Viajando sin saber nada sobre el destino

Domingo a la mañana. Me despierto sintiéndome libre y me voy para Aeroparque con mi mochila. Me tomo un cafecito conmigo misma en un bar, Sabina y yo, saliendo a nuestro primer viaje juntas. Temo empezar a hablar en tercera persona o en plural, como el Diego o como Gollum. Me pierdo en este tipo de pensamientos irreproducibles y pocas horas después estoy sobrevolando San Pablo. Por la ventana del avión no se ve nada, estamos descendiendo, pero el cielo está totalmente cubierto de nubes blancas. ¿Esto es el Maccu Piccu o San Pablo, loco?, ¿Donde está el sol?

Lo único que había averiguado antes de partir era como llegar a Ubatuba, desde el aeropuerto. Aparte de eso, no sé nada. Me tomo un autobús hasta la estación “Tiete”. Aprovecho para comprar algunas cosas típicas que extrañaba de este país: pao de queijo y una guaraná. Mientras hago tiempo, veo a un pibe con la remera de Los Redondos y pienso si hablarle o no. Aguanten los redondos, nene… pero no tengo ganas ni de hablar, este viaje se perfila hacia adentro.

Sabi celu 410

Desde ahí emprendo un viaje interminable. El primer indicio de lo que va a pasar después me lo da una señora muy simpática, que se sienta al lado mío y me habla en portugués.

— ¿A dónde vas?

— A Ubatuba.

— Ah…Ubachuva.

— ¿Ubachuva?

— Si, la llamamos “uba- chuva (lluvia en portugués)” porque llueve todo el tiempo.

— Uh… ¿pero en esta época crees que va a llover?

— Bueno, “sao as aguas de marco fechando o verso” (son las aguas de marzo cerrando el verano) , me responde cantando la canción de Ellis Regina, con una sonrisita de resignación.

Y con esa música en mi cabeza seguimos camino, saliendo de la ciudad y entrando en una ruta que bordea el mar y morros plagados de vegetación. “Qué época oportuna para venirte acá, Sabina”, pienso. Cuando elegí Brasil en ningún momento pensé en lluvia, solo en sol pleno, radiante, tiñendo mi piel de dorado, dando calcio a mis huesos (bueno, eso no lo pensé, tampoco la pavada). En el camino se cumple la profecía. Se larga a llover. Y no para. Nunca.

Y en el medio de esa conversación ya empiezan a surgir las dudas.

— ¿Donde te vas a quedar?

— No sé…

— ¿Y venís sola?

— Sí.

— Wow! que menina corajuda!

¿Por qué corajuda?, ¿ Hay algún peligro inminente, algo me puede pasar? Mientras la señora me habla de su ex marido y su reciente mudanza, la escucho con un oído y con la otra mitad del cerebro pienso en por qué no reserve ningún hotel. Sé que no tuve tiempo y quería llegar y ver qué tal era el lugar. “Colgué”, pienso. Un pensamiento recurrente en los últimos meses.

Tampoco tuve en cuenta que este autobús tardaba mucho tiempo. Pensaba que tenía solo tres horas de viaje hasta Ubatuba, pero se están volviendo como seis. Aparentemente, Ubatuba es un destino donde los paulistanos van de vacaciones, pero no es un lugar que reciba mucho turismo extranjero. Es como si fuera una localidad costera de Buenos Aires. Cientos de autos que pasaron su fin de semana en el litoral vuelven hacia Sao Paulo por ser domingo a la tarde, y la ruta está repleta de atascos, complicados aún más por la lluvia.

La señora se baja en otra localidad. Antes de irse, me invita a comer una feijoada en la casa de su familia algún dia de la semana. Ese gesto me hace sentir mejor, como cuando después de un examen fallido llegaba a casa y abrazaba a mi mamá.

De repente siento que el viaje se está haciendo demasiado largo y necesito llegar. Salí a las 9 de la mañana de casa y ya son las 7 y pico de la tarde. Me imaginaba que todo iba a ser mucho más rápido,  que a esa hora ya estaría en la playa, comiendo mango y leyendo mi libro. Me duele el cuerpo por el cansancio. Mirando los carteles por la ruta, veo que estamos en Ubatuba hace bastantes kilómetros, pero el autobús no para. Parece que Ubatuba tiene varias localidades y es muy extensa. En algunas me dan ganas de bajar, pero no da bajarme sola en la ruta con la lluvia sin tener la dirección de un hotel. Tampoco veo que haya mucho movimiento. Le pregunto al chofer por el centro de la ciudad y me dice que todavía falta.

Sola en la noche

Esta sensación no la tuve muchas veces en mi vida, pero ahora siento desamparo y miedo. Me bajo del autobús en la estación de Ubatuba, y toda la gente que se baja conmigo se encuentra con alguien y se va rápidamente. En la estación hay dos hombres sólos que me miran. Todos los mostradores están cerrados. No hay información turística. Llueve a cántaros y ya cayó la noche. No sé para dónde ir ni a quién preguntarle. Uno de los hombres se me acerca y me pregunta de dónde soy y a dónde voy. Le digo que no sé (no se me ocurre una mejor respuesta en ese momento). Me dice que si lo acompaño por la calle que me señala, vamos a encontrar algunos hoteles. Dudo y agradeciendo le digo que no. Me asomo a la calle y pienso en qué hacer. La estación está en el medio de un barrio, pero no se para dónde ir y la lluvia es fuerte. Afortunadamente pasa un taxi a muy baja velocidad, lo paro y le digo:

— ¿El centro de la ciudad queda lejos?

