Conociendo la cultura de un país a través de un festival de música – Parte 2

Aviso al lector: estoy en China, en este momento, en Shanghai. El uso de Google, Facebook, Twitter, Youtube, etc. está prohibido en este país por desacuerdos entre el gobierno y estas compañías. Otro día les cuento bien esta historia interesante. El problema es que las cosas en Internet andan medio raras. Me costó muchísimo poder acceder a WordPress a escribir y aún así, no puedo ver las fotos que puse ni en qué orden se cargaron. No sé si ustedes las pueden ver tampoco, si están desordenadas o si el post es un quilombo. Cuando salga de China lo arreglo, pero por ahora, no puedo esperar a seguir compartiendo relatos. Perdón y que disfruten!

El groove de Asdin

Con los ojos cerrados, sin mirar a los costados. Moviendo la pera hacia el hombro izquierdo, moviendo la pera hacia el hombro derecho. Moviendo la cabeza como una paloma, Asdin estaba entrando en trance. Lo primero que admiré, fue la capacidad de nuestro anfitrión para dejarse llevar por la música. Como si nada hubiera donde estábamos parados y al mismo tiempo hubiera una conciencia del espacio que hacía que se moviera con gracia y seguridad. Grupos de jóvenes pasaban en fila india, y en el tumulto lo chocaban, él se mantenía en pie y seguía con los ojos cerrados. La cabeza se movía de lado a lado frenéticamente, los brazos y las piernas sacudiéndose. Abría los ojos para aplaudir y sonreir. Asdin nos contó que ésta música lleva al trance, y que en algunas fiestas privadas, hay un cierto humito que se respira, que ayuda a entrar en este estado.

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Con o sin humito, la música gnaoua te lleva de viaje, por medio de la repetición continua de frases o palabras. Como si se estuviera recitando un mantra, estas canciones pueden durar muchísimo tiempo, describiendo espíritus y entidades. Los instrumentos acompañan los cantos, sobre todo los qraqab, que son como unas castañuelas de hierro y una especie de guitarra de tres cuerdas que se conoce como gimbri y suena con unos bajos increíbles.

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Baboso

En el camino de regreso a casa, Asdin quiso reponer energías.

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En un puesto concurrido sobre la calle, paramos a esperarlo, cuando se da vuelta con una sorpresita:  “estos caracoles son un regalo para ustedes”. A ésta no me la esperaba: comer caracoles de jardín dentro de su caparazón. Un recuerdo se me viene a la mente. Verano en Villa Gesell, tengo alrededor de 11 años, en una galería escucho música y me asomo por el balcón a mirar, cuando siento algo crujiente y pegajoso bajo la mano. Una babosa mirándome de forma incriminadora por destruir su casa. No usé esa mano para tocarme la cara por muchas semanas. Y aquí estoy, 19 años después, con un plato de caracoles en frente mío y babosas que todos comían con entusiasmo.

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Si algo no me gusta es ver explícitamente lo que voy a comer y en este caso, además, había que sacar a la babosa del caparazón. Y después tomarse la sopita… No quise, pero me dijeron “dale, estás acá”. Y vi a tanta gente comiéndolos felizmente, que accedí con cara de asco. Me lo tuvieron que poner en la boca mientras yo cerraba los ojos, arrugando la cara. Para mí fue como masticar una gelatina dura cuyo sabor no era parecido a nada que hubiera comido antes. La sopa tenía un sabor fuerte. No estaba mal, pero este tema se autodestruirá en mi consciencia en 10 segundos. 10, 9, 8…

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Usos y costumbres

Otra ronda de té. Esta vez, Asdin nos confesó un pequeño fetiche: buscar videos en Youtube de mujeres con velo. La belleza no tiene parámetro, la estética no existe, es subjetiva como tal. A él, las mujeres con velo le parecen más hermosas, intrigantes, divinas. Nos mostró algunos videos de cantantes que usaban velo. Y me tuve que concentrar en los ojos de estas mujeres y descubrir la forma en que expresaban su belleza. “¿Y qué pasa si cuando se saca la burqa es flor de bagarto?”, preguntábamos entre risas. “Es casi imposible que eso pase… si su personalidad es hermosa, ella nunca podrá ser fea”, él respondía. “¡Qué poeta Asdin!”, y ahí nomás lo jodíamos con las mujeres feas pero simpáticas, las famosas “gauchitas”. “No me imagino a mi mamá en la calle sin burqa, desde que soy un bebé que ella está siempre cubierta en público. En casa está como vos ahora. El velo o la burqa, son para preservar a las mujeres, que son seres tan hermosos, de las miradas de otros hombres y los peligros que esto representa para ellas. Las casas de la medina orginalmente no tenían ventana para que todo se mantuviera en privado en la familia y, claro, para que las mujeres no fueran vistas y su belleza fuera sólo para su marido.”

