El camino a la India

“El camino que puede expresarse con palabras no es el verdadero Camino.”

                                                                                      Tao Te King

1)

“¿Volverían los fugados de Alcatraz nadando a la isla para saludar a sus ex compañeros?”.

Eso pensé al recordar que la Embajada de India en la ciudad de Buenos Aires quedaba en el mismo edificio que mi trabajo anterior.

Estaba en el piso 19, a menos de una decena de pisos de esos adorados ex compañeros de risas y desesperación. Entregué mis documentos para tramitar la visa y cuando entré al ascensor dudé un momento. Habían pasado un par de meses desde mi partida, pero en vez de subir a verlos, bajé hacia la salida.

Días atrás había pensado: “Saco la visa para ir a India, por las dudas. Tal vez vaya, si conozco a alguien en el camino que quiera venir conmigo, sola no voy ni loca.”

Unas horas antes había ido a la calle Huergo a darme la vacuna contra la fiebre amarilla, único requisito que me pedían para el trámite gratuito.

Una semana de marzo retiré mi pasaporte visado por seis meses, emocionada por una nueva posibilidad en la vida. Apreté nuevamente el botón hacia la planta baja. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, tres ex compañeros de trabajo gritaron al verme: “¿Qué hacés acá?”.

Un par de meses atrás soñabamos juntos con la libertad , mientras mirábamos sucesivos atardeceres del lado de adentro. Les conté qué hacía ahí: “puede que me vaya a India”. Ellos sonrieron con ojos voladores. Bajábamos los cuatro juntos, pero había una que levitaba.

2)

Cuando me fui de Argentina no tenía la certeza de que iba a ir a India, la zona más mágica que yo podría conocer.

El subcontinente me intrigaba. Tantas dudas y preguntas generadas por libros de filosofía de yoga que leía y montañas de palabras en sánscrito que no entendía, por emociones fortísimas que la película de 3 horas de Ghandi me habían despertado, con su ahimsa (no violencia), las vacas sueltas, los condimentos, los elefantes, el té y los colores.

Yo no sabía mucho sobre ese país, ni conocía a nadie que hubiera ido. A decir verdad: ¿qué sabía yo de la India, más que viajar ahí era exagerado turismo aventura? y ¿por qué carajo querría yo ir a hacer eso y sola?

Así que, fiel a los saltos al vacío, decidí ir.

Vaca caminando por la playa en Goa
Vaca caminando por la playa en Goa

Estaba en Asia y mi visado indio expiraba dentro de poco. No había conocido a nadie para que me acompañe y me quitaba el sueño perder esa oportunidad. Pensé mucho en un motivo para ir, hasta que todos mis titubeos se deshicieron de golpe. Quería vivir una experiencia gigante y una tímida inquietud, hasta entonces en rol secundario, se convirtió en la obviedad más clara de los últimos tiempos.

Un día de septiembre, en Singapur, la posibilidad de ir a la India dejó de ser duda. Una revelación que hacía 7 años ocupaba solo 2 días de mis semanas, me pedía que la dejara compartirme más secretos, desde el mismísimo lugar de su origen.

Y ahí nomás, con una claridad impresionante en mi objetivo, como si este destino me estuviera guardado desde el momento en que salí de Argentina, saqué un pasaje para ir a India a estudiar Yoga. 

3)

Sólo un par de días después, caminaba desde el mostrador color rosa viejo de Air India, por el aeropuerto de Singapur. Iba pensando en las mil posibilidades que se abrían en ese mismo instante, algo tan exitante como temeroso. Mi único contacto era una chica india que había conocido en Florencia, con la que había chateado el día anterior. Ella se ofreció a buscarme un hotel, me dio todo tipo de indicaciones, me contactó con sus amigos, sus familiares y me preguntaba constantemente por mi organización del viaje. No había organización alguna y tampoco iba para su ciudad, así que toda su hospitalidad quedó suspendida, no sin dejarme sorprendida ante tanta buena voluntad.

Cuando llegué a la sala de embarque dejé un asiento de por medio, me senté cerca de una mujer india y le sonreí.

Le había copiado el gesto a una mujer india que el día anterior se subió a un barco que daba un paseo por Singapur y observé que dedicó una sonrisa amable a los presentes, sin decir una palabra. Me pareció un gesto divino.

Entonces la miré fijo, le sonreí y me senté. La mujer me devolvió la risita y a los dos minutos empezó a hablarme, me preguntó si estaba casada y si viajaba sola a India. Se quedó un momento sorprendida y a los cinco minutos me ofreció su teléfono por si necesitaba alguna ayuda en su país. A los diez minutos me dio consejos, desde los niveles más básicos a los más profundos de la vida.

