El hammam y el francés

Antes de ir al desierto, mientras íbamos a la agencia para que yo hiciera unas traducciones

  • Por acá cerca hay un francés que hace Couchsurfing
  • Aaaaah…
  • Aquí es la casa. Y tiene aire acondicionado. – Yunes dice, mientras frena el auto – Bajen.
  • Pero, ¿no íbamos a la agencia?

Por suerte Yunes toca la puerta y no abre nadie.

Mientras estamos en la agencia y yo estoy traduciendo textos

  • Bonjour, ca va? Je suis René.

Y con una sonrisa cálida, este hombre de unos 60 y pico de años, que nos conoce hace cinco minutos, nos invita a quedarnos en su casa cuando volvamos del desierto. E inclusive se ofrece a llevarnos de vuelta a Marrakech en su auto.

Sí, aceptamos, claro. Que-bue-na-on-da.

La vuelta del desierto

Nuestra carroza nos vino a buscar, justo cuando la sed me estaba atacando despiadadamente. ¿Mencioné que en el desierto tomé más litros de agua por segundo cuadrado en mi vida? Esa imagen típica de un hombre que camina chueco entre las dunas, tambaleándose de un lado para el otro (pero no por una borrachera, sino porque el sol le está incinerando hasta el último indicio de H20 en su cuerpo), es una imagen perfectamente justa de como uno puede terminar si no toma ríos de líquido por día. El problema es que los bidones de agua que compramos antes de ir al desierto, hervían tanto durante el día, que a la noche no llegaban a enfriarse. Felizmente, los nómadas nos convidaban de su agua, que estaba en bidones envueltos en una frazada. Sí, todo lo que da calor, enfría, parece…

El tío de Younes nos invita a subir al auto, cuando veo que uno de los nómadas se viene al pueblo con nosotros. Y está todo coqueto: remera rosa, jean, perfume y turbante gigante. Se queda unos días a visitar a alguien (ojalá sea a una novia, por la mirada encendida y la sonrisa que lleva, me parece que algo tiene que ver con el amor) y a comprar cosas. Me pregunto cuánto tiempo soportará en la civilización y cuánto tiempo soportará en el desierto.

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Para mi sorpresa, tenemos otro genial compañero de viaje: el ermitaño esquizofrénico que se pelea con seres imaginarios durante las noches. El hombre, cuya piel está bastante curtida por el sol, tiene unas facciones muy lindas. Debe tener 50 y pico, o 60 y pico, no puedo saberlo. Sonríe todo el tiempo. Por momentos dice cosas locas en árabe, pienso, porque el tío de Younes le asiente y se ríen. Es curioso imaginar qué pensará, mientras mira con mucha atención una revista que le dieron, donde hay fotos de otros mundos de fantasía: un grupo de cantantes adolescentes, famosos en eventos y publicidades de colores. Tiene un turbante puesto, que simpáticamente deja al descubierto la coronilla pelada de su cabeza. Él también se puso una camisa para volver.

Este equipo de personajes parte rumbo al pueblo más cercano, volviéndo a cubrirnos de polvo en el camino y dando pequeños saltitos no aptos para la ciática.

