugar y de su cultura.

Y me doy cuenta que somos como dos perros, que mueven la cola descontroladamente cada vez que alguien se acerca, que olfateamos todo lo que es nuevo y que buscamos ser acariciados. Sí, definitivamente, nosotros dos fuimos los perros de esta ciudad.

Continuará…

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