El parque de diversiones de los nómadas del Sahara

Negociación

Younes llegó al hotel a las 11 en punto, cuando estábamos desayunando. “Hablemos de la excursión”, le pedimos. Dijo que desayunáramos tranquilos, porque la comida nos iba a caer mal.

– Cuando terminen de comer vamos a la agencia de viajes, ahí tengo fotos.

-Hablemos de precios antes de ir a la agencia.

-No, no… coman ahora y después vamos

-Pero no sabemos si queremos ir todavía, primero queremos saber los precios.

-Cuando vengan los van a saber.

Y así, esta conversación se prolongó por más de una hora. Porque no hay nada más humillante que darse cuenta que uno no sabe regatear y concluir con tu compañero de viaje que “somos de madera regateando”. Pero uno se hace más fuerte que el otro y se pone más duro. Porque ver cómo manipulan al otro con respuestas ambiguas mientras uno esta a salvo, calladito, da culpa y hiere el honor. Ese rol me tocó a mí y me lo tomé como un juego. No es un juego fácil, requiere mucha táctica emocional, no hay que dejarse quebrar por el oponente. Pero mi estrategia era un poco rara, porque hasta terminé hablando de la convertibilidad, la dolarización, el 35% sobre las compras en el exterior, etc. No sabía a qué otro recurso histórico apelar para bajar el precio. Ya me había encaprichado. Además, quería conocer mejor el mercado local antes de  cerrar algún precio. Younes se hacía el ofendido: “vayan si quieren, no van a encontrar mejor precio que el mío”, “vamos a la agencia”. Este fue el desayuno más largo de mi vida, y la comida me quedó atragantada, tal cual lo había previsto mi oponente. Ojo, no sólo yo la pasé mal, creo que en algún momento, Younes maldijo el momento en que nos conoció. Le rompimos los huevos a él también, hablando mal y pronto. Dijo, mientras respiraba fuerte por la nariz, “argentinos difíciles, difíciles para negociar”. “Sí”, le dijimos, “es nuestro dinero y no somos europeos, no podemos pagar lo que nos pedís”. “Pero Argentina queda muy lejos de Marruecos, pagaron un pasaje de avión muy caro y ustedes vienen aquí para gastar dinero”. “No, estamos viajando de mochileros, pagando muy poco por todo, comiendo en supermercados, tocando en la calle para juntar monedas”, y otra serie de martirizaciones más que la creatividad nos permitía manifestar. Agotado, Younes hizo su última oferta: “tú sabes hablar idiomas, tú puedes traducir los textos de mi página web”. Y ahí nomás nos fuimos para su agencia, un cuarto minúsculo, donde había carpetas con información y fotos y pósters del desierto en las paredes.

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Vemos fotos de Younes en 4×4, o tirado en la arena, abrazado a los turistas. Se lo veía sonriente y relajado, seguramente no se había encontrado con semejantes tacaños. “Cuánto tiempo me vas a tener acá? El tiempo es dinero”, yo ya estaba agrandada e hinchando las bolas. Así fue que Yunes me sentó a la computadora y me trajo una Coca-Cola. A la hora y media yo todavía no había terminado. Pero confieso que, a pesar de calor extremo que hacía en su oficina, disfruté de tener una tarea, una misión que cumplir .

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10 horas agridulces

El día anterior, partíamos de Essaouira sin rumbo definido. Una de las posibilidades era ir a surfear a Tagazout y la otra, volver a Marrakech para desde ahí intentar ir al desierto. Mientras averiguábamos en la estación de autobuses, apareció un joven con zapatos de pelo de llama, y empezó a hablarme en español.

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  • ¿A dónde van?
  • No sé – le dije, con pocas ganas de que me quiera vender algo.

Ahí nomás, Younes me contó que él y un amigo habían venido desde Zagora, una de las ciudades conocidas como puerta del desierto, a Essaouira para el festival de música Gnaoua. Hoy volvían a su ciudad y nos ofrecían volver con ellos en su camioneta en un viaje de un día, que salía un poco más caro que tomar los autobuses por separado, pero era más rápido y salíamos en ese momento. La oportunidad se presentó y la aprovechamos. Nos subimos a la camioneta con dos desconocidos, rumbo a Marrakech, y luego, rumbo al desierto del Sahara.

