“¡Yo quiero bailar!”

Hace unas semanas estaba yo parada sobre el pasto, con los ojos cerrados, bajo el techo de una carpa abierta haciendo movimientos con el cuerpo como si me hubiera electrocutado.

Todo el cuerpo temblando, desde los hombros hasta la punta de los dedos de las manos. Las rodillas se doblaban y volvían a estirarse, pero los pies seguían arraigados a la tierra. Mi columna vertebral se retorcía y podía sentir la energía fluyendo por mi cuerpo con más fuerza a cada minuto que pasaba.

No sé cuánto tiempo pasó, pero no me importaba nada. Ni un poquito. Sabía que alrededor nuestro había mucha gente mirándonos. Estaba dentro mío y en ningún otro lugar. Siguiendo las indicaciones de la persona que nos guiaba a los participantes de esta meditación en movimiento, me puse a bailar libremente. Y me expresé por completo. Qué liberador. Qué camino gratificante este de volver a ser yo. ¡Cuánto tardé en poder simplemente dejarme ser!

Llegué a casa después del Festival Consciente, completamente energizada y me puse a pensar en mí hace un tiempo atrás. Busqué un texto que escribí hace dos años, y que me dejó en claro que todo lo que anhelamos con el corazón llega si realmente nos abrimos a ello y que toda la belleza que vemos en los demás, es un reflejo de lo que ya vive dentro nuestro. Comparto este despertar con ustedes, para que volvamos juntos a casa.

shakti
Shakti es movimiento, actividad, rapidez, voluntad, comunicación, creatividad e inspiración.

 

Bali, octubre de 2014.

¿Alguna vez te paraste, con los ojos abiertos, en una habitación llena de personas bailando con infinita gracia y ojos cerrados?, ¿Te preguntaste en qué estarían pensando, dónde había partido su inhibición en ese momento?, ¿Te sentiste más consciente que nunca de tus movimientos?

Siempre quise sentirme totalmente libre al bailar en público.

Como ellos.

Mis amigas del profesorado de Yoga me invitan a mi primer experiencia con la danza extática, en Ubud, Bali. Al finalizar el curso me quedo charlando con mi maestra y llego un poco más tarde.

Entro al salón de madera, que está entre palmeras y abundancia completa y veo a todas esas mujeres de pelos larguísimos, aros grandes, bindhis, ropa de algodón ajustada, moviendo sus brazos y cabezas como si le estuvieran haciendo el amor al aire.

Veo a todos estos hombres sin remera, pelo largo, aros, algunos de ellos con sus cuerpos pintados con hermosos mandalas de colores.

Todos transpirados. Todos fluyendo. Todos sintiendo. Todos siendo.

Moviéndose al son de una mezcla de hip hop y música africana, que resulta en imágenes de trance continuo. Cada uno está haciendo lo suyo y al mismo tiempo alimentándose de la energía colectiva reunida en la habitación. Esta vibración es muy fuerte, y si no estás de ánimo para bailar, te sentís fuera de lugar en medio minuto.

Las reglas son: no se habla, no se toman alcohol ni drogas, sólo se baila.

Mejor utilizada que nunca la frase: ya estamos en el baile, vamos a bailar. Empiezo a mover mi cuerpo con esos movimientos cliché que son parte del espacio seguro del baile. Marcar el pulso con el pie y una pequeña flexión alternada de rodillas es un lugar donde estoy a salvo.

Pero cada minuto deseo más fervientemente lograr fluir libremente. Quiero que mi cuerpo escupa todo lo que tiene para decir. Le exijo a mis brazos que se levanten y a mi cuerpo que tiemble, le imploro a mis rodillas que se doblen y a mi cintura que se quiebre. Todo se ve como un robot al que le está fallando la batería.

Y pienso en todos estos años de trabas, de no seguir el corazón.
Hasta que por un momento me concentro en la música y me olvido de mí. Ocurre esto que se ha parodiado tantas veces en las películas. Un hombro empieza a moverse solo y no hay forma de pararlo. Esto es solo el principio de movilidad de un cuerpo que pronto estará fuera de control.

Y cuando finalmente cierro mis ojos y me permito viajar hacia adentro, percibo que puedo ver muchas más cosas que antes. Encuentro la alegría en expresar y jugar con mi cuerpo y consciencia. No hay pensamientos sobre el qué dirán, ya no me invaden. Sólo disfruto de un indescriptible sentimiento de unión, sintiéndome por primera vez viva en mucho tiempo, curiosa y traviesa. Vuelvo a darme cuenta de algo que sabía desde niña: la expresión tiene un poder liberador masivo.

Yo siempre quise estudiar música. La buscaba afuera. Pero hoy me dí cuenta que la música siempre estuvo adentro. Mi amiga alemana quiso preguntarme cómo poner música y por un error idiomático, me preguntó cómo convertirse en la música. Su pregunta no intencional, me dejó buscando respuesta.

Esto se trata de soltar todo y convertirse en la música.

La música transforma nuestra realidad. Es como cuando estas en un autobus camino a casa y escuchás una canción de amor en la radio. Mirás por la ventana con ojos de melancolía y te convertís en un actor. Sentís el amor y el dolor en carne viva. Sólo permitiéndonos jugar el juego abrimos la puerta a las enseñanzas.

Pasé unos días con mis amigas en la playa de Uluwatu. Una de ellas dijo “hoy quiero bailar”. Sin planearlo, pasamos caminando por un show de música en vivo. El público estaba quieto y lejos del escenario, mirando de pie, tomando algo, algunos movían su pie al ritmo del pulso. Nosotras teníamos los ojos cerrados y sentíamos cómo la música se apoderaba de los movimientos de nuestras manos, que bailaban solas en el aire. Yo pregunté: “¿por qué nadie baila? ojalá todos estuvieran bailando”. Mi amiga dijo: ¿y por qué no bailamos nosotras? Había un gran grupo de personas mirando al escenario y un espacio grande vacío en el medio. “No me animo”, dije.

Ella se río y dijo “yo quiero bailar”.

Se paró en ese lugar vacío entre la gente y el escenario, cerró sus ojos, sintió la música y dejó que comulgue con su instinto. Todos quedaron boquiabiertos ante la libertad de su expresión. Su pelo volaba en todas las direcciones, sus manos acariciaban el cuerpo del aire y su cintura batía la atmósfera. Yo agradecía poder ver ese momento maravilloso de alegría, sintiendo que estaba en Woodstock mientras “Vodoo Child” sonaba en la guitarra, sabiendo que todavía me falta mucha libertad para estar en ese lugar. Pude reconocer que expresarse libremente es el mayor desafío, me resulta más fácil subirme a un escenario con un guión escrito, una coreografía memorizada, que simplemente dejar que mi esencia se manifieste. Cuando la canción terminó, la gente se acercaba a saludar a Olivia, a agradecerle por ese momento. Inclusive un día después, nos cruzábamos gente en la calle que la paraba para decirle algo sobre las agallas con la que se paró frente a todos a manifestarse y cuán inspiradora había sido.

Las personas agradecíamos porque ese fue un momento lleno de verdad, donde el espíritu es más fuerte que la mente, donde finalmente nos permitimos ser nosotros mismos.