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Cuando llegamos, el tío de Younes nos deja en la parada de un grand taxi. No sé si este es el mismo pueblo por el que pasamos a la ida, porque ahora está lleno de movimiento, y parece sacado de un documental de la National Geographic. Los burros andan por todas partes transportando maíz y cosechas. Las bicicletas, motos y autos que pasan levantan la tierra de las calles. Los hombres están reunidos en grupos hablando o vendiendo cosas. Veo muy pocas mujeres, haciendo compras absolutamente tapadas y me las imagino empapadas abajo de sus trajes negros que sólo dejan un mínimo espacio entre los ojos. La parada de grand taxi está llena de conductores, pedimos un taxi y nos dicen que esperemos. Nadie nos mira ni nos retiene. Nos damos cuenta que tendremos que esperar a que por lo menos vengan 7 personas más. Debe ser mediodía y el sol está más entusiasta que nunca. Pasan los minutos y nada. La prisa mata. Un hombre que parece medio loquito me mira fijo y me empiezo a incomodar. Somos los únicos forasteros a la vista, éste es un lugar muy local, y la gente nos observa, como cosa rara que somos. Empiezo a sentir que me quiero ir rápido de aquí. Como el tiempo pasa y no pasa nada, busco un lugar para sentarme. Hay un hombre durmiendo en el piso, sobre un pedazo de cartón. Y justo al lado de él encuentro un espacio. ¿Cómo puedo describir lo que se siente ser mujer en un país como éste? Todo el tiempo me pregunto si estoy haciendo algo prohibido, si sentarse en el suelo es o no una ofensa. Ya bastante con el pelo al aire libre… Pero las piernitas no me dan más, así que me tiro y me miran, obvio. Lo más sorprendente ocurre unos segundos después. Un hombre impecablemente vestido, con túnica y sombrero, despliega un cartón en el piso perpendicular al del otro hombre, y se acuesta a dormir una siesta también. Teorizo que en las casas hace mucho calor, y entonces la gente busca la sombrita al aire libre. Es impactante ver todas las diferentes secuencias que ocurren: los taxistas agrupados hablando, los tipos durmiendo la siesta en el piso, las mujeres ocultas, los burros, la tierra, el calor, hombres caminando de la mano o abrazados… Acá no se ve jamás una muestra de cariño entre los sexos opuestos, ni entre marido y mujer. Pero entre los hombres se dan cariño constantemente, de una forma que llama la atención desde la perspectiva occidental, que consideraría que esas caricias son propias de parejas homosexuales. Los hombres también bailan en pareja entre ellos, tomándose de las manos. Sin embargo, en este país la homosexualidad es condenada públicamente, por motivos religiosos. Nos contaron que estas demostraciones públicas son sólo formas de indicar cuánto se quieren y respetan entre sí.

Partimos en una catramina donde debe haber como 11 personas: militares, ancianos, adultos, olor a chivo, jóvenes, gente que hace señas para que paremos en el medio de la ruta. ¿Qué hace esta gente en el medio de la nada?

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Llegamos a Zagora, donde la temperatura parece más terrible que nunca. No podemos creer que Younes nos esté esperando con una sonrisa en la parada del taxi.

Un oasis

Younes nos deposita en la casa de René. Nosotros estamos sin bañarnos hace unos días, llenos de arena, sueño y en un espiral ascendente de transpiración. René nos abre la puerta de su hogar, nos sienta en una mesa, trae jugo de naranja frío, hielo, melón cortado en pedacitos (¿ya dije que el melón de Marruecos es el más sabroso que comí en mi vida?), galletitas, almendras y nueces. Mientras se va a la cocina a buscar más cosas, nos preguntamos con la mirada “¿qué hicimos para merecer esto?”. El shock de pasar del desierto al control del aire acondicionado es similar al del náufrago cuando vuelve a la ciudad. René sólo sonríe y habla en francés. Buscamos una forma de comunicarnos. Nuestro anfitrión se las ingenia sólo: abre una ventana de Google Translate en su computadora, escribe y pone Play. La voz de una mujer supersónica sale por los parlantes traduciendo todo al español. Ahora es mi turno: me paro, voy hacia la computadora, borro lo que él había escrito, tipeo mi respuesta y aprieto Play. Así seguimos por un largo rato en el que me convierto en el Stephen Hawking del Sahara marroquí.

René trae su cámara de fotos, nos pide posar y nos muestra un libro de visitas que tiene. Todos surfistas de su hogar. Los agradecimientos que tiene están llenos de sentimientos. ¿Cómo es llegar a la casa de alguien después de un viaje y cómo es recibirlo? Algo en René sabe lo que necesitamos en ese momento: una sonrisa, un poco de comida, un lugar donde reposar. Él nos da todo, gratis, a cambio de nada. Mejor dicho, a  cambio de un poco de compañía. Esto no tiene que ser tan difícil de comprender, la gente que recibe también gana: hace un intercambio cultural, aprende algo nuevo, conoce personas y aprovecha para viajar un poco quedándose en su casa. Un viajero sabe el valor de la hospitalidad, y cualquier posibilidad de retribuirla es bienvenida.

