Tres situaciones claustrofóbicas y un final despechado

Inshallah!

Creo haber omitido por olvido una expresión que caracteriza a Marruecos, en todas las conversaciones y situaciones habidas y por haber.

Veamos algunos ejemplos:

Situación 1

– Lo voy a comprar otro día

– Inshallah!

Situación 2

– Manana va a salir el sol

– Inshallah!

Situación 3

– Tenés que conocer Sudamérica

– Inshallah!

Situación 4

– ¿Mañana va a estar listo lo que te pedí?

– Inshallah!

Situación 5

– ¿Entonces si traduzco todos estos textos me vas a llevar en 4×4 a las dunas?

– Inshallah!

Uno podría encontrarle similitudes con nuestro “ojalá”, de hecho su origen está relacionado, pero en el contexto islámico se usa para todo. Algo así como un “si Dios quiere” dicho con una sonrisa enorme, pero llena de ambigüedad. Toda expresión que menciona el futuro contiene esta palabra. Lo que ocurre es que el futuro es incierto. Y cuando quedan en algo y en realidad piensan que nunca va a ocurrir, también usan inshallah. En los dos últimos ejemplos, es probable que estén utilizando la palabra para evitar decir “no”.

En Safí

Estamos caminando por la medina de Safí. Observando a los ninos jugando, muy tranquilos, bajo el sol. Un flaco que va caminando adelante nuestro, se da vuelta y nos saluda. Hablamos sobre Argentina, Messi y todos los clichés posibles y nos cuenta que está yendo hacia su fábrica de cerámica.

  • La cerámica es típica de Safí, ¿no sabían?

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No sé cómo, pero a los cinco minutos estamos caminando por la fábrica, saludando a todos los trabajadores. Él nos cuenta todo el proceso como si fuéramos amigos. Se pone a organizar para jugar un partido de fútbol con algunos de los que están trabajando ahí. Nos cuenta que hace unos anos lo rajaron de un equipo importante porque le encontraron marihuana en el anti doping. A juzgar por el estado de sus dientes, este pibe tomó muchas más cosas que marihuana. Se ríe mientras admite que en los últimos anos “se pasó un poquito”.

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Ésto me da pie para contar otra anécdota que no tiene nada que ver con esta historia. En la ruta 2 camino a la costa argentina, pasando el partido de Dolores, hay una parrilla que se llama “Me pasé un poquito”. El nombre me parece genial, se presta a múltiples interpretaciones. Paramos a comer unos choris con mi hermano y una amiga, un acto de valentía rutera. Cuando llega la cuenta, el precio es demasiado caro para ser real. Es más del doble de lo que costaría. Pedimos que revisen la cuenta y viene una mujer, tacha el número y le baja 20 pesos. Sigue siendo demasiado caro. La dificultad para saber la verdad es que el ticket es nada más que un papel cualquiera escrito con birome azul. Finalmente conseguimos una carta y el verdadero precio. La senora pide perdon por haber sumado de más. “Si senora, la perdonamos, “pero se pasó un poquito”.

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Volviendo a Marruecos: cuando termina la recorrida, nos deposita en el negocio donde venden los productos terminados avisándonos que podemos mirar sin necesidad de comprar. Las cosas que hay son muy lindas y pensamos en comprar un cenicero para regalar. Cuando preguntamos el precio, él y otro más nos dicen que no nos lo pueden decir hasta que no sepamos cuántas cosas vamos a llevar. ¿Cómo que no nos lo pueden decir?, ¿quiero comprar algo y no me pueden decir el precio? Entramos en otra de esas agotadoras sesiones, donde yo lo único que quiero saber es el precio y este hombre lo único que quiere es volverme loca. Sí, estamos todos locos. Cuantas más cosas llevemos, mejor para nosotros, nos dice. En medio de la negociación veo en una pared un póster enorme de Margaret Tatcher. Miro dos veces para ver si es real.

  • ¿Por qué tienen un póster de Margaret Tatcher? -, pregunto desconcertada. Nota aclaratoria: estamos en Marruecos. Como dicen por ahí ¿qué carajo tendrá que ver el ojo de la vaca con el pie del aguila?
  • (silencio largo, mirada confundida) ¿Qué pasa con Margaret Tatcher?
  • No sé, decime vos… en mi país no la queremos.
  • Lo pusimos solo para decorar, porque vino en una revista.
  • A nosotros tampoco nos gusta
  • Dios mío -, pienso.

