Budapest se siente en el cuerpo

Hay un clima seco, continental, que se manifiesta en la piel, mostrando que estoy inmersa en el centro de Europa. Muy adentro de Europa. Clima tirante, deshidratado, evaporado, agotado. Se siente que la salida, el mar, está lejos…

Todo el peso de la historia aprieta el pecho.

Lo sentí así desde que me tomé el tren a Hungría.

Por la ventana que miro desde Croacia rumbo a Budapest, bajo la lluvia, veo casas y construcciones e imagino cosas…

Un par de países atrás comencé a experimentar una sensación de tristeza profunda, por las aberraciones que nos hemos hecho los unos a los otros. Sé que este país me va a dar otro cachetazo en la cara, ya tengo la mejilla lista.

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El tren para en una estación y empieza a llover
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Por mi ventana sucia veo casitas perdidas en el camino. Me imagino en qué año fueron construídas y qué cosas habrán pasado dentro…

 Pero cuando llego a Budapest es tarde en la noche y no se ve nada.

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Cortina de hierro

No hay casa de cambio abierta, ni cajero a la vista, en los alrededores de la estación de tren. Nos tenemos que subir al primer tranvía que pasa y rezar para que podamos pagar arriba o que nadie se de cuenta de nuestra presencia polizona.

Sin saber bien cómo hicimos, pasada la medianoche, llegamos al hostel reservado a través de Internet. Resulta que no hay más camas, hay un pequeño escándalo en la recepción, por un grupo de mujeres que reservó una habitación que no está disponible. Todos los hospedajes baratos de la ciudad están ocupados el fin de semana. La opción b es dormir en una carpa en el patio. Sin más que discutir, a la carpa vamos.

Adentro de la carpa encuentro a una pareja . La mujer tiene puesto un vestido largo, con mangas grandes hasta las muñecas, que se abren en campana. Parece una princesa de la Guerra de las Galaxias. ¿A qué cuento vine a parar?

Dejo mis cosas en la carpa, anclada en el jardín de una casa en la ciudad y entro en una habitación común, ambientada con luces bajas, tés, almohadones y playas pintadas en las paredes. Esto no es lo que me esperaba de Budapest: un hospedaje que parece ambientado en el sur de la India. El lugar es bonito, pero ¿dónde está lo que hay acá?

Para confundir más mi primera impresión, en menos de 10 minutos estoy fumando shisha con unos estudiantes de medicina: uno de Jordania y dos de Afganistán, que viven en el hostel. De todo tipo. Eso es lo que te da un viaje. Situaciones de todo tipo, que parecen preparadas para que las viva cuando recién terminé de leer un libro de Khaled Hosseini.

Esa noche, mientras bebo té hirviendo en esa misma habitación, conozco a una señora de unos 60 años, proveniente de Suiza. Ella me cuenta que está trabajando en un emprendimiento lúdico y me muestra las fotos de una casa pintada con un arcoiris, en medio de los alpes suizos. No comprendo de qué se trata el proyecto, del cual promete contarme más. Me entusiasma la juventud de su espíritu. La sensualidad con la que va fumando sus cigarrillos, con las piernas sobre la mesa, riendo a carcajadas y contando historias divertidas, me recuerda lo mucho que me atraen los adultos-niño.

Me voy a dormir imaginándome la ciudad que estoy por conocer.

Al día siguiente, un autobús cruza un puente sobre el Danubio. Y, de repente, Budapest:

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Hay ciudades que en mi forma de ver al mundo, diría que tienen “rock”. Budapest tiene rock. Tiene algo bello e imperfecto, combinación irresistible. Es una mujer hermosa que impacta, con ojeras, rimmel corrido, pelo revuelto y lagañas. Hay que admitir que su pasado lleno de problemas y cosas que salieron mal, la hace aún más interesante. Es el tipo de ciudad que enamora y hace desearla aún más, porque queda tan lejos de casa.

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Los rojos autobuses Trolley, o Trole bus, empezaron a funcionar en el cumpleaños 70 de Stalin, en 1949

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Budapest tuvo que afrontar varias cirugías estéticas después de la Segunda Guerra Mundial. Todo se reconstruyó de forma de tratar de preservar el estilo previo de las construcciones: enormidad. Bloque Amplios. Anchos. Imponentes. Puentes monstruosos que cruzan el ancho Danubio, de diferentes colores, con diferentes formas y simbologías. Todo tiene un tamaño exagerado, caminando por la ciudad, uno se siente minúsculo, como en la película Querida, encogí a los niños… y se siente la abundancia que alguna vez hubo por aquí. Inevitablemente la boca va abierta por la calle, señalando para todos lados, admirando, emitiendo sonidos como “oh”, “aaaah”, “noooo”, “uuuuh”, sacando fotos, no pudiendo creer lo que se ve al doblar todas y cada una de las esquinas de este lugar único en el mundo.

