Y un día llegué a Asia (Hong Kong Parte 1)

Me vacunaron (pero me avisaron)

Me inyectan siete vacunas antes de salir de Argentina: hepatitis A y B, fiebre tifoidea, antitetánica, fiebre amarilla. En medio de un cálculo de probabilidades, decido no aplicarme la vacuna contra la rabia. En mi cabeza hay dudas: ¿vale la pena?, ¿me va a morder un mono?, ¿es la industria de la vacunación un negocio?, ¿las vacunas son obligatorias?.

Visito a una médica de viajes que me confiesa que las dos enfermedades más comunes del Sudeste Asiático, dengue y malaria, no tienen vacuna. Para la malaria hay que tomar una pastilla antes de llegar a la zona de riesgo y durante la estadía. Para prevenir el dengue hay que usar repelente de mosquitos, con el componente DEET. Y no olvidar la posibilidad de diarrea, con los ingredientes y/o condiciones sanitarias de los puestos de comida en la calle. “Come comida cocinada”, me dice, “comprate botellas de agua”. Como frutilla del postre, me tengo que dar una vacuna contra la fiebre amarilla. No porque en el Sudeste Asiático exista esta enfermedad, sino porque vengo de un área que ha sido afectada por ella. Para ingresar en Tailandia, por ejemplo, sé que me pueden pedir el certificado. De hecho, para sacar la visa de India en Argentina, tuve que presentar el certificado de la vacuna contra la fiebre amarilla.

5 vacunas y los ojos ya se me rasgaron
5 vacunas y los ojos ya se me rasgaron

Decido gastar guita en prevención, cosa que no sea que me agarre un patatus en el viaje y tenga que garpar otra fortuna en el otro lado del mundo. La enfermera me pregunta cuántas vacunas quiero que me aplique hoy, ya que tengo que volver otro día para más dosis de la vacuna contra la hepatitis. Me hago la canchera y pido que me ponga cuatro. Lo paso como el orto. La sensación empeora a medida que transcurren las horas y se me empieza a hinchar el brazo. Esa misma noche nace mi sobrino. Vamos al hospital: “¡felicitaciones, tía!”, dicen mis familiares, mientras me abrazan apretándome los brazos con entusiasmo. Decir que puteo es poco.

La visa me avisa para donde ir

Tengo un pasaje para China en mano. La visa para entrar a ese país dura tres meses desde que es emitida. Yo me fui de Argentina hace cuatro meses, en marzo, así que tengo que aplicar para la visa en algún otro país del mundo en el que me encuentre. Resulta que el viaje me encuentra en Portugal.

El consulado de China queda en la cima de la colina de un barrio precioso de Lisboa, se endurecen los glúteos cada vez que se sube hasta la embajada. Llego empapada de sudor. Me explican que me falta un papel. Vuelvo a bajar la colina. Tengo que volver el lunes siguiente. Qué sensación fea es la de estar haciendo un trámite, en cualquier país del mundo, feos en toda latitud. La tercera vez que voy, me dicen que no me pueden dar la visa a menos que sea ciudadana europea o demuestre que estoy en Portugal por trabajo o educación. Mi estado no aplica ni a lo uno, ni a lo otro. Chau, visa China.

Me dedico a investigar en foros de Internet, que a pesar de que a veces chamuyan, de vez en cuando tiran la posta. El cyberespacio me recomienda ir a sacar la visa a Hong Kong. Me parece un poco jugado irme hasta allá, pero el pasaje a China ya lo tengo y los días se precipitan. Ma’ sí…me saco un pasaje a Hong Kong, y que sea lo que el consulado de China en Hong Kong quiera.

Hong Kong me avisa

Llego a Hong Kong a la 1 de la mañana. Entro, sin visa, sin preguntas, con un oficial que me sonríe y me da la bienvenida. Estoy en Asia. Estoy emocionada. Acá estamos, siete meses después de renunciar al laburo, a punto de conocer el lugar al que intentaba llegar cavando pozos en la arena en Villa Gesell, cuando era chica.

Mi mochila no aparece en la cinta transportadora. Empezó la acción: un oficial llama a alguien con su walkie takie. Mientras pasan los minutos sin ninguna noticia sobre la NN, trato de percibir cómo me siento en Hong Kong: son todos chinos los que están a mi alrededor. Rodeada de chinos, pienso en los chinos en mi país, pienso en ser un chino rodeado de argentinos. Ahora, soy una argentina rodeada en China. Juego de visitante y lo quiero experimentar. Después de 20 minutos, aparece la susodicha. Menos mal.