Sigue el regateo, finalmente llevamos dos ceniceros. Después de pagar, nuestro guía empieza a elevar la voz y a gritarle al vendedor algo en árabe. El vendedor mira hacia abajo, como castigado.  Me da pena. El lenguaje corporal de nuestro guía se transforma, se convierte en un ser crispado, temerario. La situación es totalmente desagradable, lo que más deseo es salir de esa fábrica urgente. Nos escapamos como podemos, pero él nos sigue y miente sobre el tema de discusión, del que estamos seguros, tuvo que ver con sus habilidades de regateo. Nos guía por dentro de la medina, presentándonos a gente que está por ahí. Después nos sigue hasta la puerta del hotel, y nos invita a juntarnos a ver el partido de Argentina en un bar. Ahí nos dice que van a estar los amigos, y nos puede vender otras cositas que necesitemos. Nunca vamos.

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Más tarde salimos a comer, deseando que nadie nos registre. Pero a los pocos metros un hombre nos saluda y nos pregunta a dónde vamos. Le decimos que vamos a comer y nos pregunta si queremos ver unas joyas que él fabrica. Con mucha educación le decimos que tenemos que comer primero, pero el hombre nos dice que él nos va a dar indicaciones de dónde hay un restaurante. A veces pasa esto en Marruecos, el único favor que uno necesita es que por favor lo dejen sólo. Que lo dejen pensar a uno. El hombre nos dice, “por acá hay un restaurante”, pero doblamos y por arte de magia aparecimos en su negocio. Apenas veo las joyas, le digo “no, gracias”, “pero…”, “no, señor, estamos yendo a comer”, y nos vamos.

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Pensábamos disfrutar de un anonimato que es prácticamente inexistente en cualquier ciudad. Safí, una ciudad mucho más moderna que todo lo que habíamos visto previamente, también mostraba una apertura mayor al cambio. Aquí fue que vimos decenas de chicas sin velo, vestidas como occidentales, entre miles de mujeres tapadas.

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Atardecer en Safí

En Oualidia

Conocimos a un pibe en Essaouira, en el festival de música, que apenas supo que mi compañero de viaje era surfista, nos invitó a conocer su ciudad.

  • Se vienen, allá tenemos todo, un lugar genial para que se queden, tabla, traje, no van a tener que gastar un peso. En serio, vengan.
  • Ok, vamos.

Y vamos.

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Después de hacer dos tramos en taxi colectivo, el primero de ellos con un conductor que alucinaba que estaba corriendo el TC 2000, obligando a las motos y a los autos a que se tiraran a la banquina para esquivarlo y a que yo le clavara las uñas a Martín en todo el brazo. Tan rápido fuimos que llegamos antes de lo esperado. Llegamos a esta ciudad playera, de las que en un segundo te ponen en otro modo. Por su olor, por el sol, por sus colores, el efecto que produce en uno la cercanía al mar: instantánea felicidad. Esperamos pensando en lo bien que hicimos en venir, sentados en la vereda hasta que nuestro anfitrión llegue. Cuando aparece, vamos caminando felices hacia su casa. Cuando llegamos, está su mamá esperándonos.

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Pero de repente nos damos cuenta de que esa no es su casa y que ella no es su mamá. Ella es Fátima y es la dueña de la casa donde ya está pactado que nos vamos a quedar. Nadie ni siquiera nos preguntó nuestro presupuesto o cuál era nuestra voluntad. Estamos ya en la casa de esta mujer, que preparó todo para recibirnos. Fátima ya dividió su casa en dos, nos dejó el piso de abajo a nosotros y mudó a toda su familia al piso de arriba. Desconcertados, preguntamos cuánto va a costar quedarnos ahí. Fátima contesta que “un precio razonable”. Instantáneamente, nuestro anfitrión nos traduce que Fátima nos puede traer el desayuno, el almuerzo y la cena. Y que ahora es hora de almorzar y ella ya tiene preparado algo. “Pero la p…”, pienso, esto es el colmo. Cuando pienso en la situación me da un poco de bronca, me siento violada sobre mi poder de elección. Pero luego veo la ansiedad con la que nos esperaba esta gente y sé que nuestra visita puede dejarles un poco de dinero que puedan necesitar. Aún así, es difícil explicarle a esta gente que estamos viajando como mochileros y que haber pagado un pasaje de Argentina hasta Marruecos, no significa que nos sobre el dinero.

