Ubatuba me enseñó lo que quiero

Para seguir leyendo, recomiendo darle play a esta musiquita y que siga de fondo.

Una banana verdolenga

Le dicen “Ascri”, porque era el más chico del grupo de amigos: “a criança” (“el niño” en portugués), se convirtió en “Ascri”. Pero ahora es lo que se dice un adulto y se llama Ricardo. Es el dueño de la “Banana Verdolenga”, una posada cuyas habitaciones tienen nombres de frutas tropicales.

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Hombre relajado del mar, me dice con una sonrisa que hay lugar para que me quede en su posada. Cuando menciona el precio y me muestra la habitación, pienso “¡bingo!”. Baratito y bueno, rodeado de vegetación y con vista a unos morros.

Ascri me ofrece a ir con su auto a buscar mi mochila a la casa de los hippies donde la había dejado. Así ya empezamos con buena onda. Gesto de protección y bienvenida, automáticamente me hace sentir que encontré el lugar que no estaba buscando. Y finalmente sé que llegué a mi destino y que acá me quedo.

Ay, ay, ay…

Pongo las cosas en mi habitación. Una cama, un cubre camas, un ventilador, una estantería, todo limpio y ya.

¿Qué más puedo pedir para volver a empezar?

Le pregunto desde el balcón a Ascri dónde puedo comprar algo para comer. En 15 minutos está saliendo para el centro de Ubatuba, me puede llevar, dejar en el supermercado y después traerme de vuelta a la posada. Según él, me conviene comprar todo en la ciudad, porque donde estamos los almacenes son más caros.

Cuando me subo a su auto veo una nenita corriendo por ahí. Es su hija. Ascri me dice que va a despedirla porque la madre se la lleva a Sao Paulo, donde viven juntas.

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En el camino me maravillo con los paisajes de ruta: playas que se descubren en cada curva y una vegetación verde fosforescente, que brilla más por la lluvia intensa. Atravesamos todo un camino rodeado de morros y cascadas escondidas. Llegando a la ciudad Ascri estaciona el auto en la puerta de un bar.

—¿Querés comer algo ahora? Podés comer algo en este lugar —, me dice.

— Bueno, sí…

— Ahora vamos a tomar un café con mi hija y mi ex mujer.

—Ustedes tómenlo tranquilos, yo voy a otro lugar o me siento en otra mesa —, le contesto con una sonrisa, para darle un poco de privacidad.

—No, quedate acá conmigo.

“Ay,ay,ay…”, pienso, “justo cuando me empezaba a relajar ya empezamos con las situaciones bizarras”. Va a llegar la ex mujer y yo voy a estar tomando un café con él, y no voy a poder explicarle a ella que lo conozco hace una hora.

Entonces al rato llega su ex mujer y estamos los 4 en una mesa. Yo comiendo una empada de camarão a las 4 de la tarde, atragantada por el hambre, ellos tomando un café. Casi no hablan. Yo miro al piso, trato de hacer contacto visual para sonreír, miro al piso otra vez, miro a mi empanada. Pienso qué carajo hago acá, una vez más. Hasta que ella me pregunta de dónde soy y  felizmente nos ponemos a hablar entre nosotras. Después se despide y se van. Ricardo se queda totalmente triste, cambia su semblante, su estado de ánimo.

En el camino de vuelta le pregunto cómo está. Me contesta con otra pregunta: si lo acompaño a ver las olas.

Surfing y fotos
Surfing y fotos

En la playa Vermelha do Norte encontramos a algunos de sus amigos surfeando y a otros sacando fotos de las maniobras. Sentados en la arena, mirando al mar moverse sin parar, cada uno está inmerso en sus pensamientos. Los dos estamos frunciendo el ceño, con los ojos aguados.

