En busca de un gurú predecible

Un canadiense, un israelita y una argentina en un rickshaw

Polvo de tierra por todo el aire, cada vez más denso. Polvo que se pega en la cara sobre el sudor, polvo que entra en los ojos y nubla la visión. Estómago en plena digestión de desayuno, confuso, mientras el cuerpo se balancea de un lado al otro en el carruaje-catramina que nos lleva. Marco me hace aprender que si uno quiere, puede regatear hasta el cansancio con tal de pagar 10 rupias menos. 

Los tres vinimos a India de un día para el otro, sin información ni recomendaciones, y nos unimos en la misión de intentar conocer distintos maestros de Yoga.

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Hoy, vamos camino a conocer a un maestro que ha sido uno de los grandes alumnos directos del gran profesor Iyengar, en las afueras de Rishikesh. En la puerta de la casa, hay una vaca viviendo la vida con un cuerno caído. Nos miramos fijamente con el animal sagrado, mientras aplaudo y esperamos que alguien aparezca.

…Pero yo no fui

Un joven diminuto sale lentamente y nos hace pasar. Entramos a un Yoga Shala, una habitación donde se practica Yoga. La habitación es austera y tiene sólo tres paredes, luego está abierta hacia el río. Un hombre de mediana edad está sentado en el piso en la postura del loto.

El hombre nos mira de arriba a abajo y se queda en silencio observándonos. Quisiera decirle “Hola, ¿cómo andas?”, pero algo tirante en el aire me dice que mejor calle. Cuando la situación se está volviendo algo incómoda, el hombre empieza a hablar en un hinglish –híbrido de lengua inglesa y lengua asiática-,  inentendible.

Desde ese momento empiezo a dudar si tomar clase con él: no sólo entiendo una de cada tres palabras que dice , sino que parece estar retándonos por algo que no hicimos. Me cuesta sostenerle la mirada, bajo la cabeza evitando sus ojos, que penetran mis inseguridades yóguicas. Siento que estoy en el aeropuerto y me lanzaron los perros encima. Aún sin saber cómo terminé  en esta situación, algo me recuerda al colegio secundario, el día en que nos hicieron firmar el cuaderno de firmas por algo que no habíamos hecho. Mi amiga firmó primero y cuando me tocó a mí, pude ver que en lugar de su firma, había puesto un triste e inocente “…pero yo no fui”.

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El Pai Mei de Rishikesh

Percibo un potencial Pai Mei y me  invade cierta emoción, de esas de cuando aparecen profesores terribles, pero efectivos, como el de Whiplash.

Volvemos en el rickshaw tratando de descifrar por qué nos han cagado a pedos la última media hora, pero los tres entendimos fragmentos separados y juntos, no hacen ningun sentido. Lo único que quedó claro es que hay que volver otro día a tomar una clase de prueba, donde él va a decidir si podemos seguir estudiando con él o no.

Al otro día estamos allí, casi temblando.  La clase es de un nivel mucho más avanzado que el nuestro. El profesor se enoja por momentos cuando alguien no entiende, pero la verdad es que no se le entiende un carajo lo que dice. Pide hacer una parada de manos y alguien hace una parada de cabeza. Echa a la persona de la clase. Alguien es abofeteado por hacer un comentario.

Suena el teléfono.

Avisan que el gran maestro de Yoga Iyengar ha fallecido en Puna, a los 95 años de edad. El profesor, con gran pesar, deja entrever su naturaleza humana, suspende la clase y avisa que se va hoy mismo de viaje. Nunca más lo veo.

Me voy al cumpleaños 106 de un Yogui

El domingo no hay actividades en el ashram, así que usamos el tiempo libre para ir a una clase de Yoga con motivo del cumpleaños numero 106 de un Yogui del pueblo. Pagamos 300 rupias para entrar al festejo, y dejamos nuestros zapatos amontonados afuera del shala, sobre la calle. A la salida, los zapatos estarán esperandonos en el mismo lugar donde los dejamos, ¿no es mágico?

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Entramos en una habitación pequeña, donde casi no cabe más gente. Todos están en silencio, esperando la llegada del gurú. Un televisor diminuto transmite imágenes del homenajeado dando clases ante multitudes en algúna plaza pública. La gente se empieza a impacientar porque el cumpleañero no llega a su cumpleaños. Mi amigo John se da vuelta para susurrarme que puede haber muerto en el camino. 

De pronto se abre una puerta y entra un anciano encapuchado, con un tapado largo y de color naranja. El hombre se para frente a nosotros y comienza a quitarse lentamente la ropa. Primero se quita la capa, luego la túnica, finalmente sus pantalones. Todos observamos en silencio, este extraño espectáculo, hasta verlo quedarse solo con un diminuto tapa rabos.  

Su cuerpo es sólo de piel y huesos. Es la persona más delgada que yo haya visto nunca en mi vida, lo cual me impresiona bastante. El hombre se sienta en la posición del loto y así se mantiene por la siguiente hora y media. Su voz es casi inaudible, de modo que susurra nombres de posturas físicas al oído de un joven Yogui que ejecuta todo lo que el ordena. El joven es el de la foto de abajo:

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Estoy confundida, ¿me parece a mí o el joven asistente está tentado de risa? La solemnidad del anciano semidesnudo con la cara hilarante del novato crean una atmósfera algo ridícula.

Esto va en picada

El aprendiz dice:

“Excercize for the eye, very good for the eye”(“Ejercicio para el ojo, muy bueno para el ojo”), mientras se masajea los párpados, al mismo tiempo que sonríe sospechosamente.

“Excercize for the cheek, very good for the cheek”(“Ejercicio para la mejilla, muy bueno para la mejilla”) y masajea sus cachetes. Trato de no hacer contacto visual con John, para no estallar de la risa.

En un momento de la clase, no sé cómo terminamos acá, estallo a carcajadas y saltando hacia cualquiera lado con los brazos abiertos, sacando la lengua y poniendo los ojos vizcos. Todos parecemos animales en celo. El aprendiz se ríe descaradamente y el anciano sigue sentado en el loto, inmutable. ¿Será el Yoga de la risa su secreto para vivir tantos años?

 

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Salimos de la clase algo incrédulos con lo vivido, pero felices de habitar situaciones que parecen imposibles, como las posturas de los grandes Yoguis.