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Nos gana el agotamiento y nos terminamos quedando, mirándonos como diciendo “cómo nos engramparon, querido”. Mientras, Fátima nos trae un delicioso tagine de verduras, huevos duros bañados en comino y otras especialidades marroquíes.

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Un rato más tarde, nos toca la puerta con dos regalos: para Martin un sombrero marroquí, para mí un pañuelo para la cabeza. Tratamos de cenar de acuerdo a las costumbres locales, con nuestros nuevos tocados típicos. La foto es buena también para ilustrar el interior de una casa típica: las paredes con azulejos, largos sillones sin apoya brazos, algo así como colchones cubiertos en frazadas, almohadones. En una pared hay un cuadro colgado con versículos del Corán. Y al costado, en una mesa, está el Corán, abierto en un capítulo, pero no puedo entender lo que dice.

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nos cagaron, jaajaj, mejor reírse

Al día siguiente no hay tabla ni traje para Martín. Sino que nuestro anfitrión puede llamar a un amigo que se los alquila. Y así, Martín se mete sin traje, porque llega la hora y no hay noticias de nadie. Y al día siguiente está rojo como una manzana.

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Pero los días y los atardeceres son divinos en esta ciudad. Nuestra anfitriona, a pesar de monopolizar toda nuestra estadía gastronómica a la fuerza, es muy amable, y nos hacemos expertos en el lenguaje de señas. Nuestro amigo parece estar muy contento por nuestra visita y compartimos largas horas hablando de su cultura y la nuestra. Él nunca salió del país, necesita una autorización y demostrar que tiene cierto dinero. Hablamos de qué suerte tenemos nosotros, de poder movernos libremente por el mundo. Claro, hay gente de algunos países que no puede ni soñar con esto. El pibito me cuenta que tiene como 3 novias francesas que vienen de vacaciones (acá está lleno de franceses y belgas que vienen de vacaciones: saben el idioma, es baratísimo y les queda a 3 horas de vuelo) y me pide consejos porque este verano se le van a juntar las tres. Vemos atardeceres, nos reímos, comemos y aprendemos. Cuando nos vamos, Martín le regala una de sus 3 remeras. Nuestro amiguito nos regaló una experiencia más.

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Aquí veo, por primera vez, mujeres metiéndose al mar completamente vestidas…

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En Casablanca

Reservamos un hotel en Casablanca, cerca de la estación de autobuses. Se acerca el final del viaje. Casablanca parece otro país. Está lleno de autos, grandes avenidas, palmeras, edificios, gente. Todo está más desarrollado que en cualquiera de los lugares en los que estuvimos antes. Es la capital económica del país y está llena de bancos, grandes cadenas de hoteles y cadenas de comida internacional.

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Caminamos felices las 5 cuadras que nos separan de nuestro alojamiento. No hay nada más molesto en un viaje, que cambiar de “hogar” cada pocos días y tener que trasladarse. Este es el traslado más fácil que encontramos. Cuando llegamos al mostrador del hotel, presentamos nuestros pasaportes con una sonrisa.

  • Acá no hay ninguna reserva.
  • ¿Cómo que no? Acá está impresa la confirmación de la reserva a través de hostelbookers.com
  • Nosotros usamos otro operador, acá no hay nada.
  • Pero, señorita, la reserva está paga. ¿Puede fijarse bien?
  • Es que no tengo ninguna reserva.
  • ¿Y qué hacemos entonces?
  • No sé, llamen a hostelbookers, no es problema nuestro.

Incrédula ante la pésima atención que esta mujer nos está dando, sigo esperando que intente encontrar una solución. Su única solución es un “no”. Claro, no tienen disponible la habitación al precio que nosotros reservamos, pero hay disponible una habitación más cara. La discusión se pone más candente y termina con Martín en la otra punta del hotel discutiendo con el conserje y yo escuchando los gritos desde la otra punta y corriendo hacia allá para unirme en el griterío, cuando encontramos que tienen impresa nuestra reserva y alguien escribió con lápiz “ésta no”. La situación es ridícula. Es la frutilla del postre. Sí, ya estoy lista para irme de este país. Más allá, hay una pareja de mochileros desanimados y sentados, con exactamente el mismo problema. Salimos del hotel amenazando con dejar malas críticas en Trip Advisor, algo tan inocente de nuestra parte como temerario para un hotel. Me siento como cuando me peleaba con una vecinita del barrio y le decía “le voy a contar a mi mamá”. 