— No.

— ¿A cuánto tiempo y cuantos reales?

— Aproximadamente 12.

Me subo, y como si todo hubiera sido una puesta en escena, el taxi simplemente dobla a la derecha, hace un par de cuadras, luego a la izquierda, y ya estamos en el centro. Ridículo. ¡ Ojalá hubiera tenido un mapa!, ¡Ojalá supiera algo de los lugares antes de llegar!, ¡ojalá me hubiera enterado que me fui a una playa en época de lluvias!

Le pido al taxista que me lleve a un hotel barato. Me deja en uno que no es nada barato (pago 70 BRL la noche), pero sí muy feo. A mí ya no me importa nada, necesito un refugio y no tengo la más pálida idea de donde estoy. El hotel parece estar vacío, y el conserje es de origen japonés, supongo que debe ser porque en San Pablo hay una gran comunidad nipona. El hotel tiene cuadros con escrituras en japonés y un gran mural con un buda gordo riéndose. Ciertamente no me había imaginado estar en Japón en Brasil, pero acá estamos. Mi habitación es muy deprimente: las sábanas están viejas y llenas de bolitas, las paredes descascaradas, los colores despintados, las cortinas espantosas y el olor a humedad y naftalina es fuerte.

Prendo el televisor y están pasando un programa sobre un hombre enano que se reencuentra con su padre ya siendo adulto, tras haber sido abandonado por él. Se abrazan y lloran. El padre le pide perdón por todos los años de rechazo. Me deprimo ante las crueldades del hombre. Me deprimo por el mundo. Me deprimo. Además es domingo y llueve. Y una avalancha de pensamientos me cubre: “¿Qué estoy haciendo?, ¿Dónde estoy?, ¿Y si me hubiera quedado en Buenos Aires en mi habitación?, ¿Y si me hubiera ido a otro lugar?”. De repente una semana así por delante parece interminable. Pienso en que mañana tengo que irme de este lugar. En realidad lo que más miedo me da es quedarme sola con mis pensamientos. No me fui de Buenos Aires de un día para el otro por nada, no es normal, algo está pasando. Algo no cierra. De algo estoy huyendo. Basta de pensar. 

Le pregunto al conserje dónde puedo comer y salgo a dar una vuelta con un paraguas que me presta. En la plaza que queda a una cuadra hay una iglesia con un cura mulato dando la misa. Entro a mirar. Lo engancho justo comentando que el nuevo Papa es Franciso de Argentina y todos aplauden muy contentos. Me alegra haber vivido ese momento en el que pude ver una situación cotidiana en un pueblo en Brasil ante la noticia mundial. Cuando salgo de la Iglesia intento abrir el paraguas y está roto. Qué vergüenza tener que volver al hotel y devolver ese paraguas gigante que tan gentilmente me habían prestado, fuera de funcionamiento. No sé qué le paso, ¿por qué?. Camino bajo la lluvia, estoy empapada y paro a comer en un lanchonette. Para levantar el ánimo me pido lo que más deseo cada vez que pienso en Brasil: un acaí. Pulpa de fruta amazónica divina y de bello color violeta: te amo para siempre.

Sabi celu 419
Por un poco de esto puedo poner los ojos en blanco, girar la cabeza 360 grados y babear. A ese nivel.

¿Soy comparable al caso de un brasilero en San Clemente del Tuyú en junio?

Al día siguiente sigue lloviendo, desayuno en el hotel donde no hay nadie más que yo. Me imagino que esto es como que un extranjero vaya a San Clemente del Tuyu en invierno. El conserje tiene muy buena predisposición, y me dice que me puede llevar a la mejor playa cuando salga de trabajar. Pero la idea de hacer una trilha (camino por el morro) sola con él no me convence.

Antes pensaba que agregar por Facebook a toda la gente que conoces en un viaje no servía para mucho, ya que en la mayoría de los casos nunca más la ves. Compruebo que estaba equivocada. La noche anterior les escribí desesperadamente en busca de consejos y, al despertar, veo que distintos amigos brasileros me mandaron una respuesta unánime: que vaya a la playa de Itamambuca. Entre ellos, el surfista que me recomendó el lugar y que me contesta que estuvo ahí y se acaba de volver a su ciudad la noche anterior. Otro dato de color: hace 3 días me lo crucé de casualidad en… ¡ Indonesia!

Me voy a un centro de informaciones turísticas, pido algunos datos, averigüo otras cosas por Internet y termino decidiendo irme a la villa que esta al pie de la playa de Itamambuca. Leo que esta es la capital del surfing brasilera y que esa playa es épica. Vamos allá, pues.