En ese momento pensamos que logramos ahorrar mucho tiempo. Habíamos llegado a la estación de autobuses quince minutos antes, y ya nos encontrábamos arriba de nuestro transporte. Pero estábamos muy equivocados, porque en Marruecos “la prisa mata”. Y así empezamos un raid por todo Essaouira tratando de levantar a otros pasajeros (y yo que inocentemente pensé que iba a viajar muy cómoda en la camioneta, con sólo dos pasajeros atrás). Primero, fuimos a otra estación de autobuses donde había más gente dejando la ciudad después del fin del festival. Después, volvimos a la estación de donde nos levantaron. Como no tuvieron éxito en levantar a nadie, fuimos a otro lugar dentro de la ciudad, donde bajaron a hablar con alguien. Y después de volver a pasar por las dos estaciones otra vez, sin éxito, finalmente salimos a la ruta.

A la hora y pico, paramos a tomar una chocolatada, a pedido de Younes, el conductor. Su copiloto, era un joven bajito, de tez negra. Nos cuenta que es nacido en Mauritania y que había huído por las montañas, ya que la zona donde vivía estaba llena de minas terrestres y no quería arriesgar su vida. En Marruecos por lo menos tenía trabajo y mayor seguridad.

Seguimos, pasando en el camino por pequeñas poblaciones donde se ven amontonamientos de gente en la calle, yendo de aquí para allá. Pasamos por un parque de diversiones con unos dinosaurios gigantes,puestos de artesanías, vendedores de melones, hombres tomando té en los bares, mujeres enfundadas en trajes de colores, gatos callejeros. Alrededor de unas 4 horas después llegamos a Marrakech. Yo llego a la defensiva, el reencuentro con esta ciudad no me es indiferente. Paramos en un estacionamiento y nos dicen que bajemos  a comer. Cruzamos nuevamente la plaza Jem el Fnaa, con su característico olor a bosta de caballo y pis. Uno piensa que es olor a camello, pero no hay ningún cuadrúpedo con ese nombre en la plaza. Tal vez es una mezcla de olor a los monos que hacen las veces de payasos y de las serpientes encantadas. Entramos a un restaurante a comer cous cous y tagine. En Marruecos los menúes de los restaurantes no son muy extensos. Siempre hay cous cous de vegetales o con carne y tagine, que es como un guiso, que puede ser de verduras y/o carnes también. No sé si es la comida, o la cercanía a Marrakech, pero a partir de ahí me siento cada vez más rara. Sobre todo después de preguntarle a Younes cuánto falta para llegar y me conteste que mínimo viajaríamos 6 horas más.

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Cuando volvemos a subir a la camioneta, se nos suma un compañero más. En las afueras de Marrakech, pasamos por la casa de un primo suyo “a buscar algo”. Ahora llevamos también una bolsa gigante cuyo contenido desconocemos. Seguimos camino y aprovechamos para charlar con los compañeros de viaje, todos locales, sobre la vida en el desierto. Nos cuentan sobre lo nómadas, que andan siempre con un turbante azul y pasan sus días entre las dunas de arena, de aquí para allá. Unas horas después, paramos “a tomar un jugo de naranja” en un bar sobre la ruta en el medio de la montaña, que tiene una vista muy linda.

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Acá empieza lo peor. Nos metemos en una ruta de curva y contra curva, y cada vez ganamos más altura, para luego bajar en círculos que nos tiran de un lado para el otro en el interior de la camioneta. Mis ganas de vomitar van en aumento y me pongo pálida con tintes verdosos. Younes empieza a hablar del aceite de argán y a insistir con que paremos en una fábrica que queda a pocos kilómetros para ver el proceso de preparación y comprar un poco. Este aceite es típico de la zona, y según él, las mujeres marroquíes enloquecen por esta maravilla, que te deja el pelo de seda, la piel de porcelana y atrae todo tipo de halagos cuando uno prepara un plato de comida con él.“No voy a comprar nada”, le digo con un hilo de voz, “prefiero llegar”. Y seguimos así, por horas y horas, pasando por pueblitos,  personas y mareos.

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Llegamos a un pueblo donde hay grandes estudios de grabación y se filmaron películas como “Babel” y “300”.

En otro pueblo, damos vueltas para ver si alguien más se quiere subir a la camioneta. Y a las 11 de la noche, habiendo salido al mediodía de Essaouira, Younes dice que vamos a parar a tomar el té en un paraje en el medio de la ruta.

