El bosque de los yogis

Honk honk, beep beep, toot toot, pi pi, pip pip

Hago golpecitos a ritmo de metrónomo en el piso con el pie mientras miro a mi alrededor. Estoy en un auto, al lado de una blonda norteamericana aspirante a profesora de yoga, a la que conocí en la línea de retiro de equipaje del aeropuerto. Adelante, el delgado conductor de ojos saltones, primer contacto con el mundo exterior indio, maneja desquiciado desde Dehradun rumbo a Rishikesh, con un pie en el acelerador y el resto del cuerpo sobre la bocina. 

Afuera llueve. A través de los vidrios empañados veo el caos: camiones sumergidos en un río que se hizo gigante. Hay vacas caminando por todas partes. Vamos cruzando pequeños ríos que caen desde la montaña. La banda de sonido es un bocinazo constante y en forma de pregunta me planteo por primera vez una futura certeza: en India, la mitad del acelerador esta oculto en la bocina, porque nadie consigue no tocarla para poder avanzar.

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primer imagen de India, desde la ventana del taxi en movimiento

Instantáneamente pienso en mi viaje al Machu Pichu, a fines de enero de 2009. Época casi prohibida para visitar las ruinas debido a lluvias incansables. Días de desprendimientos trágicos en el Camino del Inca y de un río Urubamba poseído por un espíritu furioso que, finalmente, lo tapó todo. Huímos de Aguas Calientes y por poco caemos a un precipio con la camioneta, pero esa es otra historia. Solo me pregunto qué traerá esta temporada de lluvias en India.

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Dónde estoy

Entro corriendo a la recepción del ashram con un primer look para ir a la India algo exagerado. Mi camisa es cuatro talles más grande de lo que yo usaría.

En este santuario para buscadores espirituales, no hay nadie en la recepción y me entretengo mirando las fotos, pegadas en la pared, de personas bañándose en el Ganges. Veo rituales con flores, personas semidesnudas envueltas en telas y pintura en sus frentes. Finalmente aparece un hombre muy flaco y tranquilo para llevarme a mi habitación. Me da un librito con indicaciones y me dice que baje a las 6 de la tarde para la cena. No veo a nadie en los pasillos, todos están en una práctica de yoga.

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Ceremonia a orillas del Ganges

Mi habitación del tercer piso es muy sencilla, con 3 camas individuales, una mesa, un escritorio y un baño. No hay vecinos a la vista.

El pasillo tiene un balcón que da al pie de los Himalayas. Sopla viento lleno de prana desde las montañas, silbando a través del valle del río Ganges. Percibo un energía fuerte. Estoy en la localidad de Tapovan, donde “tap” representa la palabra tapas en sánscrito, la práctica de disciplinas espirituales. “Van” significa bosques. Tapovan significa “el bosque de los yoguis”.

Al fin sola, conmigo misma y nadie más. Estoy sufriendo de exceso de información y movimiento. La desestabilización, que ya es una constante, me tiene volando hace rato. Estar quieta sobre tierra firme me dará una pista sobre dónde estoy.

Rishikesh y el puente Laxman Jhula
Rishikesh y el puente Laxman Jhula

El obsequio

Por no saber qué va a pasar en las próximas horas, paso el siguiente rato sentada en el escritorio con ansiedad, hasta que a las 6 de la tarde suena un timbre.

Bajo al comedor. El calzado de todos está afuera. Dejo mis ojotas y abro la puerta. Las personas están sentadas contra los 4 lados de las paredes del lugar, de piernas cruzadas, en el piso y en silencio. En frente tienen una mesita muy bajita, de una altura de 40 centímetros desde el piso. Un chico muy sonriente me trae un plato grande de aluminio con cuatro divisiones de diferentes tamaños. Mi estomago está expectante.