En bolas y a baldazo limpio

  • En media hora me voy al hammam -, dice René.
  • ¿Al qué?
  • Es un baño islámico. Típico de aquí, todos los marroquíes van. Es una buena experiencia, yo voy cada diez días. Hay salas con agua a temperaturas elevadas, vapores y también te hacen masajes.

Mientras, yo pienso: “¿temperaturas más elevadas?, ¿esto es un spa o una tortura?”. Da lo mismo, en Zagora, las temperaturas son de 40 y pico de grados, y dos semanas después, estarán macabramente arriba de los 50.

  • Los hombres y las mujeres van por separado. Los hombres van en calzoncillos, las mujeres desnudas. La entrada cuesta 10 dirhams. Te dan un sabon noire y yo tengo aquí para prestarles unas esponjas que hay que llevar.

A pesar de estar destruidos, ya que hace una hora llegamos del desierto, aceptamos la invitación porque nunca hay que perder la oportunidad de experimentar algo nuevo. ¿Un spa por 10 dirhams? es una ganga increíble. Nos tendríamos que bañar antes de ir, pero René dice que nos vamos a bañar allá.

“¿Qué será un baño islámico?”, pienso en el camino. Hace 1 hora nos bajamos del grand taxi y ahora estamos yendo a éste lugar, la rapidez con la que cambia el escenario de este viaje es muy excitante. Llegamos a una construcción con un pequeño mostrador que da a la calle. René avisa que somos dos hombres y una mujer. Ellos se meten adentro hacia la derecha y a mí me viene a buscar una mujer gigante enfundada en un vestido y velo verdes. Caminamos por la vereda. Unos metros más adelante, entramos por una puerta y caminamos por un pasillo. En el piso hay una mujer cortando verduras. Unos pasos después, veo que en el piso hay un bebé desnudo, durmiendo sobre un pedazo de cartón. “¿Dónde carajo estoy?”, pienso.

Llegamos a una habitación grande con azulejos por todas partes, como cualquier ambiente en Marruecos. Pero éste sí que es un baño de verdad. La mujer pasa del otro lado del mostrador, así que sólo la veo de la cintura para arriba. En un segundo, levanta los brazos y se saca el vestido y el velo. Está desnuda. Me quedo mirándola. Nunca había visto a una mujer obesa desnuda y tampoco había visto a una mujer de color desnuda, sólo en películas. Fue como si un secreto se develara: hace cinco minutos la vi en la calle toda tapada, un misterio, y ahora puedo ver cómo es. La veo como sólo pueden verlas sus maridos y me pregunto si estos sentirán como que cada noche abren una gran sorpresa. Vuelvo de mis pensamientos cuando me hace señas para que me saque la ropa también. No sé hablar francés, pero me defiendo con un par de monosílabos.

– Tout?-, le pregunto mientras me saco la remera.

-Tout! -, contesta.

Ok, tout. Cuando sale del mostrador para buscarme, veo que tiene puesta la parte de abajo de su ropa interior. ¿Y por qué yo estoy en bolas? El francés dijo que las mujeres iban desnudas. No puedo saberlo: para mi sorpresa, estamos las dos solas en todo ese “spa”, y ella ya guardó toda mi ropa en un estante. Me quedo callada.

Nos movemos de ambiente y entramos a un baño gigante donde hace un poco más de calor. Hay azulejos y canillas por todas partes. Entra un poco de luz del día por la ventana. No hay nada más. La mujer me hace señas con una sonrisa para que me tire en el piso. “¿Qué me va a hacer?”, pienso, “¿dónde estoy?, ¿qué es esto?”. Y sí, en este viaje me hago estas preguntas constantemente. Hay algo sadomasoquista en la incertidumbre agridulce de estas situaciones.

Trae una alfombra de plástico y la pone en el piso, me pide que me siente ahí. Trae baldes y palanganas grandes. Abre la canilla, llena un balde de agua, se para y me tira un baldazo de agua caliente encima. Mientras yo pestañeo fuerte, me pide que me pare y me lanza otro balde de agua. A esta altura, yo no sé si estoy en una prisión turca, por error, o en un spa. Abre la bolsita de jabón triturado, que compré en la puerta por 1 dirham, y me empieza a enjabonar el cuerpo. Creo que no estoy respirando en ese momento. No me imagino lo que está por venir.