El famoso Younes
El famoso Younes

Es de noche, está fresco afuera, se ven miles de estrellas en el cielo y, en realidad eso es lo único que se ve, porque estamos en el medio de la nada tomando el té con un nómade de turbante azul y un perro. Me quedo dormida apenas volvemos a la camioneta. Me avisan que estamos parando para dejarle a alguien la bolsa que habíamos subido en Marrakech. En este pueblito inhóspito y oscuro aprovechamos para bajar a estirar las piernas. Son la 1 y pico de la mañana y Younes dice que vamos a llegar pronto. Le pedimos  que nos deposite en el lugar más barato de Zagoura. Nos dice que hay un hotel un poquito más caro, pero que tiene pileta.

  • ¿Pero qué pileta ni pileta?  Vamos a lo más barato.

Terminamos en un hotel donde la habitación cuesta nada más que 90 dirhams.

Younes, que está fresco como una lechuga después de más de 10 horas al volante, dice que viene a las 9 de la mañana a buscarnos.

  • No – le digo- vení más tarde.

Finalmente 

  • Ahí, ¡suban!

Entramos al taxi, donde hay 5 personas sentadas. Es un taxi-colectivo, llamado grand taxi, en un auto desvencijado. Hace mucho calor y, por suerte, me tocó la ventana. Agradezco que el código de vestimenta femenino marroquí me halla hecho vestir una pollera larga, ya que el roce de las piernas transpiradas es insoportable en estas situaciones. Estamos todos apretados. La temperatura es de unos 36 grados.

  • Ahora van hasta un pueblo donde los va a buscar un tío mío, ¡chau!- dice Younes – se cierra la puerta.

Arrancamos. A medida que salimos de la ciudad empieza a entrar polvo al auto. Cada piedrita provoca infinitos ruidos. Nadie habla. Se ve sólo la ruta y piedras a los costados. Desierto. A los treinta minutos, llegando al nivel de sofocación, el taxi para y nos bajamos todos en un pueblo. Agarramos nuestra mochila y saludamos a los niños que nos miran con cara de sorpresa, murmuran y se ríen, supongo que porque llevo el pelo suelto y los hombros desnudos.

Encontramos a un pibe al que le decimos el nombre del tío de Younes. El tío aparece más tarde, envuelto en un traje azul de esos largos con capucha, que la gran mayoría de los hombres usa. De solo verlo transpiro más. Vamos a comprar botellas de agua con él, mientras hablo con dos niños que preguntan de dónde somos. “Argentina”, y mencionan a Messi, claro, y a Di María. Se ríen. Por estos días, estamos en la segunda ronda del mundial y nos cuentan sus pronósticos. Nos subimos al auto, y atravesamos un camino de tierra y piedras. Al rato no se ve ningún rastro de civilización o vida, ni para adelante, ni para el costado izquierdo o el derecho. Ya estamos en el desierto.

El tío de Younes nos deja en un campamento de bivouacs, donde habitan 3 nómadas, y se va.

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La carroza que nos llevó al desierto
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El bivouac y el nómada
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Nómada 1
Nómada 2
Nómada 2
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Nómada 3

Encuentro con bivouacs, arena y camellos

Un nómada nos recibe y nos invita a entrar. Un bivouac es cualquier tipo de campamento improvisado con algún elemento de la naturaleza. Aquí se usan cañas y alfombras. Si el bivouac tiene varias puertas y/o ventanas, es realmente un refugio contra el calor. Sí, en cambio, tiene sólo una puerta, funciona como un horno donde uno se cocina lentamente. Ésta era la diferencia entre el bivouac que oficiaba como sala de estar, donde el aire corría, y el que funcionaba como habitación. Somos los únicos en el campamento.

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Las dunas parecen toboganes de seda. Su forma fue determinada por los vientos y alguna que otra esporádica lluvia. Las hay de todas las alturas, algunas pueden alcanzar los 180 metros de altura. Todas van cambiando de color a medida que pasan las horas. Es un desierto diferente a cada rato, si uno se distrae un poquito. A veces es totalmente amarillo, otras veces es naranja, por momentos se pone rosado y en el atardecer está un poco gris. ¿Hay muchas o pocas opciones? A primera vista uno sólo ve arena y cielo, nubes tal vez, algunos campamentos, algunos camellos, de vez en cuando algunas camionetas y de vez en cuando, nada. La arena es finita y suave.