Entonces se hizo todavía un poquito más tarde y yo salgo del aeropuerto caminando, para tomarme un autobús que me deje en Causeway Bay. Voy mirando un cartel colorido que avisa por qué parada vamos y cuáles son las siguientes. Vamos cruzando un puente sobre el mar y alcanzo a ver la majestuosidad de esta ciudad, distribuida en islas. Voy pegada al vidrio como un insecto en el parabrisas de un auto. En un momento el conductor me grita que estamos en mi destino. Sin embargo, miro el cartel e indica que faltan 5 paradas. El conductor me sigue gritando que baje ahí, le digo “¿pero es acá?”, “¡siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!”, grita. Y a pesar de que mi intuición me dice que no es el lugar, no la escucho por vergüenza, entre dientes le grito “gracias” y me termino bajando unas malditas 5 paradas antes, a las 2 de la mañana. Así que empiezo a caminar y me pregunto dónde estoy, mientras me encuentro cara a cara con el calor asiático.

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Ma-mi-ta, mamma mía, mamadera… El calor que hace es la novedad, un calor que no se esconde con el sol. Como un monstruo pegajoso, ataca y la mochila se me pega a la espalda mientras camino sin entender qué pasa ni a donde voy. Pero a pesar de estar sola, tarde en la noche, caminando por la calle, hay algo de esta ciudad que no me da temor. Los colores brillantes de los carteles, moviéndose en una paranoia constante me sumergen en un video juego, y voy caminando como Mario Bross.

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No hay oscuridad, siempre veo a alguien en una ventana. He leído que los hospedajes son muy pequeños, que lo que falta es espacio por este lado del mundo. Hacinamiento: allá voy. Está lindo para estar pegadito con esta temperatura. “Ojalá tengan aire acondicionado”, pienso, mientras camino sin entender la numeración. La lógica cambia en cada lugar del mundo. Finalmente encuentro una escalerita que sube y me tomo un ascensor. Mi lógica se ve desafiada. Mirando a mis dos compañeros en el elevador, pienso, “¿estos dos serán japoneses?”. Empiezan a hablar en portugués. Trato de resolver el acertijo: los saludo y les pregunto si son de San Pablo. Acerté. Este juego tiene muchas trampas.

El de la recepción del hostel mira mi pasaporte y me dice “eres argentina”. Se pone la mano en el pecho y me dice “Jola”, le digo “Holand?”. Me mira perplejo. Repito: “Are you from Holand?”. Me mira visiblemente perturbado: “no” (con cara de “odio mi trabajo”).  “Of course I’m chinese”, me dice como diciendo “flaca, es obvio…”, y yo lo miro con cara de “sí, ya sé, perdón que esté tan boluda, es el desajuste por cruzar la zona horaria…”. Amablemente, me explica pronunciación cantonesa for dummies: “I was saying “hola””. Bueno, mejor me voy a dormir que ya está claro que tengo el cerebro quemado… A veces concluir por asociación no es correcto.

El hongkonés me manda directo al piso 9, lo más lejos posible. Entro a la habitación de 6 camas, más bien 6 cuchitriles. Un colchón y una cortina que “da privacidad”. Mis compañeros de habitación son 5 hombres. Me doy una ducha y me acuerdo que todavía no cené. Salgo otra vez. Ya son como las 3 de la mañana y, mientras camino por las calles, no encuentro nada comestible que yo pueda entender de qué se trata. Hasta que encuentro un Seven Eleven. Acá está lleno de esas tiendas abiertas las 24 horas que venden un poco de todo. Miro el mostrador, diviso sopas de fideos con algo, listos para poner al microondas. Entonces agarro unos maníes y una sopa, la señora que atiende se apiada de mi cara de confusión y pone mi paquete en el microondas. Apropiándose de la situación, la señora abre otro paquete con una salsa roja y se la tira encima. Mientras espero que la sopa se enfríe un poco y de pie, a falta de sillas, voy comiendo el maní. De repente, me miro la mano y veo que tengo una pequeña serpiente plateada. Me sobresalto (soy de esas personas de fácil sobresaltarse) y tiro todo el paquete y el maní a la mierda. La señora me mira. Veo lo que hay en el piso: maní con pescaditos. No me lo esperaba. Empiezo a juntar los pescaditos, disecados de la cabeza a la aleta, y el maní. El paquete avisaba en cantonés en qué consistía su original relleno. Lo guardo, a ver si junto coraje para más tarde. Ahora, la sopa. Pruebo un poco. Escupo adentro del pote. La salsa roja que tiró la señora se caracteriza por su picante triple x. Lamentablemente, no podré tomar esa sopa. Soy débil cuando de picante se trata. Una novata. La profecía picante-asiática se cumple. De repente, pierdo sensibilidad en los labios y ya no me siento tan maricona: los efectos no están en mi imaginación, son tangibles. Veo mi reflejo en el microondas: tengo la boca semi abierta, algo hinchada y lágrimas en los ojos. Una expresión de horror, como en el cuadro El Grito de Edvard Munch…

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Silencio. Nos miramos. Estallamos.

Risa de la señora.

Carcajada mía.

Sé que me voy a divertir.

Bienvenida a Asia.

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