Ascri rompe el silencio y me cuenta que intentó vivir en la ciudad de San Pablo, pero que al poco tiempo terminó internado en el hospital, a punto de tener un ataque al corazón. Se había criado en Ubatuba, entre agua salada, palmeras y flores. El solo hecho de estar en su auto, atascado en el tráfico, lo hacía entrar en pánico. La sensación de encierro, peligro y tristeza fueron más fuertes, y tuvo que volverse a Ubatuba, sabiendo que solo podría ver a su hija los fines de semana.

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Mientras lo escucho hablar, empiezo a tomar dimensión del apego a la naturaleza de los nativos del mar. Una jungla de cemento gris, con olor a humo, miradas hacia abajo y ruidos de autos, trocada por flores rojas, rosas, amarillas, violetas, árboles, plantas, canto de pájaros, brisa del mar. ¿Quién sobrevive a ese cambio?, ¿Y cuál es la verdadera naturaleza del hombre y su medio ambiente original?

Mirando al mar, me pierdo pensando en cómo me afectó a mí la vida en la gran ciudad. Yo amo a Buenos Aires, estoy enamorada de su oferta cultural y sus infinitas posibilidades, solo que me parece que me estoy volviendo un poquito loca ahí…

“Menina, vamos surfar ”  

Estuve encerrada un par de días en mi cuarto, tirada en la cama, mirando al techo, sin moverme. Seguía lloviendo sin parar.

El dueño de la posada grita ¨menina vamos surfar¨, mientras golpea mi ventana. Me saca de mi cuarto muy temprano, a eso de las siete de la mañana. Con la cara arrugada, le digo que tengo sueño y que está lloviendo, pero parece estar decidido a cumplir su misión: sacarme de ahí.

Ascri me da una remera de neoprene y me dice que en cinco minutos salimos. Tengo sueño, hambre y miedo. Mientras vamos saltando en el auto por los pozos del barro y la lluvia, me siento en el medio de la selva. Entre puteadas, se me escapan algunos suspiros por la belleza de esta tierra y agradezco haber venido a parar acá.

Trato de motivarme pensando en lo bueno de este deporte y su conexión con la naturaleza. No tengo que pagar entrada al mar, ni necesito nada más que una tabla. ¿A quién no le gustaría poder surfear una ola? De chica perdía horas mirando las revistas de surf de mi hermano Exequiel. Me preguntaba por qué no había nacido en el mar. Como no me había tocado eso, solía pensar que no me tocaba surfear. Pero Ascri está empecinado en mostrarme que mi pensamiento es una habladuría de la mente más.

Cuando llegamos a la playa y miro el panorama, me pongo muy nerviosa porque el mar está picado y llueve. Parada en la costa, recuerdo que hasta hace unos cuatro años sufrí de mucho miedo al mar. No ubico en específico qué hecho traumático habrá ocurrido. Yo pasé los veranos de mi infancia y adolescencia horas ahí adentro y no me podían sacar. Pero hace un par de años, después de solo mojar las patas, me dije a mi misma que este miedo no podía ser. ¿Cómo, en esta vida, me voy a perder del mar?

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Así que en los deseos de un año nuevo, decreté que no le tenía más miedo (aunque sí respeto) y en la madrugada del primero de enero me metí corriendo… y bien adentro. Me revolcaron las olas, tragué agua, me cagué de frío y fui feliz.

Y todavía le tengo miedo, pero igual me meto. ¿Por qué dejar de lado un gran placer sólo por lo que pueda llegar a pasar?

— ¿Vamos?

 — Dale, vamos

Qué lindo es responder “sí” a una invitación a desafiar tus límites. El mar está grande y la lluvia insistente, así que le pregunto a Ascri si nos va a partir un rayo. Me dice que no, porque solo es lluvia, no tormenta. Pero no hay nadie en el mar ni en la playa, lo cual significa que todo el mar está para mí y yo para toda la fuerza del mar. Ya estamos en el baile y habrá que bailar…

Ascri me empuja desde atrás para ver con qué pie caigo hacia adelante primero. Si soy goofy, es probable que el empujón me haga pisar primero con el pie derecho. Si soy regular caeré con el pie izquierdo. Entonces me enseña, con la tabla acostada sobre la arena, cómo remar y cómo pararme con el pie derecho adelante. Me hace practicar algunas veces y dice que ya estoy lista. Lo que no dice es “lista” para qué.