De repente se abre una puerta y aparece un anciano con un balde en la mano y una cuchara sopera en la otra. Va pasando por donde estamos sentados, tirando en el espacio grande del plato una comida que se llama Kitcheree. Luego sale un joven por la puerta, con una sonrisa gigante. Verdaderamente amable, nos sirve un poco de Dhal. Luego vuelve a salir el hombrecito anciano poniendo arroz blanco y más tarde el joven risueño nos ofrece chapatis y té. Luego se escabullen por la puerta de donde salieron y todos los comensales se llevan las manos al pecho, con las palmas juntas y los ojos cerrados. Alguien comienza a cantar el mantra “Om”. Luego comienzan a entonar el siguiente mantra:

Brahmar panam, Brahma havir

Brahma agnao, Brahma nahutam

Brahmeva tena gantavyam

Brahma karma samadhina

¿Me parece a mí o todos me miran fijo?

Una chica india me mira y me hace un gesto con la mano para que la imite. Ella corta el chapati con las manos y lo usa para tomar el arroz y el dhal. Previamente mezcló todos los ingredientes con los dedos. “Así se hace”, me dice. Yo le sonrío y empiezo a comer como ella.

Cuando me paro para irme del comedor veo que el mantra estaba pintado en la pared, justo sobre mi cabeza.

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de cuerno caído

Antes de apagar la luz, busco en mi cuaderno el significado del mantra, que dice algo así como:

El vasto es el obsequio,

El vasto es la ofrenda,

El vasto es el que ofrece,

El vasto es el fuego del sacrificio

El vasto será revelado a aquel que vea la Consciencia Pura en todas las acciones.

La única certeza sobre los días próximos

5:00 am Meditación individual

6:00 – 7:45  Clase de Yoga: asana, pranayama, mantra, meditación

8:00 Desayuno

8:30 Agni Hotra (puja de fuego)

9:00 Solos los domingos – Karma Yoga

12:30 Almuerzo

4:00 – 5:45: Clase de Yoga: asana, pranayama, mantra, meditación

6:00 Cena

7:00 – 8:00: Canto de Kiirtan

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Amanece, que no es poco

A las 5 de la mañana suena un timbre ineludible. Salto de la cama para empezar a seguir mi rutina. La noche está muy oscura. Hace un frío doloroso y mi programa dice que tengo que meditar individualmente. Me siento en la cama, me tapo con una frazada y cierro los ojos. Me estoy por quedar dormida a cada rato, pero quiero hacer las cosas bien. Sólo que no sé cómo hacer las cosas bien. Mientras intento meditar vienen pensamientos a mi cabeza: ¿faltará poco para las 6?, ¿cómo será la clase de yoga?, ¿ qué me pongo?. En los códigos de vestimenta dice que no puedo usar musculosa de tiras finitas, ni calzas ajustadas, los hombros tapados, las rodillas también.

Me pongo un despertador un rato antes de las 6 para no pasarme de la hora y cierro los ojos, comienzo a respirar.

Nunca me voy a olvidar de la primera impresión. Entro al hall de yoga y está todo en penumbras. Recién está amaneciendo y las luces están apagadas. Veo la figura de una mujer sentada en posición de loto en una especie de plataforma. Tomo una colchoneta mat y busco un lugar. De repente esta mujer empieza a balancearse como agujas de un lado hacia el otro. Solo veo el delineado de su cuerpo y, por detrás, el amanecer.

Ella empieza a cantar:

Asato ma sat gamaya

Tamaso ma jyotir gamaya

Mryityor ma amritam gamaya

Llévame de lo irreal a lo real

Llévame de la oscuridad hacia la luz

Llévame de la muerte a la inmortalidad

Cada vez que ella canta, nosotros respondemos. Y así sigue, balanceándose de lado a lado, mientras el sol empieza a levantarse por detrás y comenzamos a cantar con más fuerza y velocidad. Y de a poco empieza a disminuir la velocidad y el volumen hasta susurrar.

Ahora es de día y puedo ver nítido por primera vez.