Rumbo a mi hogar en Rishikesh

¿Qué se esconde fuera de lo conocido?

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Una bibliotecaria

En mis dias como voluntaria en la biblioteca de un ashram en la ciudad de Rishikesh, pasan algunas cosas

  1. Puedo experimentar la vida que vive mi mamá, bibliotecaria de profesión, inmersa en un mar de literatura e historias. Desde el momento en que pongo la llave en la cerradura de la biblioteca se abre el mágico mundo de las palabras. Estas cuatro paredes, y todos esos papeles, catalizadores de viajes, me abrazan y aquí pertenezco. Miro esos estantes llenos de oportunidades en mundos nuevos y no me resisto a vivir ahí adentro, a salvo, y, tal vez, no salir más.
  2.  Empiezo a comunicarme con personas a la que solo veía con la boca cerrada. Obligadas a intercambiar palabras pronunciadas por palabras escritas, comenzamos a explorar juntos, primero lo que está en las estanterías y después a nosotros mismos. Cuando cierro la biblioteca, nos sentamos todos en los sillones, cada uno con su ejemplar en mano. Tal vez nos estemos haciendo compañía implícitamente. Me siento el perro de varios y siento que los demás son mis mascotas también. Hay otros tipos de vida entre nosotros: un perro de verdad y lagartijas que caminan por las paredes. Una chica del pueblo rompe el silencio para contar historias de lagartijas. Cuenta que solo podrían matarnos por error. Yo trago saliva mientras las miro caminar por el techo. “Cosa de mandinga” eso de desafiar la ley de gravedad. Ella continúa su relato: “En un casamiento la gente bailaba feliz, mientras que, en la cocina, una lagartija resbalaba desde el techo, cayendo en una gran olla para, horas más tarde, envenenar a todos los comensales”. “Qué lástima que rompimos el silencio”, pienso, ella sigue: “Una chica que vivía cerca de mi casa, usaba siempre un rodete en el pelo. Un día, mientras leía su libro, sintió que le picaba la cabeza. Se rascó un poco y siguió leyendo. A las pocas horas su cara se puso azul. Y sólo un rato después, murió. Una lagartija que cayó del techo intentó, fallidamente, escapar del laberinto de pelos envueltos en su rodete y no pudo. No le quedo otra opción que huir hacia adentro de su cerebro.” Y con estas bonitas historias intenté, minutos más tarde, cerrar los ojos con 5 lagartijas haciendo acrobacias arriba de mi cama. Namaste, mundo cruel.
  3. Dedico horas a escribir y pensar. De repente estoy tranquila, parecía que esa parte de mi vida había quedado atrás entre tanta novedad y viajes. Empiezo a percibir en cuerpo y mente el desequilibrio constante que trae moverse de un país a otro, de una comida a la otra, de un clima a otro, de un idioma a otro. ¿Quién lo hubiera dicho? En este momento lo que más valoro es la rutina. Todo es relativo.
  4. Paso el tiempo leyendo libros de yoga y espiritualidad. Complemento la lectura con  “Siete años en el Tibet” y empiezo a pensar en viajar más hacia el norte. También me entretengo con un par de libros sobre mujeres que viajan solas por India. Termino leyendo historias de engaños y estafas varias. Atrincherada y recopilando información, posibles contestaciones, salidas de laberintos, siento como si estuviera por salir a la guerra con los tapones de punta. Llegado el día, creo que tendré las herramientas necesarias para enfrentar la realidad de un viaje hecho sin absolutamente ninguna preparación.

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Una ermitaña que busca abandonar la aromaterapia

Llegado un día, en un momento de reflexión de esos en los que me quedo mirando un punto fijo hasta que alguien chasquea los dedos frente a mis ojos, me doy cuenta que hace una semana estoy en la India encerrada en un ashram sin salir a la calle. Ignoro completamente las calles de Rishikesh.

Si bien aconsejan dejar el ashram lo menos posible, logrando mantener el estado introspectivo y de meditación, una cuestión de olores fuerza mi salida al mundo exterior.