La mujer agarra la esponja exfoliante que me prestó René. Estamos las dos en bolas ahí, yo mas en bolas que ella, pero en bolas al fin. Pequeña reflexión: ¿por qué como mujer uso la expresión en bolas, si yo no tengo bolas? La única alternativa que se me ocurre es en pelotas, pero tampoco soluciona este acertijo. Volviendo al tema: ella me pide que me acueste. Empieza a frotarme las piernas con la esponja. Lo hace tan fuerte que siento que me está dejando en carne viva. Pero claro, me imagino la impresión de esta mujer. Vine directo del desierto, sin bañarme. La mugre que tengo encima debe darle lástima y me quiere dejar lo más impoluta posible. El agua que cae de mi cuerpo es oscura. Cuando termina cada pasada, se ven los pedazos de piel negra y sucia que se salen de mis brazos. Ella está muy concentrada y parece disfrutar de sacarme esa piel muerta. Su placer se equipara al de aquellos que explotan un grano y disfrutan de ver el pus blanco saliendo de la piel, o al de sacar un pelo encarnado. Quisiera explicarle, en francés, que estuve unos días en el desierto y me fui a hacer Couchsurfing a la casa de un señor que me trajo directo hasta acá y no me dejó bañarme y por eso estoy tan sucia. Pero, no sé hablar francés, ¿cómo hago?. Estudiar francés es mi próxima misión: nunca se sabe cuándo se lo va a necesitar. Cuando la miro, me sonríe y eso me reconforta. A decir verdad, yo no estoy relajada en este spa, me siento como una princesa de esas a las que las bañaban sus sirvientes. Me quedo un rato imaginando que soy una princesa, pero el escenario es bastante precario, y requiere mas concentración e imaginación para crear esa realidad de la que puedo lograr en esta circunstancia. Estoy sufriendo, la esponja me raspa y siempre que estoy a punto de decirle que pare, abandona esa parte de mi cuerpo para empezar con otra. Ella está transpirando también y de a ratos se tira baldes de agua sobre sí misma.

Voy a usar una serie de imágenes que recopilé de la web, para ilustrar un poco…

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Finalizada esta etapa de dolor, empieza a lavarme el pelo con el shampoo y acondicionador que René me avisó que llevara. Es como estar en una peluquería, pero desnudo y en el piso de un baño de dimensiones desproporcionadas en un lugar desconocido, oscuro, en el que no se sabe qué le van a hacer a uno en el próximo minuto, con azulejos azúl-grisáceos, en una ciudad al pie del desierto del Sahara, en África, con un calor impiadoso y a solas con una peluquera desnuda, que habla un idioma que no se entiende.

Vuelve el dolor cuando intenta peinarme con sus manos: esa bola de pelo que me caracteriza, aún en circunstancias citadinas, está ahora mezclada con arena, transpiración, polvo y viento. Creo que desiste de su misión, me hace una trenza y acto seguido, me hace señas para que me pare. La miro expectante. Con una mano me muestra la salida.

-Tse fini?

-Tse fini.

“¿Y el masaje?”, pienso con una mezcla de alivio y nostalgia por lo que nunca, jamás sucedió. En ese momento entra una nueva víctima, sólo desnuda de la cintura para arriba. Salgo a la primera sala, y veo a otra mujer, que también tiene puesta su bombacha. Que vergüenza, el francés mandó fruta y yo acá dando un espectáculo de exhibicionismo… Y bue, este es otro papelón más (de una extensa lista que en este viaje se multiplica hacia el infinito) con el que tengo que vivir.