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Cada campamento tiene algunos camellos. Este animal está todo el día en el sol: por supuesto no le afecta. Me da mucha impresión el método con el que los nómadas retienen a sus animales: cuando no están andando, les doblan una pierna: atando el muslo con el gemelo, y el animal no puede ir muy lejos. Me sorprende que se puedan seguir parando y sentando, pero me imagino que la pierna se les debe dormir todo el tiempo.

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Ya estoy en el desierto, ¿y ahora qué hago?

Llegar al desierto implicó muchas horas, tanto de viaje, como de negociación. Una vez ahí hay… bueno, no hay nada, hay Sahara, propiamente dicho. Entonces, ¿cómo pasar las horas en el desierto?

Cuando era una niña (¿era?) y mi mamá me veía con la mirada estancada y los labios apretados, me preguntaba qué me pasaba. Yo le contestaba, haciendo puchero, “estoy aburrida”. Y ella me decía “¿cómo te podés aburrir con todas las cosas que hay para hacer?”. Yo la miraba con ojos grandes, pasmada ante la respuesta irretrucable de mi sabia progenitora. Realmente, ¿cómo aburrirse en este mundo? Yo me lo tomé a pecho… para siempre. Y parece que estos nómades son expertos en esta materia.

Diversión 1: ponerse pesado

En esas horas desérticas, me convertí en la pesadilla de un camello tímido. Empecé una sesión de fotos, pero nunca les pregunté si querían participar. Tomé primeros planos de sus bocas y sus caras, mientras me reía y el camello empezaba a masticar algo como para escupirme. Nos observamos mutuamente y nos reímos de nuestras caras deformes. Cuando les mostré las fotos a los nómades, se reían sin parar mostrándoselas entre ellos. Me di cuenta que a esta gente simple, le fascina reírse, y buscan cualquier excusa para mostrar los dientes.

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Diversión 1 y 1/2: Tomar té a la menta

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Diversión 2: Hacer turbantes

Mis nuevos amigos son apasionados del arte de crear turbantes. Llevan en la cabeza metros de tela que los protegen del sol y del calor. Mientras les pregunto cómo hacen para aguantar el peso durante tantas horas, me cuentan que si no lo tienen puesto sienten que les falta algo. Se arman un turbante, lo desarman, se arman otro con mas sofisticación, crean nuevos diseños y nosotros somos sus nuevos maniquíes.

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Diversión 2 y 1/2: tomarte té a la menta

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Diversión 3: hacer música

Al caer la tarde, los nómadas ponen sobre una alfombra gigante sus tambores, djembés y castañas, y empiezan a tocar y cantar canciones africanas. Nos cuentan que las letras hablan sobre el desierto. Lo que cantan es hermoso, a dos y tres voces. Yo pienso en qué privilegio tengo, además de un paisaje increíble, disfruto de música en vivo para ver el atardecer. Y a decir verdad, estos tres cantan y tocan como los dioses.

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Un nómada descubre mi ukelele

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Diversión 3 y 1/2: Tomar té a la menta

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Diversión 4: jugar a Karate Kid

En el medio de la oscuridad, Mustafá empezó a hacer movimientos de ninja. Se veía el cuerpo moviéndose ágilmente, juro que yo no lo podía creer. Este chico tendría que haber ido al casting de Karate Kid. Tenía una técnica muy estudiada y unos movimientos temerarios. “Éste si quiere nos faja a todos y nos entierra en el medio del desierto”, pensé.

Diversión 4 y 1/2: Tomar té a la menta

Diversión 5: comer

Unas horas más tardes, nuestros anfitriones preparan su restaurante: tiran una alfombra en el medio de la arena (¿dónde más sino?), ponen una mesa bajita, y traen un tagine de verduras. Viene dentro de una olla que mantiene el calor, con forma de montaÑa, y adentro generalmente hay una especie de guiso de verduras hervidas con pollo o carne. Hay algo extremadamente característico de la cocina marroquí: el comino. ¿Mencioné ya que en las mesas hay sal y comino? No hay sal y pimienta. A veces, me han traído un huevo duro bañado en comino, o una torta de chocolate con comino. Llegó un momento en que no sabía cómo escapar del comino en Marruecos, en realidad no sabía cómo escapar de muchas otras cosas, pero eso es otra historia. Volviendo al tagine, déjenme decir que me pareció delicioso lo que prepararon estos nómadas. Fue el tagine más rico que comí en toda mi estadía en Marruecos, mucho mejor que los que preparan en un restaurante. Lo trajeron y se fueron. Más tarde volvieron con una pava, a tomar el clásico té. Cuando pregunté quién lo había preparado, y uno de los chicos dijo que fue él, me quedé boquiabierta.

