silencio

Silencio.

No se habla.

Entro al comedor a desayunar, después de la clase de Yoga y con una sonrisa gigante miro a los presentes y digo “¡Hola!”

Algunos agachan la cabeza, corren la mirada y sonríen. Las reglas del ashram dicen que hay que observar el silencio entre las 9 de la noche y después del desayuno. Rápidamente doy un paso atrás y salgo del salón.

Mi error fue doble: tampoco me había sacado los zapatos para entrar a la sala a desayunar. Esta costumbre de andar descalzo tarda un poco en instalarse, y una vez adquirida, no tiene retorno: por culpa de esta gente, hoy ando en patas las 24 horas, juntando miguitas en las plantas de los pies.

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Hago mi segunda entrada al comedor, sin pena ni gloria, pero descalza y callada. Mientras como, pienso cosas como:

Qué difícil es ignorar a la gente, hacer como que no existen. Tal vez es porque estoy de viaje. Me siento como una niña que se acerca a la gente y la mira, expectante. Es como cuando vas caminando por un sendero, mientras escalás el cerro Uritorco y le dedicas un “hola” a todos los que pasan. Andá a saludar a todos los que te cruzás en Florida y Lavalle, una mañana de furia en Buenos Aires… No es solo una cuestión de multitud. Es predisposición a interactuar, a hacer amigos, a tener buena onda con la gente.

Qué lindo es viajar y mirar hacia afuera, no estar ensimismado, no tener que llegar rápido, no estar absorto en conversaciones con nuestra mente.

Pero justamente me doy cuenta que vine a este lugar a callarme la boca, eso si, sin dejar de ser cordial, claro. ¿Será posible?

¿Qué implica observar el silencio y por qué, en principio, suena como un verdadero desafío?

El diccionario dice que ensimismado es el “que dirige toda su atención a sus pensamientos aislándose de lo que lo rodea”. Suena un poco tenebroso, pero necesario en estos tiempos de tantos estímulos externos que me alejan de mi raíz.

Desde que llegué al ashram no salí, lo único que conozco de la India son estas 4 paredes y esto me obliga a investigar más lo que ya está dentro mío… lo que siempre estuvo.

NO SE ENTIENDE.

Desayuno un poco de arroz, una manzana y un té, mientras observo a un local  completamente vestido de blanco, con turbante en la cabeza y barba larga, comer el arroz con la mano. Me sorprende su habilidad con las manos para formar montículos de comida e insertarlos en su boca con gracia admirable. El hombre se da cuenta que lo estoy observando y me dedica un namasté (saludo) con una sonrisa, yo me río y lo sigo mirando fijo. Estoy poseída por mi espíritu de niña. Quiero tirar mi cuchara por los aires y tocar la comida con las manos, dándole pequeños golpecitos a la mesita. En India soy más infanta que nunca: salí del útero a un mundo nuevo. Mis días de esponja comienzan.

ENCUENTROS CON EL MÁS ALLÁ

Cuando salgo a lavar mis platos empiezo a oler un humito que viene de más abajo. Veo desde el balcón un grupo de gente sentada alrededor del fuego.

Me asomo y veo al señor que comía con las manos ( ¿Por qué comer con las manos es la novedad? ¡Qué  extraterrestres de la conexión somos!, ¡Qué extra-terrestres!) cantando.

Corro hacia abajo y tímidamente me siento al lado de él, que me vuelve a sonreir. Somos 4 personas alrededor de una hoguera cuadrada, uno a cada lado. Ellos cantan sin parar. No entiendo nada de lo que dicen. La maestra de Yoga me señala un librito donde los cantos están escritos. El tercer hombre es de origen incierto y de una paz admirable. Tiene los ojos cerrados y una expresión de plenitud. Su voz, hermosa, tiene un volumen y caudal imponentes. Me gusta este grupo.