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Y en ese momento hubiera querido que mi mamá me ayude, pero está muy lejos. Esta vez juro que quiero agarrar una piedra y tirarla contra el vidrio, a ese nivel de violencia llegué. Pero retengo mis instintos y nos vamos con nuestras mochilas, sin nuestro hotel, perdidos en Casablanca, a intentar cambiar el mal trago de la bienvenida de esta ciudad. Terminamos en un hotel de mala muerte, pero de buena atención y calidad humana. Una vez que dejamos nuestras cosas, nos miramos diciéndonos “relajémonos, tratemos de disfrutar, ya está”. Pero yo no puedo con mi genio y llamo a hostelbookers para averiguar qué pasó y me contestan que la reserva estaba hecha sin ningún problema y enviada al hotel. Espero en línea mientras llaman al hotel. Al rato me dicen que en el hotel les dijimos que no queríamos pagar la habitación (?). Entro en cólera o sobrevivo a este stress marroquí. Mejor sobrevivo. La acumulación de eventos y situaciones descabelladas, hacen que cada día sea una prueba a la paciencia.

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En el mundo occidental no estamos acostumbrados a colgar fotos de nuestros líderes políticos en todos los negocios. Primero, porque tendrían que tener una aceptación masiva de toda la población. Segundo, porque no la tienen. Pero acá todos los negocios tienen fotos del Rey Mohamed VI, de la familia del rey, del rey con unos caballos, del Rey cuando era niÑo, el Rey con sus hijos, etc. Convengamos que no está bien visto tener la pared sin su imagen. La primera vez que fui a comprar un pasaje de autobus, vi una foto gigante de un hombre. Vestido con un traje, primer plano. Quién será ese. Pensé que capaz era el dueno de la compania. Otra vez entre en un restaurante y le pregunté a un marroquí “¿y ese quién es?”. Me miró como si no le estuviera hablando en serio. “Es el Rey”.

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Nos vamos caminando hasta la Mezquita Hassan II (el papá de Mohamed VI). Es la única mezquita a la que podemos entrar sin ser musulmanes. Estoy muy emocionada por conocerla por dentro, después de días de tratar de espiar cuando pasaba por la puerta de alguna mezquita. Cuando llegamos, me doy cuenta que estamos en un lugar que no tiene comparación con ninguna otra mezquita que yo haya visto. Es el templo más alto del mundo, y el más grande después de La Meca, en Arabia Saudita.

Minarete de 172 metros de altura
Minarete de 172 metros de altura

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Está construida sobre una península artificial ganada al mar. El Rey Hassan II tomó la idea de un versículo del Corán, que dice que “el trono de Dios se hallaba sobre el agua”.

La construcción empezó en 1983 y fue inaugurada en 1993. La Mezquita tiene techo desplegable, pisos con calefacción y puertas eléctricas. Cientos de artesanos de las diferentes regiones de Marruecos fueron convocados para trabajar sobre su especialidad.

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Al otro lado de esta puerta, sólo se ve océano

Este lugar puede albergar hasta 90.000 personas: los hombres en el piso principal y las mujeres en el piso de arriba y a los costados. Según nos cuenta la guía, es porque los movimientos que hace al rezar requieren agacharse y otra serie de posturas con las que las mujeres se sienten más cómodas si están aisladas. También nos cuenta que los movimientos con los cuales los musulmanes se agachan, estiran los brazos hacia adelante, flexionan las piernas, luego se vuelven a agachar, son todos movimientos excelentes para el cuerpo y que mantienen a las personas de todas las edades en forma y flexibles.