Diversión 5 y 1/2: Tomar té a la menta

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Diversión 6: disfrazarse

Ya no se ve nada en el desierto, sólo estrellas. Obarak propone hacer un disfraz de camello. Entonces los otros dos se ponen en posición: la espalda doblada rectamente a 90 grados, tomando el de atrás al de adelante por la cintura. Obarak se saca su turbante y su túnica, toma los turbantes de los otros dos y empieza lentamente a envolverlos, con la gracia de un experto. Tentado a más no poder, hace las piernas, la cabeza y finalmente les hace una cola, mientras todos nos reímos.

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Una vez listo el camello, amo y animal, salen corriendo y gritando, y se pierden en el desierto y en la oscuridad de la noche. No vuelven. Después de media hora de no ver ni escuchar nada, nos vamos a dormir.

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El camello se pregunta si ese trapo ronoso le sacó el trabajo, mientras Obarak palmea a su bestia para que camine más rápido

 

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Al día siguiente nos contaron que se fueron corriendo hasta la carpa del cuidador de otro campamento, a asustarlo. El tipo se pegó flor de cagaso.

Reflexiones plantares

Alrededor de las 7 de la mañana, el calor ya es insoportable dentro del bivouac. Y salgo a tomar agua, que ya está hirviendo también. Sé que hasta las 7 de la tarde no tendré ni un minuto de temperatura confortable. Yo no sé si este chico nos quiere matar o qué, pero nos hace salir a las 12 del mediodía con los camellos a nomadear (verbo que acabo de inventar) a otro campamento.

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El detalle que me impresiona, es que va caminando descalzo. Al mediodía y en el desierto. Me acuerdo cuando voy a meterme al mar en la costa argentina y tengo que caminar 15 metros descalza y corro a las puteadas, porque me quemo mis plantas citadinas. Y este pibe, descalzo, en el desierto del Sahara, a las 12 del mediodía. Mierda, que hay plantas de pie diferentes en el mundo… nacimos con la misma planta de homo-sapiens, sólo que él se adapto a la arena hirviente y yo me adapté a las zapatillas converse. Y es una larga serie de diferencias entre él y yo.

Reflexiones situacionales

¿Qué hace un pibe de veinte años viviendo en el desierto?. Sólo. Día tras día.

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Mustafa y su camello

Mientras el paso lento del camello me obliga a mover la espalda de atrás hacia adelante y el rayo del sol está a punto de dividirme en 2, yo lo miro a él, sin zapatillas, sin anteojos de sol, sin protector solar, sin reloj y sin apuro. Me encanta saber que existen en el mundo miles de vidas posibles.

Humanos al spiedo

Llegamos al otro campamento. La escena es de un cuadro surrealista de Dalí: hay una cama sin colchón en el medio de las dunas. Abrimos la cortina de un bivouac y él empieza a preparar un té. Un té, por Dios, hace mil grados, ¿por qué un te? Él nos dice que es lo mejor para el calor. Estamos en el desierto más cálido del mundo. Literalmente pasamos unas 3 horas tirados, en las cuales nuestra única ocupación es sudar. Yo cambio de posición, pero no hay nada que haga que me alivie el fuego interno. Tomo té, agua, me paro, me siento, pero no puedo dejar de transpirar. Miro el reloj, recién son las 2 de la tarde. Quedan mínimo 5 horas de infierno.

Encima de ninja es bailarín

Ahora él pone música hip hop en su teléfono móvil de modelo viejísimo y veo que hace 2 o 3 movimientos de baile. Le pregunto si sabe bailar y me dice que un poco. “Baila, por favor”, le pido. Y sin ninguna timidez, empieza a bailar hip hop… y baila con muchísima gracia. No puedo salir de mi admiración. Pero todo es absurdo y humillante, porque este pibito que vive en el desierto, tiene grandes habilidades para todo. Y me siento una burra al lado de el… una burra del desarrollo de mis propias habilidades. Y pienso en el tiempo, y en la poca distracción que hay en el desierto. Vamos, que no hay conexión a internet. Él me cuenta que una señora que llegó al campamento, se acercó a pedirle la clave para conectarse al wi-fi. Él le dijo que no tenían y la señora se enojó, porque dijo que nadie le había avisado que iba a estar 4 días ahí sin conexión a internet.

