La selfie de Hong Kong

Yo nunca fui a New York, no sé lo que es París (no, mentira, a París sí fui)

Nunca estuve en Nueva York, salvo en películas. Estuve en el fin del mundo, siendo salvada de los extraterrestres por un presidente yanqui, o caminando por la 5ta avenida escuchando la verborragia de algún personaje excéntrico de Woody Allen, pero nunca sentí en carne propia qué pequeño se siente uno entre rascacielos.

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¿Será el cielo de aquí tan cosquilloso, que los arquitectos intentaron aliviarle el picor, convirtiendo a Hong Kong en la ciudad del mundo con mayor cantidad de rascacielos?

Las calles están atestadas de carteles luminosos, tantos, que exceden lo que la vista y la atención pueden soportar. Son demasiadas distracciones juntas, como para golpearse la cara con un poste mientras se va caminando. Hay una invasión de colores, letras que se mueven y personas cruzando la calle.

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Los cruces de peatones emiten sonidos como pulsaciones, pasando de corcheas a semifusas en segundos. En Hong Kong hay banda de sonido las 24 horas: en cada semásforo el ruido va ascendiendo a medida que se acaba el tiempo para cruzar la calle. La mezcla de ese sonido, con 7 millones de personas que hay en la calle en una pequeña superficie, el calor, la humedad, los colores y las luces, lo insertan a uno en una atmósfera intoxicante. Hong Kong es fascinante, sí señor.

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Y de repente, en medio de esas calles mega iluminadas aparece un callejón totalmente oscuro, sucio y decadente, con los respiraderos de los edificios, ropa colgada y ratas. Todo se mezcla: Oriente y Occidente.

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Me voy a conocer “Victoria’s Peak”, el punto más alto de la ciudad, donde dicen que hay una vista que atrae moscas a la boca. Hago más de dos horas de cola. Me entretengo mirando a los turistas sacarse fotos. La selfie (una foto de uno mismo, sacada por uno mismo) parece un acto de supervivencia. Click tras click. Toda la gente despliega un palo para colocar el teléfono móvil a distancia y sacarse autofotos. Me siento un ser prehistórico. Una mujer de Neandertal. Extinguida hace 40.000 años. Acá la moda es sacarse 15 fotos mínimo cada vez que empezás y si parás, te morís. El acto se prolonga indefinidamente. En cada toma se hace el símbolo de la victoria (el número 2) con los dedos.

Hay muy pocos occidentales, pero hay gente de toda Asia. Empiezo a tratar de identificar de qué país es cada uno. Dicen que los occidentales tendemos a mirar primero a los ojos y la boca, por eso andamos diciendo por ahí que los asiáticos son tan parecidos entre sí. En cambio los orientales miran primero la nariz.

¡ Ostras! A medida que pasan los días los encuentro progresiva y absolutamente diferentes. Me pregunto si ellos verán a todos los occidentales iguales, ¿podrán diferenciar entre un italiano, un español, un argentino?

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Amontonados y a los apretujones, subimos a un trencito que nos va a llevar al pico más alto de la ciudad. El tren sube casi de forma vertical y en el corto viaje, no se vé nada alrededor. Perdí mucho tiempo en la cola y el atardecer ya pasó. Cuando llegamos arriba de todo, me encuentro con una de las vistas más espectaculares que vi en mi vida. Y tengo piel de gallina: esa que se tiene la primera vez. Estoy maravillada. Me encanta maravillarme. Decenas de edificios iluminados insertados en una isla en el medio del mar. Impresionante. Qué lugar increíble. Qué bueno está volver a sentir sensaciones nuevas.

Cuando puedo abrirme paso entre los cientos de palos de selfies, tabletas y teléfonos, trabajando full-time, logro registrar una simple imagen de un paisaje mucho más complejo.

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Había una vez un gran shopping

Había una vez un shopping de dimensiones kilométricas. Tenía tantos, pero tantos clientes que sus dimensiones se iban multiplicando. Un día hubo un terremoto y el shopping se fracturó en mil partes, distribuídas entre colinas y agua de mar. Las escaleras mecánicas quedaron unificando a la ciudad, convirtiéndose en el sistema de escaladores al aire libre más grande del mundo. Esta es mi propia versión histórica, creada entre copas, sobre la formación de Hong Kong.