Me visto, mientras mi pelo chorrea agua, tratando de que sea lo mas rápido posible… ¡por lo menos la parte de abajo! La mujer me pide la propina que René me avisó que le tenía que dar. Me confundo entre los nervios y le doy una moneda de 10 centavos. La mujer me mira fijo y, decepcionada, me pide más. Le pido perdón, y saco el resto del dinero. Salgo desmoralizada, paso por el bebé en el piso y veo a la mujer cortando verduras. El calor que hace en la calle es tremendo. Voy al mostrador y pregunto otra vez si se terminó. En el fondo de mi ser, sigo esperando el masaje. Nadie me entiende, ni yo a ellos. Vuelvo a preguntar cuánto falta para que salgan los demás. El hombre del mostrador se pone nervioso porque no nos entendemos, saca un banquito muy bajito, lo pone en la vereda, lo señala y me manda a sentar. Entonces estoy en la vereda, en un banquito, con el pelo trenzado y chorreando, la ropa puesta con el cuerpo a medio secar, pero ya estoy transpirando otra vez y el polvo del único auto que pasa se me pega en la cara. Estoy angustiada por el tema de mi masaje ausente y shockeada por los eventos de la última media hora.

Cuando puedo hablar con mi compañero de viaje, me cuenta que un tipo en calzones se le tiró encima, las bolas del tipo le quedaron en la cara por un momento y, luego, casi le quiebra la espalda con una serie de maniobras exóticas que vendrían a ser el masaje. Compartiendo estas experiencias nos cagamos de risa, ¡qué bizarro que fue todo!

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Qué es un hammam en la tradición islámica

Lo primero que hice cuando llegué a la casa de René, fue conectarme a Internet para investigar si al hammam se iba en bolas o no.

Mi misión era encontrar lo más rápido la experiencia de mujeres en bolas, para no sentirme sola en mi exhibicionismo. Encontré de todo, pero la mayoría estaban con bombacha. Lo bueno de esta estúpida y sensual investigación, es que me llevó a saber más sobre el sentido de estos baños islámicos, también llamados baños turcos.

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En la tradición islámica la limpieza tiene un rol importante. Demasiado importante: hay que estar muy limpio para rezar. El rezo es obligatorio, un altoparlante llama a toda la población cinco veces al día a dejar lo que están haciendo y tirarse al suelo para empezar a orar. Pero previo a hacerlo, hay que hacer abluciones.

Así que la gente calcula un ratito antes de cada llamado, en los cinco horarios determinados, para lavarse las manos, la cara y los pies. Esta es la razón por la que muchos hammams están localizados en las cercanías de las Mezquitas. O, como en la Gran Mezquita de Casablanca, dentro de la misma.

El momento donde empiezan a salir voces de todos los minaretes es impactante. De cada mezquita sale un llamado a rezo y una voz que empieza a rezar. No rezan al unísono, de modo que por toda la ciudad se escuchan voces que vienen de distintas direcciones, a diferentes volúmenes y frecuencias, creándose una atmósfera muy rara. Ya comenté, en otra ocasión, que el sonido que producían me recordaba al ruido de los autos de Fórmula 1.

El baño turco llegó al mundo islámico como una adaptación de los baños romanos. Es que, por otro lado, estos baños actúan como centro de reunión social. En el hammam las mujeres se cuentan los chismes del barrio y los hombres discuten de deportes.

Los marroquíes comenzaron a popularizar el hammam como destino turístico. Uno se puede encontrar todo tipo de baños bonitos, con velas, aromas, cascadas y un sinfín de cosas que los asemejan a un spa occidental. Pero no son 100% verdaderos. Mirando sus imágenes en Internet, me doy cuenta que no tienen ni una similitud con el baño precario en el que estuve. Claro, yo fui a parar a un baño público de una ciudad ignota, subsidiado por el Estado para costar solamente 10 dirhams. Gracias a René, aprendí que las experiencias reales son las extremas, y me encantó.

Darle un sentido a la vida siempre

René nos lleva a dar un paseo por la ciudad. Por la calle todos lo saludan. Pasamos por un negocio donde hay una jaula llena de pollos vivos. Nos cuenta que si querés comer pollo, tenés que elegir al que querés de la jaula y le cortan la cabeza en el momento. No hay dudas después de que está fresquito el pollo. Esta elección, que te convierte en verdugo en 1 minuto, me da tanta angustia como la de elegir la langosta que flota en la pecera del restaurante.