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Tribu universal

La pasión por el mar es de las más fuertes que ví en mi vida. Los surfistas son una tribu unificada en el mundo, ya que el sentimiento que tienen por el agua y la tabla, no tiene fronteras ni barreras de entrada para nadie. Nunca presencié en un grupo de amantes de algo, semejante camaradería. Es como encontrar a alguien que te entiende en esa cosa muy loca que te pasa. Y así fue que cruzamos surfistas marroquíes que habían viajado desde sus provincias para el festival, y a puro abrazo y buena energía, instantáneamente hicieron su invitación para conocer las playas y surfear las olas de sus pueblos. Invitación que días más tarde nos terminó llevando al mar otra vez.

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República de los niños

La ciudad estaba tomada por los niños esas noches. Pandillas de mocosos adueñándose de las calles, sin padres a la vista. Varoncitos libres y autónomos. Durante el día estaban tirándose al mar desde unas piedras, tomando carrera. Esa independencia a tan temprana edad añoré, en un lugar donde nada malo puede pasar, entre los barcos del puerto, los gatos y las gaviotas.

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Maluco beleza

Siempre está ese loco lindo, que en Brasil se llama “maluco beleza”. Y acá no podía faltar ese loquito hermoso, que apareció bailando exultante de amor para los visitantes y movimientos originales. Después nos siguió un rato largo y, en un momento, no sé qué le dijo Asdin en su idioma, pero nos abandonó…

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Avistaje de comportamientos

Los hombres bailaban entre ellos, agarrados de las manos. Le hacían dar un giro al otro, se miraban, se reían. Lo estaban pasando muy bien y se notaba. Muchos jóvenes se entretenían haciendo torres humanas que se desplomaban rápidamente, con manos y brazos volando para todos lados, algunos golpes en la cabeza, muchas risas. A medida que la noche se profundizaba, cada vez se veían menos mujeres. No es que antes se notara mucho su presencia tampoco. Yo diría que ellas no bailaban, la mayoría estaba parada mirando. No había hombres bailando con mujeres, no. Y pensé en qué cosa linda esa de bailar, hombre y mujer, y todas las cosas que se expresan en ese baile sin decir palabras. Pero eso no sucedía aquí. No hasta el final del festival, donde fui a un recital a las 5 de la tarde y vi a varias mujeres sin velo, revoleando el pelo, entrando en trance, bajo la mirada fija de otras mujeres tapadas. Y es que Asdin me contó que muchas jóvenes están decidiendo no usar el velo y no taparse el cuerpo, como su hermana. Para colmo, la apertura al turismo hace que estas mujeres vean a extranjeras descubiertas, y su forma de pensar se vea cuestionada por un conocimiento de realidades diferentes.

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En la cima

Después de ver el primer partido de Argentina en el Mundial y volver a casa felices por lo que fue el festival, nos fuimos a la terraza. Y de ahí trepamos al techo. Se veía el cielo estrellado y las terrazas blancas. Repasamos el festival, el cierre, el increíble show de Marcus Miller y todo lo que habíamos aprendido en él, todas las personas que habíamos conocido. En ese momento, las ganas de seguir viajando se potenciaron. Reflexionamos sobre las distintas sensaciones que producen los lugares. Me dí cuenta que en pocos días cumplía 3 meses de viaje. Era lo máximo que alguna vez había estado andando: exactamente 3 meses. Y confesé que estaba cansada y que viajar no era tan fácil, ni nada parecido a estar en unas vacaciones donde se descanse. Sentí nostalgia por cosas que me esperaban en mi hogar. Pero también era absolutamente consciente de que estaba cumpliendo un sueño y que lograrlo me había abierto infinitas puertas, para creer que podía seguir cumpliendo más. Aún así, no faltaban veces en las que me preguntara “¿qué carajo estoy haciendo?”.

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Hubo un largo silencio en el que nos quedamos en el techo, mirando a las gaviotas. Observábamos como se movían en la noche, de techo a techo. Había dos gaviotas que estaban quietas, casi petrificadas, mirando al infinito. Otras se posaban al lado de ellas y después de un rato se iban. Pero esas dos seguían mirándolo todo. Otras gaviotas emitían sonidos y volaban agitadamente. Algo estaba pasando, pero sólo podíamos teorizar al respecto. En ese momento, eramos más chiquitos que ellas. En realidad, eramos más chiquitos que todo lo que nos rodeaba: minúsculos en un mundo gigante. Y de repente, Martin me miró y dijo “ahora tenés que ser fuerte y seguir viajando… ahora, no te cagués“.

Nos miramos un rato con ojos brillantes y seguimos mirándolas volar.

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