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En esos días de junio, Marruecos se estaba preparando para la llegada del Ramadam. En el noveno mes del calendario musulmán, los fieles ayunan desde que sale el sol hasta que el mismo se pone. No sólo no se come, ni se bebe una gota de agua entre el amanecer y el atardecer durante un mes. Tampoco se tienen relaciones sexuales y la gente intenta lograr un estado compasivo y de no confrontación. El estado de paz que todo esto produce, permite acercarse a Dios. También permite comprender la pobreza y las privaciones. Para ello, la Mezquita estaba preparando miles de metros de alfombras donde los fieles pudieran tirarse a rezar. Durante esos días la Mezquita está constantemente concurrida, ya que las lecturas del Corán se hacen con más frecuencia y la presencia en los templos da más fuerza para lograr llegar al final de los ayunos. Por las noches se hacen grandes banquetes y fiestas donde la gente festeja. Es un mes muy duro físicamente, y durante el día parece que todo está muerto en las ciudades.

En el subsuelo hay unos hammams gigantescos, para que miles de personas se limpien a la vez. Pero la guía me dice que actualmente no están en uso, lo cual me sorprende ya tienen dimensiones monstruosas. Según ella su rol, por ahora, es la de mostrar a los no musulmanes parte de las costumbres islámicas.

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Banos gigantes en el subsuelo de la mezquita. Los famosos “hammams”.
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Canillas para realizar las abluciones
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salas de vapor

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El exterior de la mezquita es de unos 30.000 metros cuadrados. Al costado de ella, un pedazo de mar choca contra las rocas y se convierte en el parque de diversiones de los niños y la juventud. Están todos corriendo y tirándose, de cabeza, de palito, de bomba, panzazo al agua. Es bastante peligroso porque abajo hay rocas, y escucho historias de gente que se rompió la cabeza. Este espectáculo llena de vida a Casablanca.

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Y caminando un poquito más, me encuentro con algo que no me esperaba por acá: arte callejero. Y me encanta.

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Final despechado

Martín se va hacia Amsterdam y yo hacia Marrakech. En el autobús de regreso a esa ciudad, bajamos en un parador rutero por veinte minutos. Me siento en el sol a mirar a la gente. Veo a una mujer envuelta en su burka, ni los ojos se le ven, y está sacando fotos de sus hijos con su teléfono celular. Lo más bizarro es verla sacándose una selfie. ¿Qué hay abajo de toda esa tela que pueda ser tan diferente de cualquier otra mujer?, ¿Y cómo me verá ella a mí, sola, sin marido, sentada en el piso, cruzada de piernas, con el pelo suelto y en otro país?

Paso la mitad del viaje leyendo un libro de Khaled Houssain, Mil soles espléndidos, que cuenta la increíble historia de dos mujeres en Afganistan a través de los años. La otra mitad del viaje, la dedico a prepararme psicológicamente para mi cuarto y último encuentro con Marrakech. Dónde me voy a bajar, cómo voy a tratar de llegar al hostel, qué voy a hacer ese día, dónde me voy a tomar un bondi para ir al aeropuerto; son todas cosas que considero necesito premeditar para no estallar. Ya sé que el autobús me va a dejar en una estación donde ya estuve, y que de ahí un taxi me cobraría 40 dirhams, y el bondi local me llevaría por 3 dirhams. Al bajarme caminaría a través de Jem el Fnaa entre vendedores y de ahí me metería entre los pasadizos laberínticos de la medina, hasta encontrar mi destino.

Pero cuando llegamos, el autobús dobla por otra calle, y se dirige a otra estación que no conozco. Entro en estado de alerta. Dicho en criollo, a esta altura del partido, no quiero que me caguen ni un centavo más. Por más de que Marruecos sea un país barato, la sensación de que te cobren 10 veces más las cosas de lo que valen es de furia. Piso suelo como Rambo cuando va a la guerra, pintándome la cara de negro y ajustándome el pañuelo de la cabeza. Salgo por la puerta de la estación a cara de perro. Trato de ver dónde habría una para de autobús, pero no veo nada. La calle que me separa de la calle que conozco, es un descampado, y decido que mejor no meterme sola por ahí. Vuelvo a la estación. Una jauría de taxistas me muestra los dientes.

  • ¿A dónde va?
  • A Jem el Fnaa.
  • Sí, vamos.
  • ¿Cuánto me vas a cobrar hasta allá?
  • 60 dirhams.
  • No, gracias.
  • ¿Cuánto pagaría?
  • 25 dirhams.
  • No… seÑorita, eso no es lo que vale ese viaje.
  • Ok, entonces no.

