Ver el mundial en 3 continentes, menos en el tuyo…

En África

Resulta que el domingo 15 de junio a las 11 y pico de la noche, estoy en un bar muy oscuro de Marruecos, lleno de tipos (solo tipos = sin mujeres) viendo el primer partido de Argentina en la Copa del Mundo. El partido lo transmite una señal de Arabia Saudita. No entiendo nada de lo que dice el relator, salvo frases como “Messi crack” y “pibe de oro”. Lo llamativo de esta escena es que en el entretiempo transmiten a un panel de analistas que comentan las jugadas y uno de ellos es… ¡¡¡el Burrito Ortega!!!

Señalo a la pantalla como un niño excitado y le explico a mi amigo marroquí quién es el Burrito y su gusto por el buen vino tinto que se cosecha en la Argentina. Justo le quitan el volúmen al televisor y no puedo saber si el Burrito sabe hablar en árabe, pero por lo menos sé que consiguió laburo. “Qué grande el burrito, qué alegría bárbara”, pienso. Yo soy hincha de River y lo quiero mucho al loco este, así que me alegra que ande bien.

Ahora, entre nosotros, ver el Mundial en otros países es de los sentimientos más extraños que tuve. Me atacan unas ganas imperiosas de estar en Brasil con la manito agitando o en Argentina, comiendo asado en frente de la pantalla con mis compatriotas. Y este sentimiento se agrava de distintas formas, de acuerdo a los lugares donde me encuentra el viaje y la etapa del Mundial en la que estamos.

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Me encuentro a estos dos brasileros en Essaouira. Me cuentan que estan en Marruecos y no en Brasil, porque estudian en España y les salía más barato este viaje que volver a su país.

En Marruecos las mujeres no van a los bares, ese es hábitat del sexo masculino. ¿Una mujer mirando fútbol en un bar a esas horas de la noche? Sí, es raro, pero es lo que hay, viejo. No me puedo perder el mundial. Verlo sola desde la computadora no es lo mismo y la conexión a Internet puede fallar cuando están por patear un tiro libre. Una situación así puede ser tan infartante como cuando el Dr. Tangalanga llamó a una familia que estaba haciendo la previa a una transmisión y les dijo que el partido del mundial que se habían juntado a ver ya había pasado.

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Hombres esperando un partido, en un café en Casablanca
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Las calles de Essaouira

El debút de Argentina en la Copa del Mundo me encuentra en un festival de música en Essaouira, un hermoso pueblo de pescadores en Marruecos . Caminando por las callecitas blancas y azules, veo que algunos bares pegaron un cartel contando que lo van a transmitir. Qué emoción, allí estaré, espérenme. El mundial es una gran actividad, es un compromiso, puede convertirse en la rutina de uno como espectador. Cualquier partido es una buena actividad para hacer. Y así tomo té de menta y como panqueques con miel en esos bares llenos de testosterona, mientras veo todos los partidos que puedo. Nadie me dice nada, tal vez porque tengo compañía másculina, pero sé que soy un elemento desubicado. A medida que el mundial continua, me voy acostumbrando a entrar a bares y ser la única mujer.

mujeres en Marrakech
mujeres en Marrakech

El mundial me obliga a reflexionar un poco más sobre ser mujer en el mundo. En Marruecos una sola vez veo a una mujer entrar a un bar: viene a buscar a su marido, envuelta en su velo, con sus dos hijos. Le dice algo, el marido está, obviamente absorto en el partido. Ella se queda solo un momento y se retira.