Nos vamos metiendo al agua, que está tibia. Las olas se acercan y mi corazón percute a mil latidos por segundo. Ya es momento de acostarme sobre la tabla, corrigiendo la posición de los pies y practicando los consejos sobre cómo remar. Hasta acá todo es muy lindo. Pero cuando Ascri me da vuelta la tabla para surfear la primera ola, el corazón me va a explotar.

Después del primer revolcón de bienvenida que me da el mar, me siento como los perros que nadan en el agua, cuya cabecita asoma por fuera de la superficie. Tratando de remar, tragando agua, sufriendo… yo sé que me veo un poco como un perrito mojado.

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con Blanquita y el longboard, amigos que se conocen en Ubatuba

Además no me puedo parar ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez. No parece haber éxito en el horizonte cuando no hay tercera vencida. Yo quiero izar una bandera blanca y retirarme, por orgullo y por cansancio. El mar está muy picado y cada vez que me tira para adelante me cuesta mucho volver a entrar. Vengo de estar sentada 9 horas por día, ¿de qué estado físico estamos hablando? Tengo 28 años, no puedo empezar con esto justo ahora… bla, bla, bla, mi mente no se cansa de desconcentrar y desmotivarme.

Trago agua y me revuelcan las olas, pero me quiero parar al menos una vez. No quiero abandonar solo porque es difícil, si es algo que realmente me gustaría lograr. Ay, me doy cuenta que en el agua estoy aprendiendo cosas sobre la vida. Me motivo.

Vamos Sabi, carajo

En el sexto glorioso intento logro pararme unos instantes y es… déjenme arriesgar una palabra. Estoy entre: mágico, temerario, adrenalina, felicidad, agitación, diversión, presencia, comunión, cagaso, equilibrio, fiesta, trencito. Un momento después, siento cómo me cae una lágrima por la mejilla. El mar, de alguna forma que desconozco, se está llevando mi mediocridad.

Tras mi victoria, Ascri me regala algunas técnicas más para los brazos, que me permiten ponerme de pie mucho más rápido. Ahora estoy riéndome a los gritos. Para imaginar mi estado, visualicen las escenas del Teniente Dan en el medio de la tormenta en la película Forrest Gump. Estoy como loca, como pidiéndole al mar olas con más fuerza (pero que no me revuelquen, eh…). Siento una descarga de adrenalina inexplicable.Y en medio de toda esa alegría, una imagen de la oficina se me viene a la cabeza. Y grito. Un grito que no sé de dónde sale, pero que me estaba esperando.

Según Ascri surfié dos olas bien. Se me infla el pecho cuando me dice eso. Mientras salgo del mar con mi tabla en la mano, siento que tuvimos un momento juntos: la naturaleza y yo conectamos, fuimos uno. Y mis dientes no quieren dejar de mostrarse por el resto del día, mientras me enamoro en secreto cada vez más del cielo, las olas y el sol (que sigue sin aparecer, pero todos nos enamoramos de aquello que se hace desear).

Granos de arena

¿De qué forma nos definen las personas que nos cruzamos en el camino? Una extraña sucesión de eventos me lleva a conocer gente cuyas historias parecen dar respuesta a todas mis preguntas…

Me pregunto cómo vine a parar acá y si a estos encuentros se les llama casualidad. Justo en esta casita, en el medio de la nada, a la que llego de forma totalmente aleatoria, vengo a enterarme de tantas formas de vida que me mueven los cimientos. Me dejan pensando. Me cuestionan.