El catalizador fue una clase de Yin Yoga, donde cada período de permanencia en la postura se convierte en una corta meditación, de entre unos 2 y 5 minutos. En ese período, mientras intentaba permanecer inmóvil y ecuánime, mis fosas nasales apoyadas en el mat inhalaban un olor indescriptible. Esta era la verdadera prueba para mí. No podía resistir más esas sesiones de aromaterapia, de esencia de miles de cuerpos que habían pasado por el ashram, haciendo yoga a temperaturas extremas. Un día dije “basta”.

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Encuentros sutiles

Salgo a la calle. Qué bien se siente. Camino por un híbrido de asfalto y tierra. A los pocos metros encuentro a una pintoresca vaca libre. Mi primer cara a cara con una vaca callejera india y feliz, después de encontrarme gatos callejeros en marruecos, hacen que el perro callejero quede como un lejano recuerdo occidental. Saludo a la vaca, ella mueve la cola espantando moscas.

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La gente me mira detenidamente y yo los observo también. “Namasté”,” namasté”, nos decimos. Voy registrando el camino para recordar cómo volver. Registro la vaca amarillenta, la vaca negra, el señor sentado en la puerta con el pelo naranja, el hombre semidesnudo apoyado contra un árbol.

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Llego a la calle principal. Los bocinazos de todos los vehículos que pasan me ponen los pelos de punta. No tocan una vez, tocan entre 5 y 10 veces, exageradamente.

Un sentimiento de violencia se apodera de mí.

El ashram, aquel lugar de tranquilidad, parece lejano desde esta ruidosa nube de polvo. Debajo de la cuasi carpa que llevo puesta, hace un calor tremendo.

Llego hasta un almacén donde venden mats de yoga. Es mi primera oportunidad para regatear en India, y descubro que mi talento es nulo. No puedo soportar más el olor en clase y lo voy a pagar, cueste lo que cueste.

Contenta con la enmancipación aromática, me siento en un cafecito a empezar uno de mis romances gastronómicos con la India: pido un té chai. El masala chai es un té lechoso con especias como el clavo de olor, cardamomo, jengibre, canela, anís estrellado, pimienta, etc., dependiendo de la preparación. Comienzan entonces los días de masala chai en distintos cafés leyendo “The light of Yoga” del gran maestro Iyengar. En los próximos días voy a ir a conocer a un alumno directo de él.

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Por la ventana del bar veo pasar grupos de peregrinos, caminando siempre, en grupos, de todas las edades. Es un espectáculo increíble de colores, vestidos, edades, humanidad. ¿De dónde viene esa gente y hacia donde va?

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Al emprender el regreso al ashram pierdo las coordenadas y, por un momento, temo perderme en todos los sentidos. Me encuentro, cara a cara, con el miedo.

Ante esta primera incursión en el subcontinente de fuerza mayor, me detengo un momento a pensar. Vivo en mi pequeño mundo, forzándome a aventuras de esas sin pensar mucho. Como cuando se abre la puerta de la avioneta, antes de tirarse en paracaídas, pensando, cual adicto a la adrenalina “¿cómo llegué acá?”. Mi viaje se empecina en enfrentarme a un lado crudo de mí, donde no hay más protección que la paz interna, que el confiar en que todo va a salir bien. Pareciera que estoy obligándome a trabajar miedos. Observo mi metamorfósis lenta, pero sin pausa, hacia un ser contra fóbico: todo aquello que da miedo, he de hacerlo, y sufro por esto, pero no puedo morir antes de probarlo todo. Tengo ansiedad al respecto y el miedo que se agranda solo por no enfrentarlo. Pocas semanas atrás estuve en un tren nocturno sin destino por Polonia y perdida sola en los laberintos de Marrakech, no hay nada de qué temer. No me dejo llevar por mi primer imagen apocalíptica de India, donde los camiones se hundían en el río y los caminos se desmoronaban. Existimos todos los países, todas las culturas al mismo tiempo y hay tantas realidades como personas existen. Voy a construir mi propio mundo.

No pienso, ni puedo, parar.