Entramos a un hotel y nos invita a tomar una cerveza. Es la primer bebida alcohólica que veo desde que estoy en este país, y sólo es posible tomarla en los bares de los hoteles, un lujo para turistas. Disfrutamos de ese refrescante privilegio, mientras nos cuenta sobre su vida.

René trabajó siempre en el servicio postal, tiene hijos, es francés, de la ciudad de Nantes y está viviendo en Marruecos. Pero, ¿qué hace acá? Y de todos los lugares de Marruecos, ¿por qué vino a parar a este pueblo hirviente?

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René se jubiló y al tiempo se dio cuenta que nunca se deja de ser útil en la sociedad. Así fue como empacó sus cosas y se vino a vivir a Marruecos para ser profesor voluntario de francés. Por esta tarea no le pagan ni un dirham, pero la retribución que le da contribuir en estas situaciones de pobreza es suficiente. Y, entre nos y afortunadamente, a los jubilados en Francia les va muy bien.

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025Cuando volvemos a su casa, abre la puerta, agarra un puñado de caramelos y se los da a los vecinitos que vienen corriendo con una sonrisa gigante.

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Los nenes vienen hacia la puerta de la casa de René

Sorpresa

Estamos saliendo a cenar con René, cuando golpean la puerta. Entran Younes y sus amigos, con tres coreanos.

-Joyeux anniversaire! joyeux anniversaire!

Es una fiesta sorpresa para el cumpleaños de René, que fue hace una semana. Trajeron pastel y bebidas. A los coreanos, René no los conoce, nadie los conoce en realidad. Hace dos horas Younes los capturó en la estación de autobuses para llevarlos en una excursión al desierto. Y claro, los invita a la casa del francés y a la fiesta. Estos jóvenes marroquíes ven en René a un amigo que viene de otro mundo, con otra cultura, de quien pueden aprender y cuya casa, es su casa. Y aquí también es donde tienen absoluto relajo para poder divertirse de otras formas. Por ejemplo, tomar una copita. René los quiere como amigo también, como su nueva familia en Marruecos. Así se maneja en la vida, dandole la bienvenida a quien toque la puerta.

Tanta confianza hay, que René les avisa que estábamos por cenar primero, así que los deja a todos en su casa, en su comodísimo living marroquí. El living consiste de almohadones en el piso y las paredes. En el medio hay mesas ratonas.

Volvemos una hora más tarde con la panza llena, los coreanos no entienden nada de la situación, pero parece que la disfrutan. Son gente muy simpática y agradable, de sonrisa inmensa. Cantamos el cumpleaños en árabe, francés, ingles, argentino y coreano.

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Me quedo mirándolo mientras todos cantan: René está feliz. Pienso en que está sólo en este pueblo perdido, festejando su cumpleaños entre completos desconocidos. Y me doy cuenta que éste tipo no está solo, siempre está acompañado, porque quiere. Basta sólo con plantearse el tipo de vida que se quiere vivir y hacerla realidad. Este hombre de unos 60 y pico de años está de fiesta, sigue vivo. ¿Y quién dice que juntarse con gente 40 años menor esté fuera de toda lógica? Yo lo admiro porque su vida es totalmente suya. Y lo admiro un poco más después de que busque su computadora y ponga un compilado de música que le encanta, suba el volúmen y se escuche:

“What is love? baby don’t hurt me, don’t hurt me , oh no…”

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A pesar de estar un poquito preocupado porque al día siguiente nos levantamos a las siete de la mañana y va a manejar seis horas hacia Marrakech, René aprovecha para descorchar y los muchachos para tomar un poquitito a escondidas, sólo un poquito. Comienza la shisha a pasar de boca en boca y hasta se arma una sesión de masajes internacional.

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Los chicos se quedan a dormir en la casa de René, en el living. Durante los días que él esté en Francia, les presta su casa para que la cuiden y se diviertan.

Sobre agarrar manos y brazos

El viaje de vuelta lo hacemos junto a dos chicas que René no conoce. Un vecino le pidió que las llevara hasta Marrakech. Después, ellas tomarán un autobús hasta Rabat. Pasamos a buscarlas a las seis y pico de la mañana y ,sorprendentemente, ninguna de las dos lleva velo y están vestidas como occidentales. Traen un perro que, con confianza, viaja sobre mis piernas.