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Branquinha

En la posada viven mi amiga, la perrita Branca, y solo dos personas más. Uno de ellos es Fabio, un fotógrafo de surf de una sonrisa gigante. Me muestra su cámara de fotos: es muy pesada y está dentro de una carcaza amarilla, que la protege del agua. Fabio se mete al mar y la sostiene con una mano, mientras las olas rompen sobre su cabeza. Con ese trabajo sacrificado, logra obtener primeros planos de los surfistas, que con sonrisas gigantes chequean sus imágenes al salir del agua. Lo que empezó como hobby en un surf camp en Portugal, terminó como profesión. Hoy se la pasa viajando por Brasil, Portugal, Indonesia, etc. con grupos de surfistas, en busca de la ola perfecta.

Pero hace unos años, Fabio pasaba sus días en una compañía de seguros. Y ahí es cuando los ojos se me abren. Cuando encuentro a alguien que me cuenta cómo cambió su vida para ser sí mismo de una vez. Y escucho todo, entrevisto y tomo nota mental, mientras admiro su coraje para encontrarse.

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Fabio

El otro personaje es un surfista californiano que quebró su tabla, no entiende ni mierda cuando hablamos, pero se ríe todo el tiempo (aunque no sabemos de qué). Gran cualidad. Este pibe anda viajando por latinoamérica, perdiéndose en lugares, tratando de hablar español, pasándola bien. Trabaja desde su computadora, en cualquier lugar del mundo en el que esté. Le pregunto qué tipos de laburo se pueden hacer así y absorbo toda la información que puedo, mientras admiro su paz, su voz y lo bien que toca la guitarra.

Desgracia
Una desgracia para los surfistas.

Resulta que Ascri atrae personas muy especiales. Y le gusta invitar amigos a comer a su casa. Es así que conozco a Vane y Mariano, una pareja de Mar del Plata y Salto, respectivamente.

Los dos vinieron a Ubatuba de vacaciones, el año pasado. El escenario los enamoró y no se querían volver. Así que volvieron a Argentina solo para empacar todo y volverse a vivir. Ahora habitan una casita al lado de Banana Verdolenga. Por la noche, aparecen arañas gigantes y la naturaleza les muestra quién manda acá. Por el día, se meten al mar a surfear olas y hacen artesanías. Y hacen cosas que les gusta hacer. Dentro de un par de meses están arrancando en una camioneta a recorrer latinoamérica surfeando. Bichitos que pican.

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Vane y Mariando de Surfeando América

Yo les tengo que preguntar de todo: de qué viven, qué piensan del futuro, qué dijeron sus padres, cómo fue irse, si tienen el futuro asegurado. Sólo para recibir como respuesta: “animáte”.

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Cómo transcurren mis días

Por las tardes, a Ascri le gusta organizar comilonas, mientras tocamos la guitarra, el ukelele y cantamos. Vamos al mercado a comprar pescado. Luego viene gente que vive cerca y otros que no tanto, a encontrarse, charlando, bailando forrós, compartiendo. Una vez más me sorprende lo generoso que fue el destino, que me condujo hasta este hogar.

,Eternamente agradecida a Ascri, amigo de una simpleza inspiradora

Eternamente agradecida a Ascri, amigo inspirador

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Música para volar

A medida que los días pasan voy notando como mi mente y cuerpo se calman. Cuando se anda descalzo, como vinimos al mundo, en contacto con la tierra, cada vez se necesita menos. En realidad, ya no se necesita nada.

Verde: qué poder para calmar tenés. Si con sólo escapar un día a un parque, o meterse al agua, mirar las estrellas y pisar el pasto, ya cambia todo. Todas las necesidades parecen caprichos. Todo momento es presencia pura.

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Los días posteriores, mis amigos, los amigos de la naturaleza (esa es la forma en la que quiero definir a los surfistas, que se juntan a jugar con ella) me despiertan temprano para ir al mar.

Las tablas de la posada
Las tablas de la posada

Me llevan a la playa, se meten al agua y yo me quedo como dos horas afuera, explorando. Desde la arena miro olas, árboles, maniobras, surfistas, fotógrafos. Curiosamente, esta vez no me sumerjo en un libro o en un pensamiento. Estoy observando a la naturaleza, el comportamiento de los que habitan en ella, los colores del cielo, el ruido del mar, los cangrejos haciendo huequitos en la arena, mientras caminan de costado como un egipcio… y creo que estoy flotando.