En busca de la fórmula secreta

Este pequeño súper hombre me da cada vez más intriga. No puedo entender cómo esos jóvenes viven en el medio de la nada, a esa edad donde en la ciudad los estímulos abundan.  Me inquieta cómo las horas pasan y esta gente permanece serena. ¡ Y cómo saben hacer tantas cosas! Idiomas, música, artes marciales, baile, cocinar, supervivencia…todo perfectamente.

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Paso tiempo pensando en su secreto. El desierto es la nada. Y menos, es más. En la ciudad tenemos semáforos, sendas peatonales, relojes, títulos, luces de neón, modas. Pero acá no hay nada. Y cuanto menos hay, menos importa lo que hay. Acá, hay sólo dos cosas: el desierto y uno mismo.

Volverse loquito

Pensé que no sería difícil enloquecer en estas condiciones geográficas.

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Una noche escuché gritos. Un hombre hablaba y elevaba la voz y la velocidad de lo que decía aumentaba cada vez más. Parecía estar furioso. En el medio de la oscuridad, los gritos eran atemorizantes. Al día siguiente, los nómadas me contaron que el dueño de tan efusiva voz, era un ex militar que tuvo un problema en su ciudad y se vino a vivir al desierto, para que la gente no lo moleste más. Tenía gente increpándolo en la puerta de su casa todos los días. El hombre fue escapando de las personas, hasta terminar nada más que con la compañía de las estrellas y la arena. Pero de vez en cuando, generalmente de noche, hablaba con esa gente, con su ex mujer, con sus hijos, con sus vecinos, en su imaginación.

Un despertar estrellado

Ese atardecer la arena empieza a enfriarse y me divierto viendo como mis huellas son el único signo de vida por acá. Trepamos corriendo a la duna más alta a nuestro alcance para ver una puesta del sol maravillosa: una bola gigante amarilla tiñe el color del desierto y el hueco entre las dunas se va poniendo oscuro.

 

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Volvemos caminando por la oscuridad sin linterna. Aparecemos en otro campamento, estamos un poco perdidos. Tengo un poco de adrenalina, pero no me preocupo: en el peor de los casos pediremos asilo a otro campamento de nómadas. Finalmente llegamos a nuestro campamento, felices. Nos tiramos en una alfómbra con los nómadas, a tomar té. Esa última cena, nos invitan a compartirla con ellos en su bivouac. Nos sentamos los 5 en el piso, alrededor de una mesita. Traen un tagine, ese que saben preparar tan bien. Hoy vamos a comer como verdaderos marroquíes, sin cubiertos. Metiendo los 5 la mano en la olla, vamos comiendo los pedazos de verdura y carne; y todo tipo de pudor occidental desaparece en el afán de ingerir más de esta delicia.

Después de comer, volvemos a las alfombras a cielo abierto, a tomar otro té y seguir charlando. Por supuesto que la mayoría del tiempo ellos hablan árabe en dialecto nómada, y nosotros no entendemos nada. Pero por momentos se esfuerzan para contarnos historias y hacer mímicas o cualquier otro recurso que facilite la comprensión. Todo les causa una risa muy contagiosa. Esa noche, la luna está perezosa. El sol se puso y no hay signos de ella. El sol todavía tapa a las estrellas.

Cierro los ojos.

Abro los ojos y por un momento no sé dónde estoy.

Pestañeo mientras miro hacia los costados, y ya no hay nadie en las alfombras. Veo a Martín dormido, más allá.

Pienso en qué latitud de los 9.400.000 km2 de Sahara estaré.

El escenario es impactante: miles de estrellas y una luna gigante en frente mío. Estoy tirada en una alfombra en el medio de la nada, mirando estrellas fugaces y satélites, sintiéndome como un grano más de arena en medio de tanta inmensidad. El mundo es hermoso… Hago fuerza para guardar este momento sublime, entre la nada-todo y yo, para siempre.

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