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Recorriendo la ciudad en escalera mecánica

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Una trampa consumista tras otra, espera a la vuelta de la esquina, en la esquina y antes de la esquina también. El anzuelo que se usa aquí: aire acondicionado. No queda otra que entrar a los negocios a refrescarse un poco. Juro que nunca vi en mi vida tantos shoppings en una sola ciudad, ni tantas invitaciones a comprar. Resultado: las mujeres andan con vestidos y zapatos impecables, pelo impoluto y maquillaje de muñecas. La gente lleva bolsas en la mano y los negocios están llenos.

Diferencias culturales

Entro a una perfumería y encuentro ojeras postizas. No lo puedo creer.  Mientras en occidente las mujeres gastamos dinero en taparlas, aquí se venden ojeras. Me miro al espejo: no hace falta que me compre unas, las mías son como las de Graciela Fernandez Meijide y no me vendría mal ganarme unos Hong Kong Dollars vendiéndolas. En el paquete de ojeras está la foto de la cara de una mujer occidental. Tiene ojeras, pero normales, simplemente esa medialuna que hay debajo de los ojos. El producto es una especie de sticker. Al lado, veo que venden párpados. El ojo asiático, sin párpado, quiere párpado. Es así, las mujeres de pelo enrulado quieren el pelo liso, y las que no tienen ojeras…¿en serio quieren ojeras?

Hay muchas personas tapándose del sol con paraguas, o sombrillas mejor dicho. Lo primero que uno tiende a hacer cuando ve tanta gente con paraguas en un día de sol, es mirar al cielo a ver si llueve, pero como uno no se moja (solo de transpiración), concluye por asociación que están lloviendo rayos de sol. Acá la gente se protege mucho del sol, porque consideran que tener la piel blanca queda más lindo y que estar bronceado queda feo. Muy feo. Y en Occidente uno anda bronceándose la piel cada vez que Febo asoma.

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Me siento a comer. Es verdad que Hong Kong es mucho más accesible que China en temas de poder hablar en inglés. Pero tampoco es una papa eh… no todos hablan inglés. Y muchos restaurantes solo tienen el menú en cantonés. Muchas veces pido el menú en inglés y es inexistente y cuando existe, tampoco entiendo qué tiene cada plato por que no conozco los nombres de cosas tan exóticas en inglés. En Hong Kong como una delicia tras otra: pero nunca sé de qué se trata, lo cual, por un lado, creo que al final es mejor.

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Pido un plato: me traen una sopa con fideos gruesos y vegetales. Para tomar, lo que toman todos acá: té helado con limón. Y al lado una especie de queso. No sé bien qué es y lo tiro adentro de la sopa. Lo revuelvo, mientras noto que las camareras me miran fijo. Después me doy cuenta: era el postre.

No importa: es como la historia del descubrimiento del dulce de leche. Quedó bárbaro.

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Helados de bife o queso, para ayudar a perros sin hogar

Mi brillante amigo Ignacio Petrocchi, me manda las crónicas Hong Konesas que escribió para sus amigos en su viaje a China, de las que rescato esta pequeña anécdota:

“Le dije a la guía que planeaba comer a la noche dim sums en Maxim’s Palace en City Hall (un restaurant famoso de acá). Me dijo, un poco molesta, que éstos no se comen de noche, sino sólo de día, porque eran como snacks. Le contesté que yo no era de Hong Kong así que a mí esa regla no se me aplicaba y que los iba a comer igual. Sabiendo que era argentino, me dijo: “¿Vos desayunas lomo con vino tinto?”. Le contesté que, por supuesto, no. Agregó: “Esa es la razón por la que nosotros no comemos dim sums de noche. Andá a comer cerca de tu hotel que hay restaurantes bárbaros y mañana comé dim sums al mediodía”. Le dije que lo iba a pensar, pero que no podía garantizarle que lo iba a hacer. Enfurecida, me dijo que ella iba a desayunar al día siguiente lomo con vino tinto. Le dije que me parecía bien, pero que se asegurara de que el lomo fuera argentino.”

Continuará…