En Europa

Llego a Portugal, saco mi mochila de la cinta transportadora y veo como en el aeropuerto la gente esta mirando el último partido de Portugal en la copa. Estoy contenta de poder estar en un país que está jugando el mundial, para ver las pasiones de los locales. Me tomo un autobus y veo cientos de personas en diferentes parques, mirando pantallas gigantes. Pero cuando estoy llegando ya los veo caminando con sus banderas, vinchas y caras pintadas, algo tristes: acaban de quedar afuera de la Copa…

Lisboa
Lisboa

Me desilusiona un poco no poder ver cómo los locales viven el mundial, pero me doy cuenta que en Lisboa hay turistas de todos los países que se juntan a ver los partidos en las diferentes pantallas instaladas en la ciudad. Por las calles se ve gente con camisetas de todos los equipos, disfraces y banderas. En el hostel, que tiene como 150 camas, hay gente de todas partes, tirada en los almohadones del piso de la sala común, arrancándose los pelos cada vez que hay penales.

Amontonamiento de gente frente a cada bar, mirando algún partido
Amontonamiento de gente frente a cada bar, mirando algún partido

El día que Argentina juega los cuartos de final, me levanto temprano y me tomo un tren para conocer la hermosa villa de Sintra, en las afueras de Lisboa. Faltando un par de horas para el partido contra Suiza, me tomo el tren de vuelta, para llegar con tiempo. Con mi camiseta de argentina, llego a la estación antes y entro a un bar a tomar un café y espero una hora hasta que empiece el partido. Faltando 15 minutos camino hasta la Praza do Comercio, donde hay una pantalla gigante. En el camino mucha gente me hace comentarios del partido y me paro a mirar una pantalla con la repetición de algunas jugadas… contra Bélgica. Al final me pasó lo mismo que a Cuchufo. Cuando llegué de Marruecos me olvidé de adelantar una hora y ahora resulta que me perdí el primer tiempo del partido. Me corre un fuego por el pecho, estuve una hora al pedo en un bar, tomando un café como una desgraciada, mientras era el partido. ¡Tenía la camiseta puesta, pero nadie me espabiló!

Llego a la plaza, murmurando insultos hacia mi misma entre dientes. Hay cientos de personas mirando. En realidad, está lleno de camisetas de Suiza. Hago un escaneo con los ojos y, por lo visto, soy la única con camiseta argentina. Llego para el segundo tiempo y me siento entre la gente, en un cuadrado de pasto sintético. Los suizos gritan “olé,olé” las dos veces que la tocan. Me siento visitante. Y no sólo por los suizos. En Portugal, por razones históricas- idiomáticas- sentimentales, están todos con Brasil. Por las calles de Lisboa abundan las banderas brasileras.

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Al final, me paso mirando el partido con un brasilero. Le pregunto si sabe decir “son unos muertos” en suizo, pero no me entiende. Cuando hacemos el gol, grito desaforadamente, como vomitando. Está toda la gente sentada, pero de reojo veo que se paran dos pibes con la camiseta de Argentina. Algo se enciende. Voy corriendo a abrazarlos, en un rapto de felicidad y espontáneamente, sin decir una palabra, hacemos un trencito entre la gente que está sentada y nos mira.

Un dato de color: los pibes están tomando Fernet con Coca de un termo, ¿podés creer?

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foto con los suizos
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Los belgas esperando el partido contra USA
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Los pibes festejan haciendo jueguito

En Asia

Un problema para conseguir la visa de entrada a China en el consulado chino en Portugal, me lleva a Hong Kong imprevistamente. Mis planes para ver la semifinal del mundial cambian. Me encuentran durmiendo en una habitación con 9 personas y los sonidos del Whatsapp de los amigos de Argentina despertándome. Mensajes que caen diciendo “gol, gol, gol”. Yo no entiendo nada. De repente reacciono. Son las 4 y pico de la mañana y bajo las escaleras corriendo a la recepción para ver lo que queda del 7-1 de Brasil con Alemania. Hay uno con la camiseta de Brasil mirando, pero con la mirada perdida. “Mamadera”, pienso, “la que se viene”.