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René es bueno para esta comunidad, intenta aportar desde donde puede. Pero también se las ve difícil de vez en vez. Como el día anterior, cuando un vendedor de chucherías (uno de esos negocios que tienen desde una lámpara muy antigua, hasta pulseras de plata, cuadros, etc.) insistió en que entráramos a su negocio para charlar un ratito. Este era el último negocio del camino. Todos los vendedores que conocen a René y suelen verlo con extranjeros, le habían hecho señas para que entráramos. Con la charla de Fátima, Mohamed y las sonrisas, te van llevando. En Marruecos, si sos mujer, instantáneamente te bautizan Fátima, y si sos hombre te apodan Mohamed. Estábamos con un pie dubitativo adentro del negocio, cuando nos dijo que nos quedáramos a tomar un té. Yo me quería ir, pero el señor insistía y dijo que el agua ya estaba calentándose. El té no venía y yo me sentía un poco secuestrada en ese negocio minúsculo. El señor seguía diciéndome “Fátima”, a lo que yo le dije “”yo soy Fátima y vos sos Carlos”. El hombre aceptó con alegría su nuevo nombre occidental. Como un vendedor de la película Aladinno, sacaba de todo: platos, pulseras, anillos. Como no comprábamos nada (somos la desgracia de cualquier vendedor), nos dijo si teníamos algún objeto de Argentina o dinero argentino para intercambiar. Yo no tenía nada más que lo puesto, así que tampoco hubo trueque. Nos estábamos poniendo nerviosos, cuando otro hombre finalmente trajo el bendito té. Después de todo el ritual de la menta, empezó a servirlo. Se llevó el premio al marroquí que sirvió el té con más altura y gracia que yo haya visto, en una cascada de unos 70 centímetros.

Finalmente, el dueño del local habló. Como sabía que René se iba a Nantes en pocos días, le pidió si podía llevar un paquete para un amigo suyo. Hubo un silencio cargado de tensión. El hombre era muy alto, de contextura grande y voz gruesa. Sus ojos negros se clavaron en los vidrios de los anteojos de René. No sé cómo mi anfitrión habrá salido de esa situación que me puso los pelos de punta. No pude comprender lo que decía, pero nuestro querido francés gambeteó el pase rápidamente, como un campeón. Terminamos el té y huimos de ahí.

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Música entre kasbahs y palmares

Al poco tiempo de salir a la ruta, René nos lleva a desayunar a un kasbah y pide disculpas por mantenernos en ayunas hasta las… 7.30 de la mañana. Por la zona está lleno de estos viejos pueblos islámicos fortificados, rodeados de palmares, que hacían las veces de castillos o casas de ricos.

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Una vez más me pongo a tararear la canción de la banda inglesa de punk rock The Clash “Rock the Casbah” (Casbah está escrito en inglés antiguo). Cuando me acuerdo del video, instantáneamente siento curiosidad. Recuerdo a un musulmán bailando con una botella de whisky: la imposibilidad de esta imagen despierta mi interés sobre el significado de la letra y su video. Apenas pude, aprendí que la canción está inspirada en una prohibición a la música occidental en Irán tras la Revolución Islámica de 1979. La letra cuenta una fábula sobre un Sharif o Rey que prohíbe escuchar música rock y la población se revela rockeando el casbah (¿no es genial?). Furioso, el rey pide que bombardeen a los ciudadanos que violen la prohibición, pero los pilotos lo ignoran, y vuelan escuchando rock en las radios de sus aviones. En las notas del álbum, The Clash cuenta que la canción surgió cuando en el estudio de grabación, tras finalizar una sesión interminable, el manager les dijo “does everything has to be as long as this raga?” (todo tiene que ser tan largo como ese raga?). De ahí surgió la idea, y la primer línea de la letra: “The King told the boogie-men ‘you have to let that rāga drop’.”

