La ensalada mixta de Hong Kong

Sin vergüenzas 

Entre mis compañeros de habitación, conozco a Waseem: australiano de padres de la India. Me cuenta, visiblemente apenado, que no sabe hablar indio y se autodenomina “shameless indian” (un indio sin vergüenza).  Instantáneamente se corrige a sí mismo “no soy un sinvergüenza, al contrario, tengo vergüenza de no saber hablar el idioma de mis padres, I’m shameful”. Pero ya es tarde: a partir de ese momento, su apodo se convierte en “Shameless”.

Los partidos de fútbol de la Copa del Mundo están haciendo estragos con mi reloj corporal. No sólo adelanté varias horas pasando de Europa a Asia, sino que me levanto a las 4 de la mañana para ver fútbol. En la ciudad vivo en un sauna y tengo ojeras hasta las rodillas. Estoy dispuesta a irme a dormir, con mi pijama: un short y una remera, la misma vestimenta que uso para vivir el día a día. Viajando, hay que maximizar el placard portátil. Cuando estoy subiendo al piso nueve, conozco a una ukraniana en el ascensor que me pregunta a dónde voy. Le digo que a dormir. Ella me dice que está yendo a bailar salsa. “Qué bueno”, le digo. Me dice que la acompañe, le digo que no, gracias, que estoy muerta de sueño. Me pide que por favor, me roga, me implora. Y no sé por qué le digo que sí… En realidad sé por qué: porque me gusta su caradurez para preguntarle a alguien que acaba de conocer en el ascensor si no la acompaña a bailar salsa, y con admirable desfachatez tiene el tupé de insistir. Esta persona realmente lucha por lo que quiere. Así que, a modo de felicitarla, le digo que vamos. Quedamos en encontrarnos en la recepción en 10 minutos. Subo a mi habitación y le digo a Shameless que nos vamos a bailar salsa con una ukraniana. Shameless acepta sin titubear.

Sin esperarlo me encuentro rodeada de chinos y asiáticos que bailan salsa con pasión. Lo que abunda es el sudor, afuera hace cien grados de noche, mientras suenan las bachatas romanticonas. Me concentro en observar los diferentes movimientos de cadera. Dicen por ahí que los latinos estamos más acostumbrados a quebrar la cintura y un poco se nota. Mi amigo resulta bastante shameless para bailar: a pesar de estar en un lugar donde todos son entendidos en la materia, rompemos la pista con nuestra salsa nivel -2. Los bailarines, amables, nos sonríen con compasión.

Las estrellas

Me encuentro con una estatua de Bruce Lee, a punto de tirar una patada. Hong Kong es excitante.

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Acá hay un fascinación por la fotografía y el cine. Estoy en La Avenida de las Estrellas, en Kowloon, un paseo con estatuas y manos de estrellas de cine estampadas en el cemento. Hong Kong ama su industria de cine y novelas, que pudo desarrollar independientemente del cine al servicio del comunismo que se proliferaba en China continental, en épocas de Mao. De acá salieron capos como Jackie Chan.

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Desde este paseo, también es posible ver un show de luces cuando cae la noche. Todos los edificios se sincronizan con la música y sus luces se van encendiendo. “Hola, yo soy el edificio de una compañía muy copada y mira las luces que hago” (esto es como si los edificios hablaran). Es realmente bello.

Llego 15 minutos antes del show de luces y me voy a comprar un té a un puestito de por ahí. Hay una persona delante mío, esperando su pedido. De repente llega un señor con su familia y se pone adelante mío. Lo miro fijo. El señor no acusa recibo. Empiezo a suspirar. El señor no acusa recibo. Mi suspiro ya se convirtió en un relinche, me estoy convirtiendo en una yegua. A medida que el señor pone su mano en el mostrador, mas bien ya me siento un toro, tomando carrera con una pata, humo sale de mi nariz. El señor abre la boca para pedir su te. “Señor (ruido de relinche)…yo estoy primero (humo por la nariz), respete la fila (o le clavo los cuernos)”, le digo mientras le practico un tacle muy sutil. El señor agacha la cabeza y retrocede. A la hora de colarse se lo vio muy seguro de sí mismo, pero luego parecía estar muy humillado. Lo miro con los ojos chiquitos y enfocados, como diciéndole: habráse visto, qué desfachatez, qué ejemplo para su familia. El día anterior, cuando subí a Victoria’s Peak, una local me contó que en algunas filas, se aplica el “sálvese quién pueda”.