Se va. Viene otro.

  • 65 dirhams.
  • No, pago 25 y sino no voy.
  • Pero por 25 no vas a ir a ningún lado.
  • No me importa, voy a esperar a que alguien me quiera llevar por ese precio y sino me voy caminando.

Esto ya es una cuestión de honor. Tal vez el precio que estoy ofreciendo sea irrisorio, pero un poco de su propia medicina va a ser bueno.

  • 70 dirhams.
  • No, ya se cuanto cuestan los taxis acá.
  • 65 dirhams.
  • No, ya llegué a esta estación y pagué menos.
  • Por ese dinero, no viajaste de esta estación.
  • Sí, y sé cuanto cuesta un taxi y cuanto cuesta un autobús.
  • Pero por acá no pasan autobuses.
  • SeÑorita, 60 dirhams.
  • ¡¡¡NO!!! ESTOY HARTA DE PAGAR DE MÁS EN ESTE PAÍS. NO VOY A PAGAR UNA SOLA MONEDA MÁS QUE 25 DIRHAMS.
  • Ok, vamos -, escucho mientras me brillan los ojos y me late el corazón – pero vas a tener que esperar a que se suba otra gente a este taxi.
  • Claro que espero, no tengo apuro.

Me siento en la tierra, mientras pienso que lo lograron. Sacaron la fiera de mí, llegué como un gatito y me voy como un león. En una nube de adrenalina, pienso en todas las veces que podría haber dicho que no y en la paciencia que tengo que cultivar. Me dejaron en claro que era visitante y yo les dejé en claro que tengo voluntad propia. Me enseñaron muchas cosas…

Mientras juego con un palito dibujando marroquíes sobre la tierra, veo bajar de un autobús a dos pedazos de carne fresca, que arreglan un precio muy alto con el taxista. Cuando subimos (yo voy adelante), el conductor me hace una seña con la mano en silencio, para que ponga la plata sin decir una palabra en la guantera. Obviamente les cobró hasta tres veces más. Después me hago amiga del taxista y charlamos un rato.

Shukran, Marruecos!

El taxista me deja en la plaza y regreso al hostel donde todos los turistas están contando sus experiencias siniestras, como si el tiempo no hubiera pasado. Descanso en la habitación que comparto con 12 personas, como si estuviera ya del otro lado de una ciudad fortificada. Visualizo todo el viaje, los paisajes hermosos, los nuevos amigos, las costumbres aprendidas, las infinitas anécdotas, la sensación de desconcierto total, el aprendizaje de luna realidad y una lógica que me eran completamente anónimas hasta llegar a este país. Reconozco que mi curiosidad creció un poquito más en estos días y me llevó a un acercamiento a la cultura de los musulmanes marroquíes, su forma de pensar y de ser. Y pienso en todos los libros y películas que quiero ver. Me doy cuenta que ellos y yo tenemos formas distintas de manejarnos y que sólo es cuestión de adaptarse. De todas las situaciones incómodas podía salir de alguna forma, sólo tenía que decir “no”. Ahí crece la certeza de que solo conozco una pequeñísima parte del mundo y de las formas de vivir de las personas.  Y de repente me doy cuenta de que ya estoy del lado de adentro y que, en vez de ocultarme, voy a salir. Entonces por primera vez salgo de mi ciudad fortificada. Con mi cámara en mano, no como un adorno, como un arma que pienso disparar. Días atrás estaba totalmente aterrada de sacarla, no porque me la robaran, por lo que podía pasar. Y en alguna medida todo eso pasa: los encantadores de serpientes me corren, los travestis que bailan como odaliscas me piden plata violentamente y los vendedores de jugo de naranja me gritan sin parar. Pero esta vez, no me importa más nada: ya fui y vine. Es mi último día y quiero postales para el recuerdo. Me las gané.

El dueño del hostel me ve en la calle, después de veinte y pico de días de la última vez y me dice, riéndose, “todavía estás acá… ahora conocés mejor a Marruecos”. “Síííííííí…”, le digo. Y nos reímos. Cada uno sabrá de qué.

  • ¿Vas a volver?
  • Inshallah!

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Le recomendaría a cualquier que viaje a este país y quisiera volver, aunque Marruecos sea imposible.

 

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