El video muestra a un árabe haciendo dedo y a un judío manejando una limusina. El judío lo levanta, se hacen amigos y van bailando juntos por las calles. El video y la canción están sujetos a varias polémicas: a los musulmanes no les gustó que su representante llevara alcohol en la mano. Por otro lado, se supo que soldados americanos usaban esta canción para motivarse antes de bombardear a Iraq, lo cual deprimió bastante al cantante. También la canción entró en lista negra después del 9/11. Y hay otro sinfín de curiosidades, que no vienen al caso, pero ya dije que soy curiosa…

Por la ruta vamos escuchando distintos tipos de música. Cada letra despierta un sentimiento diferente, generalmente surgen recuerdos y empiezo a mezclar toda mi vida en una licuadora de imágenes. El paisaje por momentos me recuerda tanto al norte de Argentina, que empiezo a pensar en mi viaje por esas latitudes y mi viaje por acá. Las canciones siempre se asocian a un recuerdo de la vida, y en un viaje, siempre hay una banda de sonido.

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En cuanto entramos al tramo más complicado del camino, aquel que da vueltas y vueltas, sube y baja, empieza a sonar “ne me quite pas”. Aquí las montañas tienen colores, como en Purmamarca, aunque no sé si se podrían contar siete. Me pierdo en las vueltas y vueltas del camino.

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Recuerdo esta canción como parte de la banda de sonido de una obra de teatro en la que actué en el Teatro El Cubo, en el Abasto, donde hacía de DJ. Una obra de amor lésbico, donde las protagonistas volaban en trapecios y se revolcaban una encima de la otra en una coreografía que simulaba una escena de sexo. Yo era bastante joven y mis padres miraban atónitos desde el público una escena que no te dejaba indiferente, que te tocaba profundamente. Y ahora suena esta canción aquí, en un camino tan hermoso como inquietante, entre las montañas, en Marruecos. 8 años después el escenario es otro, pero es siempre emocionante.

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Despedida

Autos, motos, gente, calor, olores. Llegamos a Marrakech, por tercera vez en este viaje. Despedimos a las chicas que se van hacia Rabat. Estamos por despedir a René, pero nos dice que él nos va a llevar a la estación.

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Sin embargo, nosotros no tenemos un destino cierto, otra vez. Queremos averiguar qué opciones hay, así que nos vamos los tres a la gare routiere. René se toma el trabajo de manejar hasta allá por ese tránsito de locos y de encontrar un estacionamiento. ¡Qué paciencia admirable! Mientras buscamos la entrada, decenas de vendedores nos increpan. Entramos agobiados a la estación y nos dividimos por mostradores para averiguar, pero aparentemente ya partió el ultimo autobús de ese día a nuestro destino posible: Safí. Mientras debatimos qué hacer, se nos acercan dos hombres.

  • ¿A dónde van? -, pregunta uno de ellos, metiéndose en nuestra conversación de forma poco cortés.

Lo miramos con cara de “¿qué te importa?”. Alguien menciona “Safí”, y nos ofrecen un taxi privado para ir hacia allá, mientras repiten el precio.

  • No, no queremos un taxi privado.
  • Hay un autobús – , dicen – que está por salir.
  • Pero acabamos de averiguar que no hay ninguno.
  • Si, ¡hay! es ahora, ¡ya, corran!, ¡paguen!, ¡ahora!.

De repente estamos los tres corriendo y en un segundo alguien tira nuestro equipaje adentro de un autobús que está en marcha y alejándose. Sacamos la plata para pagar y parece que nos dieron mal el vuelto. Yo le pregunto a René si este autobús nos deja directo en Safí. René me está por contestar cuando el hombre me grita que ya me dijo que iba a Safí, que por qué no entiendo. Yo le contesto, con sangre en los ojos, que yo no sé hablar francés. El autobús ya está saliendo de la estación con nuestro equipaje adentro. En medio de todo ese caos, me doy vuelta para despedir a René, que nos mira entre preocupado y sonriente. Le doy un abrazo sentido, fuerte, con los ojos cerrados. Lo único que me deja decir mi nudo en la garganta es “gracias…de verdad, gracias”. Y salgo corriendo al autobús que se lleva mis cosas sin mí.

Miro por la ventana, hasta que René se convierte en un puntito.

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