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¡Cuánto necesitaba salir de la ciudad para recordarme por qué estoy acá, en este mundo!

Quién soy

Es más probable que en un spa conozcamos gente con un sueldo fijo, que trabaja todos los días de la semana y puede costear unas vacaciones all inclusive. Haciendo dedo, es probable que conozcamos gente de más bajo presupuesto. O es probable que conozcamos gente con cualquier tipo de ocupaciones que solo está viajando en un lugar muy caro o muy barato, en una circunstancia particular que lo saca de las características de su rutina diaria. En estos ambientes generalmente me encuentro con artesanos, artistas y buscavidas. Cuando me preguntan quién soy, me cuesta responder con sinceridad. No porque quiera mentir sobre mi currículum, sino porque mi currículum no me define, es solo un aspecto dentro de cientos en una vida. ¿Soy una carrera universitaria? Bueno, entonces soy licenciada en economía. Pero no, no, esa no soy yo… yo soy una persona curiosa que quiere aprender de los demás. Sí, eso, soy una aprendiz. Soy una amateur de la vida, señor, eso soy yo. Alguien que cree que tiene que haber algo más, algúna razón trascendental para estar acá.

Aaaaaaaayyy…

Cada vez que veo a una mujer en el escenario haciendo música, la miro y sé que quiero (desde un dolor profundo en mis entrañas), estar donde ella está. Sufro de un dolor agridulce, sé que podría, sé que lo único que me impide hacerlo soy yo misma. Dejar de pensar y hacer. ¿Por qué pienso que mi vida está definida por mi pasado?, ¿Qué me impide vivir la vida que yo quiero, más que yo misma? Ahora, que estoy por cumplir otro de los sueños de mi vida (ir al conservatorio de música), surgen más dudas. Hace años que estudio música particular, pero nunca me dí el lujo de darle semejante lugar a esto. Lo mismo me pasa con viajar.

¿Qué está pasando con las cosas que verdaderamente alimentan mi alma?

¿Cuándo les voy a dar su lugar?

¿Y si lo hubiera hecho antes?, ¿Qué hubiera pasado?, ¿Y ahora cómo voy a hacer para trabajar todo el día y estudiar y cursar?, ¿Estoy dispuesta a seguir añadiendo factores de estrés?, ¿Y cómo voy a ahorrar dinero?, ¿Qué es lo que quiero?, ¿Qué es más importante?, ¿Qué es lo que necesito ahora?, ¿Y si mañana me muero?

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Las cosas que encuentro en la heladera de la posada aumentan mi confusión…

Y a la noche, cuando apago la luz, me pierdo en conversaciones con mi mente y en historias que me cuentan quién soy y debo ser.

Pasan los días y entre olas, ukeleles, libros y sonrisas, todo va perdiendo sentido. Las cosas simples, como agarrar la bicicleta de la posada y andar por la ruta cantando, tomar un mate, una conversación, una cena con amigos, una canción con la guitarra, un atardecer en la playa, arrasan con todo. Es tan simple lo que quiero, que estaba frente a mis ojos y no lo había mirado…

Regreso germinando

Nunca antes los hechos vividos en solo una semana plantaron tantas semillas en mi corazón. Cuando es el momento justo, no hay vuelta atrás. Al día siguiente, vuelvo a Buenos Aires como una persona nueva, llena de energía positiva. El corazón hinchado de amor. La banana está amarillenta ya.

Sé que no se va a dar de un día para el otro. Sé que tengo que tener paciencia. Sé que tengo que seguir trabajando, para poder tener más semanas como estas. Pero no solo dos semanas al año… tal vez una vida como esta. Dentro mío hay una nueva duda. Es la de si algún día podré cambiar mi vida, para poder tener los pies sobre la tierra.

El último día en Ubatuba atardeció rosado, y yo que creí que ya no iba a salir el sol…

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Tabla inspiradora en la casa de Mariano y Vane
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