Caminando bajo la lluvia llego a una terminal de autobuses, en la que se nota mucho que soy forastera. Mi forma de vestir, mi pelo, mi mochila grande, el ukelele, todo indica que ando de viaje por ahí. Y me siento muy consciente de ello, porque no hay otros extranjeros y la gente me mira.

Encuentro mi colectivo y emprendo rumbo, aunque no sé bien a dónde. En el camino veo personas andando en bicicleta por el costado de la ruta, sosteniendo con una mano el manubrio y con la otra un paragüas. Sonrío. La ruta es preciosa: hay montañas verdes y vistas al mar, curvas, subidas y bajadas. Le pregunto al chofer por Itamambuca y me ofrece dejarme en el Recanto de Itamambuca o en el Condominio de Itamambuca. No entiendo nada. No sé lo que es un “recanto” y tampoco sé lo que es un “condominio”. Estoy estudiando portugués hace pocos meses y decido que estas palabras son las primeras que le voy a preguntar a mi profesor a la vuelta.

Seguimos avanzando y no se donde bajarme.  El bondi frena, se baja una señora donde dice “Recanto” y el chofer me grita y hace señas.  Me bajo atrás de ella, en medio de la ruta. No sé para dónde ir, así que voy caminando cerquita de la señora.

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Empiezo a bajar por el camino del morro mirando casas, posadas y unas pocas construcciones. Todo está cerrado. En el camino le pregunto a la señora dónde puedo quedarme. Ella me habla de ir para la villa o para el condominio, yo sigo sin entender nada, solo digo la palabra “hostel”. La señora me pregunta de dónde soy. Me dice que hay unos argentinos ahí, le pregunto dónde y en ese mismo momento me dice “son esos”. Vienen caminando justo hacia nosotros. Es obvio que son compatriotas, es fácil reconocernos entre argentinos. Los saludo. La dupla me llama la atención: una chica rubia, muy canchera y top viene charlando con un pibe muy hippie. A simple vista dos opuestos. Dos que se unen viajando, porque viajando las apariencias no importan, los opuestos se atraen. Les pregunto dónde quedarme y me dicen que le podemos preguntar a otro pibe que vivía por ahí cerca. La chica se va y el amable hippie me lleva hasta la casa donde se estaba quedando. Mientras camino con él tengo miles de pensamientos, entre ellos un pensamiento recurrente en las últimas horas: “qué estoy haciendo?”. También pienso “¿a dónde voy?”, “¿quién soy?”, “¿cual es el sentido de la vida?”. Estoy enloqueciendo.

Llegamos. La casa queda al fondo de un gallinero, está todo en construcción, ropa colgando por todas partes, escombros, cosas tiradas por el piso, charcos de agua, gallinas, gatos, ladrillos. Mi rescatador hippie abre la puerta de la casa y veo a un pibe de Mar del Plata con una mujer de algún país escandinavo, haciendo artesanías y macramé en una habitación con poca luz y olor a humo. Siento como si me hubieran llevado con el sabio de la tribu, que está sentado en su trono con su mujer. Me observan de arriba a abajo.

En una breve charla me cuentan como uno a uno dejaron la ciudad para viajar y terminaron en este paraíso selvático. Me preguntan por mi. Yo les contesto que trabajo en una oficina en Puerto Madero nueve horas por día. Tengo vista al río por la ventana. Me miran con compasión. Empiezo a entrar en pánico cuando me dicen que no hay muchos lugares abiertos y que no puedo llegar a la playa porque llovió tanto que el río creció mucho. Y para llegar a la playa hay que cruzar nadando. Me imagino nadando por un rio con mi mochila, hundiéndome sin dejar huellas.

Me entero que está casi todo cerrado porque no es temporada y que puedo dejar mis cosas ahí e ir a buscar suerte por algún lugar. A este punto yo estoy totalmente entregada a la situación. Les dejo todas mis pertenencias y me voy a meter al río. Adiós mundo cruel. Quiero que empiece mi relajo. Toda esta aventura, a pesar de ponerme los pelos de punta, ya me quitó a la oficina de la cabeza, lo cual es un éxito. ¿Me parece a mí o me estoy sintiendo viva otra vez? Gollum, Gollum!

Me meto vestida al agua con el hippie copado para pasar al otro lado de la villa. Él parece tener todo el tiempo del mundo, no está apurado, ni tiene que ir a ningún lugar. Está disfrutando el día muy tranquilo. Entramos empapados a una casa muy linda donde están de vacaciones por un mes ocho chicas, entre ellas la que estaba con él. Saludo a una por una tímidamente. “Mi vida es un caos…” , pienso, mientras todas me preguntan qué hago ahí sola, que cómo que vine de Buenos Aires sin saber nada de nada y que por qué saqué el pasaje ayer.

Dentro mío siento que me deberían rescatar e invitarme a vivir con ellas, pero esa sería demasiada suerte. Me recomiendan ir hasta lo de un tal Ricardo y, amablemente, me acompañan hasta su casa. Llegamos y al grito de “JJJJJJJJJJJJuiiicarrrrrrrrrrrdooooooo”, aparece “Ascri”, abriéndome la puerta a un viaje totalmente especial.

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