Hay que aprender a no entender nada. Disfrutar de lo desconocido. Amar lo desconocido.

Nadie espera que yo entienda lo que esta pasando. Estamos compartiendo. Así que cuando puedo canto y cuando no, voy flotando con el humo de un lado hacia el otro, hasta desvanecerme en la presencia absoluta de este hermoso día de sol.

PUJA DE FUEGO

Me pasan una vasija con algún polvo dentro. Despues de cantar intenciones, pronunciamos “svaha” y tiramos el polvo e inciensos al fuego. No sé qué estamos haciendo, pero

me siento bien tirando cosas al fuego: se desvanecen, se van y se convierten en perfume que entra por mi nariz.

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El puja es un ritual de culto tradicional en la India. La palabra puja tiene raíz sánscrita y es una conjunción de 2 palabras, que en conjunto se traducen como “para crear la purificación de la mente y adquirir cualidades virtuosas mientras se quitan las malas cualidades o karma”.

Estamos acá sentados cantando para traer energías positivas al mismo tiempo que diluyendo los efectos negativos de nuestras acciones. Y hacemos esto todas las mañanas, como en miles de hogares a lo largo de toda India. Los días empiezan así, invocando deidades, representando al concepto de Dios en el fuego, ofrendando, liberando: purificándonos.

Cuando finaliza la ceremonia siento una paz muy bonita y me quedo absorbiendo energía del sol en el balcón, mientras el airecito de los Himalayas me enreda el pelo.

KIRTAN

Por la tarde nos juntamos en un salón para hacer una actividad llamada Kirtan.

Nos sentamos en un círculo en el piso. No hay separación real entre los músicos y el resto. Alguien canta un mantra y los demás respondemos, y así sucesivamente. Un sólo canto puede durar hasta 40 minutos. Al ser una tradición india, muchos de los cantos son en sánscrito, lengua de sonoridad perfecta.

Observo como mi maestra cierra los ojos y ya no los abre. Cada vez su rostro expresa más amor y entrega. Su voz sale del corazón. Me contagia.

Al cerrar los ojos y dejarme llevar por la música, mi mente comienza a silenciarse y me fundo en las voces de los otros, hasta escuchar una sola voz.

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Descubro al canto devocional como quien encuentra un oasis en el desierto. Siento en el pecho como mi corazón se expande, como nunca. Siento la presencia de algo profundo y fuerte instalándose en mí.

Este es el principio de una historia de amor.

Mis manos están bailando.

Aún sin saber qué estoy recitando, comienzo a entender que la vibración de las palabras es la que nos eleva a un estado meditativo. Estamos flotando en una nube, varios metros por arriba de la tierra y nadie quiere bajar.

KARMA

En mi cronograma dice: domingo a las 9:00 – Karma Yoga.

Nos encontramos bajo el sonido de la campana. Corro hacia ella a ver de qué se trata. Sorpresivamente somos sólo 3 personas las que aparecen. Me pregunto dónde está el resto, de qué se tratará esta actividad y este nuevo tipo de Yoga.

La maestra se mete en una habitación, saca una escoba y me la da, me pide que limpie todas las estatuas del salón, enrolle bien todas las alfombras y barra el salón de yoga.

Voy a compartir la tarea con un israelita que tuvo la fortuna de bajar listo para una clase de asana (posturas físicas) y se encontró con el trapo. Mientras limpio una estatua de Ganesha comienzo a conocer a mi futuro amigo. Hablamos del servicio militar y de la franja de Gaza.

Un viaje es una onda expansiva, cada vez las personas me llevan más lejos en mi camino, sumando millas de aprendizaje y explosiones de curiosidad.

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Por momentos continuamos en silencio, y mientras llevamos los mats al sol de la terraza y los desplegamos, observo desde otro punto de vista al pueblo de Rishikesh.

Siento que me está enseñando cosas.

Me siento feliz de limpiar y hacer espacio para lo nuevo.

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