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El Parlamento de estilo neo-gótico

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Vista al Parlamento desde la colina de Buda

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El castillo de Buda

Avanzo por las calles húmedas hasta una plaza de la que sale mucho humo. Varios puestos callejeros venden salchichas, goulash, pickles y cerveza. Garúa finito. Dos tipos tocan en la guitarra canciones de Creedence. Con mi guiso en mano, me siento en una de esas mesas largas, comunales, que son para compartir. Me envuelve el humo de las parrillas y el pelo se me pega en la cara. Estoy en mi salsa. Según un local me cuenta, estas son mesas de la época del comunismo, donde todos se sentaban juntos. Se utilizaba como herramienta para escuchar lo que decía el otro, tal vez, para que alguien hablara de más… me atraganta pensar que compartir puede llegar a ser peligroso.

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Sé que Budapest tiene mucho más de lo que me muestra. La ciudad está construida sobre una falla de la que salen fuentes de aguas termales. Miles de personas viajan a este destino sólo por un baño que ayude a aliviar dolores del cuerpo en los gigantes spas que tiene la ciudad. Ojalá pudiesen aliviarse ahí dolores del corazón. Sé que por debajo de Budapest, también hay túneles, búnkers y cuevas. Y la historia me llama…

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Me encuentro con la mujer suiza en el Mercado Central, y en una cena en un restaurante chino donde la comida reposa hace días, me cuenta de sus conversaciones con los astros. Asisto a un monólogo donde no puedo meter bocadillo alguno, mirando a mi compañero de reojo, para ver cómo escapamos de esta situación de la que no parece haber escapatoria. Una mujer que nos habla de drogas, paisajes, espíritus, juegos, señales… tan atractiva como la ciudad, pero que no se puede terminar de entender: es demasiado compleja.

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Camino y camino para entenderla. Los edificios de la época comunista son fáciles de distinguir: bloques de cemento grises. Paso el final de una tarde en uno de estos edificios, en una charla sobre comunismo, mirando objetos viejos. Afuera llueve y yo me entretengo investigando pasaportes de los miembros del partido y los de gente común, fotos, objetos, propaganda política, etc.

¿Qué hace que esta parte de la historia sea tan apasionante? Tal vez es imaginar que hubo personas que vivieron como en los libros, o que los libros viven como personas. Pienso en el libro 1984, de George Orwell, escrito tantos años antes. Y me doy cuenta una vez más que la realidad supera a la ficción. Y en esta parte del mundo, esto es lo que me atrae ver: cosas que sólo podía leer en libros.

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Miro a las personas en la calle y, de acuerdo a su edad, me imagino por todas las cosas que pasaron. Una historia convulsionada si las hay: Imperio austro-húngaro, Primera Guerra Mundial, Nazismo, Segunda Guerra Mundial, Comunismo. Movimientos de personas, secuestros, tortura, persecución: dolor.

A veces me pregunto por qué me tomo tan a pecho a una ciudad. ¿Podría pasar por ella y admirar sólo su presente?, ¿podría no sentir en carne propia que aquí hubo oscuridad? Budapest no me deja… Cuando no vivimos en una ciudad, sólo vemos sus aspectos macro, y nos abstraemos de lo micro, la vida diaria, que hace que todo vaya quedando atrás.

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Algunos edificios que quedaron sin propietarios tras la caída del comunismo, hoy son los llamados Pubs de Ruinas. En casas y vecindades que están casi en ruinas, metieron de todo. De estilos eclécticos, con sillas y mesas de diferentes diseños de cualquier color y tamaño, con todo lo que se encontró puesto en el mismo lugar, estos imperdibles bares son de los más originales que haya visto en mi vida.

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Y hasta un bar cualquiera es un medio de transporte

Caminando por una calle, encuentro este edificio dedicado a las aberraciones cometidas en los períodos de fascismo y comunismo en la capital húngara, en un ex cuartel de la policía. Sólo sentir las cosas que pasaron allí me cambia el espíritu. Y algo dentro mío muere otra vez…

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Y en frente una cortina de hierro, con frases que calan hondo en el corazón. Y duele…

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¿Debemos vivir como esclavos o hombres libres? La cortina aisló al este del oeste. Separó a Europa y al Mundo en dos.
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Nos quitó la libertad. Nos mantuvo en cautiverio y con miedo. Nos atormentó y humilló. Y finalmente, la derribamos.
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Cortina de hierro

Pienso en libertad.

Libertad.

Libertad.

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Ciudadela de Budapest
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El Parque Memento, guarda todas las estatuas de la época comunista

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Budapest se siente en el cuerpo. La ciudad es majestuosa, si existe una forma de clasificarla, imponente. Es bella, no, bellísima, maravillosa, fantástica. Esas ciudades donde de la sequedad se pasa a la lluvia y el pasado pesa en el aire. Eas ciudades donde uno siente que hay algo de tristeza, en medio de la belleza. Esas ciudades que están muy vivas, llenas de arte en las calles, porque desbordan de historia para manifestar. Esas ciudades que murieron y volvieron a nacer. Esas ciudades donde hoy cuesta imaginar lo que pasó, pero cuyas calles están llenas de pistas.

Suspiro gigante:

Ah, Budapest, qué ciudad para escribir un blues… una parte de mí se quedó en vos

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