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Mientras pienso un plan para cumplir un objetivo: que no se me cole nadie en todo el viaje (cuando uno esta de viaje inventa actividades de cualquier cosa), pido un simple té con leche, la alternativa al té con limón, que me está tentando.

Encuentro un pequeño lugar libre en toda la línea de la costa y me siento con mi té. De repente veo que una lancha dobla en mi dirección, con las luces altas. “Eh, loco, pará, me estás matando con las luces altas”, digo como si el de la lancha me escuchara, y como si yo hablara chino cantonés. Las luces insisten y creo entender el mensaje: estoy sentada en el amarre de un barco. Me cambio de lugar. Tomo el té. Perturbación. Hay algo ahí adentro. Algo que no sé que es. Y esto es lo más perturbador de un viaje por China. No saber lo que uno está comiendo. En algunos casos es mejor. Es como los platos de mi tía: mejor no saber lo que tienen adentro. Pero en este caso, quisiera saber qué son esas bolas gelatinosas que flotan en mi bebida. La sonrisa se me cae como a un payaso decepcionado… No lo quiero admitir, pero estoy en mi salsa con todas estas cosas que pasan. Siento que no me voy a aburrir nunca más en la vida, siento que voy a tener sensaciones nuevas, que no sabía que existen o que ya no recordaba. Las sensaciones de un niño descubriendo el mundo.

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Un país, dos sistemas

Hong Kong fue colonia británica hasta su independencia, en julio de 1997. En esta región administrativa especial de China (con fronteras, poder judicial y sistema administrativo propio), ocurre algo muy particular: nos encontramos en una economía capitalista dentro de un país de ideología comunista. Esto se conoce como “un país, dos sistemas”. Y vaya que se nota, porque un día, de shopping en shopping pensé: si tuviera que explicarle a un extraterrestre lo que es el capitalismo, le diría que vaya a Hong Kong y no tendría que usar palabras. El extraterrestre lo entendería.

El paso de los ingleses se nota mucho: en los nombres de las calles, en el transporte, en el lado en el que se maneja. Y esto es también lo que hace especial a esta ciudad, es una mezcla de dos mundos.

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El subte es una segunda ciudad subterránea. Camino kilómetros ahí debajo y me cuesta salir: el aire acondicionado tiene muy buena potencia. En Hong Kong los cambios de temperatura son impresionantes: al aire libre el infierno. Cada dos pasos, el polo norte: en el subte y en los negocios que acechan.

Si hay algo que me gusta de descubrir una ciudad es tomar el metro, nunca me pierdo de conocer ese mundo subterráneo. Me gusta darme cuenta que la hora pico en el subte, es igual de jodida en cualquier ciudad del mundo. Acá el subte tiene particularidades admirables: hay empleados que te pegan ese empujoncito extra, necesario para que entres aplastando a los demás. Pero también los empleados tienen un cartelito en la mano que indica cuando consideran que ya es suficiente y no se puede subir nadie más: los otros llegaron primero, tenés que esperar al otro subte, bancátela. La gente hace filas para entrar al subte. Hay una pared de vidrio cerrada, que sólo se abre cuando el subte ya está parado.

Me impresionan las masas de personas moviéndose de lado a lado en el subte. Y me encanta este subte. Es impecable.  Tengo que aprender que si el volante de los autos está en el lado derecho del auto, cambia el sentido del tránsito y esto se traslada a todos los ámbitos. Como peatón, se me complica mucho cruzar la calle. Y cuando subo a una escalera mecánica, si quiero mantenerme parada, tiene que ser del lado izquierdo, para que los que están más apurados suban por el lado derecho.

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Hong Kong natural

Me alejo solo un poco de la ciudad. Me sorprende como a los pocos minutos,el paisaje se modifica: ya no hay rascacielos y se ven montañas verdes entre agua y más agua. Es bellísimo. Y tiene ese regalo: si querés escapar, en 10 minutos estás en otro escenario. Esa es una cualidad maravillosa de Hong Kong. Su geografía me transporta también, por momentos, a Río de Janeiro. Cuando subo morros o veo árboles gigantes entre la ciudad. Las ciudades tropicales me fascinan.