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Al día siguiente intento aguantar despierta hasta las 4 am, pero me quedo dormida y me despierta un inglés que me mueve el brazo y me dice “match, match, match”. Bajo corriendo las escaleras otra vez. La situación en la que veo el partido no es la más amigable: viendo la semifinal del mundial en Hong Kong, con un escocés y un brasilero. En el entretiempo hace su aparición un norteamericano, que al enterarse de mi nacionalidad, me regala su bufanda de Argentina que compró en la calle. “Do you like it, baby? oh, yeah, that’s how I like to see you”, me dice mientras me pone la bufanda en el cuello, “yeah, baby, oh, I like it like that”. Yo tengo cara de espanto y me pregunto si esto es una película porno, o un partido de fútbol.

Después de estos hechos, decido que mi misión del día siguiente es encontrar argentinos en Hong Kong para ver juntos la final. No puedo verla sola. Necesito argentinos. Necesito a mis hermanos. Salgo a recorrer la ciudad con mi camiseta de Argentina, esperando que alguien me diga “eeeeeeeehhhh”, con la manito agitando, pero nada de eso pasa. Aunque voy a los lugares mas turísticos, no hay ni un argentino a la vista. Lo único que veo son hongkoneses con la camiseta, a lo que les digo “vamos argentina”, pero no me entienden y siguen de largo. Ah, qué sola estoy con la albiceleste…

Lo único que encuentro, es este cartel en la puerta de un restaurante en Stanley's Market
Lo único que encuentro, es este cartel en la puerta de un restaurante en Stanley’s Market

En un viaje en metro, donde las grandes ideas pueden surgir, me avivo de que soy parte de la era digital y tipeo en el buscador de Facebook “Argentinos en Hong Kong”. Mágicamente aparece un grupo, me uno y publico que estoy en la ciudad y que no quiero ver la final sola, que por favor, si se juntan en algún lado que me inviten. Por fa, por fa, por favor.

Lo lindo de los viajes es que a uno ya no le importa nada. Uno está entregado. O se mueve o se queda solo. Felizmente, me contestan diciendo que se van a juntar en una casa. Al rato me llegan mensajes al teléfono y sé que estoy invitada. Me piden que lleve alguna cosa para picar. ¡Qué alegría! Allá vamos.

Subo una colina, hace mil grados de calor, veo un edificio. “¿Qué carajo hago acá?”, pienso y entro. Claro, algo de timidez tengo todavía, no la perdó del todo. Es mientras subo el ascensor que me pregunto con qué me encontraré. Aparezco en un departamento donde hay unas 10 personas con la camiseta de Argentina, entro pasito a pasito, con una bolsa de cosas para picar que compré en uno de los miles de Seven Eleven que hay en la ciudad.

— Holaaaa, ¿qué tal?

Hay cositas argentinas en la mesa: pastillas Refresco, por ejemplo. De repente, me siento más cerca de casa y siento alivio. Hay queso y dulce.

— ¿Y vos cómo llegaste acá?, ¿vos qué haces en mi casa? –, me pregunta, divertido, el dueño de casa.

Yo me río y le contesto que me invité sola, pero que no quería ver la final conmigo misma y nadie más. Él me dice “bienvenida, sentite como en tu casa”, mientras su esposa, con una sonrisa gigante, me ofrece de todo para comer y tomar. Escucho historias de todos estos expatriados que viven en las antípodas del mundo. Hay periodistas, economistas, diseñadores, modelos, etc., que por trabajo vinieron a parar acá. Es un momento sensible. Estamos todos lejos de casa, es la final de la Copa del Mundo. Para los amantes del fútbol, la camiseta se siente más que nunca este día. Este grupo de argentinos se viene juntando todos los partidos. Así que hoy es su última cita, y están compartiendo y palpitando la final con una sonrisa.

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Nos pintamos la cara de celeste y blanco y salimos a la calle. Vamos a un bar, donde reservaron una mesa muy larga, justo en frente de la pantalla. Alguno trajo un tambor y oficia del Tula de turno. Llegamos al bar a las 11 y pico de la noche, pero el partido recién empieza a las 4 de la mañana. Una noche larga nos espera.

