¡Gracias Madre Tierra!

¡Gracias Madre Tierra!

Hace un tiempo empecé el proceso de recordarme. Me había olvidado de mí, de quién era, de dónde venía. Hoy quiero compartir un solo aspecto de ese proceso:

Empecé a tener una extraña fascinación con los árboles. Caminando por la calle percibía constantemente una belleza tan grande, tan maravillosa, que empecé a sentir pesar. Los solemos pasar de largo, como si fueran una escenografía pegada en la pared, como en la película The Truman Show.

Ellos están siempre de pie creciendo hacia el cielo, pero también hacia el centro de la Tierra, echando raíces profundas y fuertes, que permiten que el viento y las tormentas no los arranquen ni volteen. Ellos están firmes desde hace muchos años y estarán por muchos más, guardando información y sabiduría. Podría contemplar por horas su grandeza visible e invisible.

A veces me siento una alienígena en esta ciudad. Con el paso de los años entendí que no necesariamente el lugar donde nacemos es nuestro lugar en el mundo. A medida que aprendo a tranquilizar mi interior, percibo cómo el contexto me da batalla.

A veces, me gusta imaginar que no es el hombre el que le ha ganado a la naturaleza, construyendo enormes bloques de cemento y carteles luminosos, sino que la naturaleza nos acecha constantemente. Cuando miro por la ventana desde un piso 2, a pesar de estar a escasos metros de la tierra, me siento ya muy lejos de ella. Veo plantas y árboles entre las casas y edificios. Pero es ella quien manda. Me gusta imaginar que estamos en una selva que está ahí afuera esperando, que si dejamos de limpiar la casa por un mes, las telarañas aparecerán y crecerán plantas en lugares impensados. Ese peligro inminente es hermoso y me recuerda dónde estamos viviendo. No lo quiero olvidar. No quiero perder mis raíces.

Una noche abracé a un árbol. Nunca lo había hecho antes. Nunca había abrazado a un árbol deliberadamente, simplemente por el hecho de abrazarlo. ¿Y para qué se da los abrazos? Yo quería expresar gratitud. Sentí la textura de su piel rugosa y apoyé mi mejilla en él, una sensación que mi rostro no estaba acostumbrado a tener. Rodeé con mis brazos toda su circunferencia, pero no pude tocar mis manos entre sí. Luego miré hacia arriba, todos esos metros hasta el cielo, que me hicieron sentir tan pequeña como un ser humano en el Planeta Tierra.

Fue como si de repente me hubiera enamorado. Pájaros, cielos, estrellas, bichitos, agua, montañas, silbidos del viento: ¿cómo es posible que en todo este tiempo no haya visto otra cosa que belleza pura?, ¿cómo se puede ignorar o dejar sólo para dos semanas al año la contemplación de nuestra casa divina?

Nuestro hogar, al que en lugar de limpiar y cuidar constantemente estamos ignorado y destruyendo.

Un botón se activó dentro de mí y por primera vez en mucho tiempo me sentí parte de algo. Algo grande, maravilloso, admirable, dulce, poderoso: mi casa, de la que soy parte y de la que quiero estar cerca. Mi hogar, al que he extrañado profundamente toda mi vida, sin saberlo hasta ahora.

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