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Dos niños jugando en Stanley’s Market
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Una señora pescando en Stanley’s Market

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Recuerdo de mi primer Buda

Me voy a conocer el primer templo budista de mi viaje.

Llego a la entrada de un teleférico, compro mi ticket, doblo entre los postes y cintas que definen el sentido de una fila gigante. Pero no hay nadie en la fila, y doy cien vueltas hasta llegar al teleférico. Un hong kones sonriendo me dice “bienvenida”, me mete en un teleférico que está llegando a la plataforma, me dice “sonreí”, mientras me apunta con una cámara. Yo miro para todos lados con cara de terror. “¿Pero, no viene nadie más?”, digo con un hilo de voz. Tarde. El hong kones ya me cerró la puerta y me saluda con la mano, yo lo veo todavía borroso, después del flash de la foto que me saco. Estoy sola en ese teleférico, que se empieza a elevar entre el mar y las montañas y me da miedo.

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Esta cosa se mueve y yo me obligo a pensar en otra cosa. “Pensa en otra cosa, boluda, mirá qué lindo el paisaje…uh, qué buena vista…uh, esto se mueve… ay, que miedo, por favor que se termine…pensá en otra cosa, lalalala, cantá… rosa, rosa, la maravillosa, como blanca diosa”. Empiezo a cantar Sandro, pero evocar al Gitano de América no parece funcionar. Decido pararme en el medio del teleférico. Vaya ocurrencia. Haciendo equilibrio y viendo a los otros teleféricos pasar, sacando algunas fotos, encuentro momentos fugaces de distracción. Hay un punto de estos viajecitos que es el peor: cuando el teleférico, o la vuelta al mundo de un parque de diversiones, se para. “Problemas mecánicos, se cae todo a la mierda”, es lo primero que uno tiende a pensar.

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Pero cuando diviso al Buda gigante entre las montañas, la felicidad se apodera de mis sensaciones.

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Finalmente llego, como una sobreviviente, con la adrenalina de haber estado en una montaña rusa. Bajo del teleférico, respiro como quien acaba de salir de ser revolcado por una ola y me encuentro con esto:

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Una alfombra roja, cámaras de video, lugares para sacarse fotos y todo desemboca en una tienda de souvenirs, donde me quieren vender el recuerdo del lugar que todavía no conocí. Lo peor de todo: una chica me trae mi foto impresa, la que me sacaron cuando me subí al teleférico. Tengo la cara de alguien que acaba de ver a un fantasma. No la compro.

Salgo de la tienda, sigo caminando y me encuentro con esto:

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Considerando que vine a ver un templo budista, me encuentro un poco perturbada por esta escenografía, que me incita a sacarme fotos. Me hace pensar en que estoy en Disney World. Esta ciudad, como todo gran shopping, es también una gran vidriera. Pero decido abrir mi mente y darme cuenta que en Asia, las cosas son simplemente diferentes. Y que una cosa, no quita la otra (me encanta usar refranes aunque no tengan sentido, despistan a la gente…).

Entre todo esto, hay un pequeño cine para ver una película sobre la historia de Buda.

Más adelante, la cosa ya se pone más seria: hay un bonito paseo con todos los guerreros que representan a los diferentes signos del zodíaco chino, rodeado de árboles. Hermosa atmósfera. Y sin saberlo, este será el primer Buda gigante que veo en Asia. De a poco me iré dando cuenta de la magnitud del budismo en este lado del mundo. Una nueva forma de ver templos: llenos de colores alegres, frutas, música, inciensos y flores.

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240 escalones para llegar al Buda de 34 metros de alto y 250 toneladas
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El Buda está rodeado por seis estatuas con diferentes ofrendas: “La Ofrenda de los seis Devas”

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Buda Tian Tan

Vuelvo del Buda, ahora somos seis en el teleférico, el sol se está poniendo y extraño mi vieja comodidad. Qué personaje. Qué paisaje. Qué atardecer. Qué ciudad. Qué continente…

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Hong Kong es mi primer contacto con Asia. Su mezcla rara me atrapó. Quiero más.

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