Deepeka estaba viajando a India con su bebé, para el casamiento de una prima. El marido se quedaba trabajando en Singapur. A veces extrañaba visceralmente vivir en su país, pero otras sentía alivio por estar lejos. Riéndose, me habló de que en su familia todos saben todo de todos y todos opinan de todo. Me preguntó si en Argentina la institución familiar era igual de intensa.

Mujeres indias en Bangalore
Mujeres de Bangalore

Era de madrugada y el aeropuerto estaba bastante vacío. Una señora eligió sentarse justo en el asiento que había entre medio de nosotras y nuestra conversación.

Asomándome por encima de la mujer, le pregunté a mi, ya íntima, amiga Deepeka, si tendría que regatear en India. Como estaba hablándole a ella, pero en el medio estaba esta otra mujer, le dediqué una sonrisa de bienvenida. La mujer sonrío y se sintió integrada contestando, ella antes que Deepeka, que sin lugar a dudas regateara. “Si te dicen 200, decí 100. Tú decides lo que pagas, siempre. Por ser turista te van a querer cobrar mas”, me asesoró. Cuando terminó de explicarme todo, me preguntó si estaba casada y se extrañó al escuchar mi respuesta.

La señora estaba vestida con el Sari, vestido tradicional, que consiste en seis metros de tela envuelta alrededor del cuerpo y una remera corta. También llevaba un círculo rojo en el entrecejo y un aro en la nariz. Le pregunté por la línea de ceniza roja que llevaba en la raya al medio de su cabello. Me dijo que todas las mujeres casadas debían llevarla. Le pregunté si al tercer ojo se lo pegaba con algo. Ella sacó una plancha de stickers con distintos diseños de bhindis y me los mostró. Hablamos de todo lo que pudimos en esos minutos, donde descubrí que las mujer indias eran mi nueva intriga primordial.

A los diez minutos esta mujer me dio su teléfono escrito en un papel y cuando le dije que iba a Rishikesh, una de las ciudades sagradas de India, a estudiar Yoga, me dijo que el fin de semana ella y su familia iban a estar en la ciudad próxima de Haridwar y que me iban a ir a visitar.

4)

Cuando estaba en el avión pasaron tres cosas:

Una, me hice fan de Bollywood.

La película de la vida del corredor Milkha Singh me fascinó, así como lo ridículo e inexplicable de algunas escenas de baile y los estúpidos y sensuales pasos utilizados en ella. Un verdadero viaje de ida a un mundo cinematográfico por explorar.

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Escena de baile de la película “Bhaag Milkha Bhaag”

Dos, me hice vegetariana.

Por primera vez en un avión había más opciones para comer sin carne, que con. Estaba viajando a un país de millones de vegetarianos y se me ocurrió probar ese estilo de vida, como un turista que viene a Argentina probaría una sucesión de asados. Prometí experimentar el vegetarianismo durante toda mi estadía en la India. No lo hice por convicción, sino para probar algo nuevo.

Tres, al pasarse la distracción, risa y llanto de la película, me di cuenta de la irreversible decisión que había tomado. Cagaso, se dice en mis pagos…

Me sentí intimidada por mis impulsos irresponsables y no pude escapar a ningún lado. Otra vez, sentí ganas de abrazar a mamá y apoyar la cabeza en su pecho. Yo no iba a la India en ningún tour, a visitar a ningún amigo, con ninguna companía y casi ningun plan. Iba a mi manera, como Paul Anka. Un cosquilleo ácido invadió a mi estómago. Sólo puedo comparar la sensación a la que tuve antes de llegar sola a Marruecos, cuando me bebí un licuado de ansiedad, miedo y desamparo. No había vuelta atrás.

5)

Respiré hondo y aterricé en Nueva Delhi.

Mientras caminaba hacia los mostradores de control, pude ver manos gigantes en forma de mudrás, gestos sagrados que atrapan y guían los flujos de energía. Unos minutos después, estaba frente a una obra de arte que representaba a Surya Namaskara, el saludo al sol del Yoga, sintiendo un cosquilleo de mariposas en el estómago.

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Surya Namaskara en el aeropuerto de Nueva Delhi

Un hombre con el pelo teñido de naranja fosforecente recibió mi pasaporte. Me quedé estéticamente anonadada ante el oficial de seguridad aeroportuaria. El hombre extraordinario selló mi entrada a la zona mágica, donde ya nada sería lo que yo creía.

Mi cara se transformó: “estoy en mi salsa”, dije en voz alta.

Ay, cómo le iba a cambiar el sabor a mi vida…

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mi amigo y yo, en Rishikesh