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Observar la pantalla

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Resulta que en este bar venden Fernet Branca y los muchachos se ponen más felices. A medida que pasan las horas, el bar se va llenando de alemanes y público en general (de quienes recuerdo especialmente a dos ingleses y un chileno). Surgen charlas, chicanas, bromas y cantitos.

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Pero la bomba es cuando, pasadas unas horas, hace su aparición la barra de hong koneses fanáticos de Argentina. Un grupo grande de hinchas de la selección con las caras pintadas, sombreros, pelucas, banderas. Están exitadísimos por la final. Aman la efusividad de los hinchas argentinos. Según me cuentan, vienen siguiendo todo el mundial. Averiguaron donde estaban los argentinos de Hong Kong y los empezaron a seguir. Muero cuando uno de ellos empieza a cantar “vamos vamos Argentina”, con acento cantonés y todos los siguen. Muero cuando el hong kones, jefe de la barra, canta “Brasil decime que se siente”. Esto es el colmo. Pero pasa, en las antípodas del mundo.

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Es divertido porque en el bar no hay hinchada alemana de Hong Kong. Es como cuando llegan los refuerzos a Mordor, a la guerra. Es hermoso sentirse querido, finalmente. Corrían todo tipo de comentarios en Latinoamérica, de amor y odio. Solo bastaba entrar a Facebook para leer todo tipo de barbaridades provenientes del folkore del fútbol, entre hermanos argentinos y brasileros. Salieron a la superficie otras tensiones que nada tienen que ver con el deporte. Me recuerda a una canción que escribí en mi temprana adolescencia, claramente afectada por mi educación religiosa, donde decía “yo no tengo la culpa de lo que nos culpa el Señor”. Yo no entendía por qué tenia que garpar por los pecados de Adan y Eva, y eso me preocupaba bastante. El mismo sentimiento surgió en el Mundial: me pregunté cuál es el origen de nuestra mala fama en algunos lugares y me sentí mal por los compatriotas que hayan hecho cagadas y nos hayan hecho quedar como el orto a todos. Y esto surgió porque algún que otro me tiro un comentario fulero. Con todo este pensamiento ya elaborado en mi cabeza, un día me encontré a un pibe de algún país latinoamericano en el ascensor y me dice “qué lindo Argentina”. Yo sonreí por afuera y por dentro, últimamente no me estaba sintiendo muy querida por algunos hermanos. Cuando me pregunta de dónde soy y le digo que de Buenos Aires, me dice que él estuvo en Córdoba y que los cordobeses odian a los porteños. Chan. Mierda, como estamos con el tema del odio. El comentario me cae como un balde de agua fría, la gota que rebalsa el vaso. “Mis padres son cordobeses”, le comento. Estoy lejos y con los huevos bien llenos de la tensión mundialista y mundial. Pero acá, en el culo del mundo, en China, sí que nos bancan. Así andamos, a los abrazos y cantitos con los chinos, un solo corazón. Gritamos como locos el gol que es anulado.

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Y de ahí, todo viene en picada, todo se convierte en un sufrimiento. Nunca dejamos de cantar. Todo contrasta con la tranquilidad de los alemanes.

El final no es feliz. El final de la velada no es feliz. Hay lágrimas y se desliza algún que otro improperio.

Me despido de todos con un abrazo. Vuelvo caminando a mi hostel, agradecida por haber encontrado a los de mi tribu y haber compartido con ellos. Siento una inmensa gratitud por la gente linda que hay en nuestro país. Doy fé de que uno puede crear la situación que quiera, siempre, sólo buscándola. En cualquier lugar del mundo. Estoy feliz porque llegamos a la final. Estoy feliz porque conocí un poquito más del mundo mundial.

Estoy triste, porque se termina esta experiencia multicultural y montaña rusa sentimental. Estoy triste porque perdimos la final del mundial, pero claro que estoy feliz, porque en el camino a mi cuchitril, me encuentro con el amanecer y la oportunidad de un nuevo día… y un nuevo mundial, dentro de 4 años.

 

 

 

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