Viaje a Dharamsala

Mi pelo largo, ondulado, se agita en el viento de cualquier frontera y se enreda, absorbiendo olores a comida, sueños y estados de ánimo.

Un viaje que me hará aprender algo más

Nosotros compartíamos momentos de lectura en silencio, cada uno desde su sillón. Completamente callados, limpiábamos el ashram juntos. En los días libres hacíamos tour de profesores de Yoga por los alrededores de Rishikesh y después nos contábamos distintos descubrimientos que habíamos hecho en nuestras vidas, mientras tomábamos infinidad de tecitos chai.

File4740

John me contó que iba a ir a Dharamshala a hacer un curso de Iyengar Yoga al Himalayan Yoga Institute. Nos preguntó a mí y a Marco, su compañero de habitación y mi compañero de Karma Yoga, si queríamos ir con él. Dharamsala es la tierra donde viven los exiliados del Tíbet y el mismísimo Dalai Lama. Instantáneamente dije que sí a la posibilidad de viajar con mis amigos, conocer el norte de India y hacer un curso de yoga en un instituto increíble.

Los tres compartíamos el mismo balcón del ashram. Ellos dos en una habitación y yo en otra. De balcón a balcón discutíamos sobre la franja de Gaza y el servicio militar obligatorio. Aprendíamos los tres de los universos paralelos que nos rodeaban y éramos cómplices silenciosos de miradas escondidas, en las cenas ultra condimentadas de chapati y dhal.

Un par de días antes, Marco dijo que no iba a venir, que se iba a la ciudad sagrada de Varanasi a ver el ritual sagrado donde se queman los cuerpos de los muertos en el Ganges.

Cuando llegó el día de partir rumbo al norte, nos despertamos temprano, hicimos las mochilas, dejamos el ashram y caminamos hasta la agencia de viajes donde John había comprado el día anterior dos pasajes de autobus. Allí nos guardaron las mochilas hasta la hora de la partida.

El domingo no había actividades en el ashram, así que usamos el tiempo libre para ir a una clase de Yoga con motivo del cumpleaños numero 106 de un yogui del pueblo.

Después de una clase magistral nos pusimos a buscar el ashram del Maharashi Mahesh Yogi, donde los Beatles habían estado en 1968 estudiando meditación trascendental.

Hacía mucho calor y un par de indicaciones mal comprendidas (o mal dadas) bastaron para que nos diéramos por vencidos. En lugar de conocer el lugar donde el despertar de George Harrison lo llevó a componer  una de mis canciones devocionales favoritas, “My Sweet Lord”, fuimos a comer tortas de chocolate.

file4467
En el puente Laxman Jhula, Rishikesh

Llegó el momento de presentarnos en la agencia de viajes, el punto de partida de nuestro viaje. Yo sentía mariposas en el estómago por conocer una nueva región de la India, pero pasaban los minutos y nuestro transporte a la novedad no llegaba.

Los empleados de la agencia parecían estar muy tranquilos, mirando un partido de cricket por televisión. Tras una gran insistencia de nuestra parte, al pasar más de media hora, nos informaron que el autobus no pasaría por la puerta de la agencia, que debíamos tomarlo en un barrio próximo. Instantáneamente supe que éste viaje iba a ser polémico.

Minutos de desconcierto transcurrieron hasta que un hombre apareció en la agencia y nos pidió que lo siguiéramos. Caminamos juntos hasta la calle principal. Él comenzó a caminar más y más rápido, ambos corríamos atrás suyo cargados con todos nuestros bultos. El hombre paró un rickshaw lleno de gente (cuando están llenos son más baratos) y nos dijo que entráramos.

Yo pensaba si esto era una joda: no cabía ni un alfiler ahí adentro. Ante su insistencia, me tiré encima de la gente, que no hizo más que sonreírme. Yo estaba transpirando, con la cara llena de polvo, una mochila de 45 litros en la espalda, otra mochila más chica en el pecho, mat de yoga y un ukelele. Durante todo el viaje me sostuve en una postura de Yoga inédita, mientras los locales que viajaban conmigo me observaban, felices, como a un bicho nuevo. Esto recién comenzaba.

Tras varios kilómetros de rebotes, llegamos a un barrio desolado, donde finalmente pude deshacer la contorsión de mi cuerpo. Una camioneta blanca, llena de polvo, con 13 asientos destartalados, era nuestro famoso “autobus”. Teníamos que esperar a que llegaran los demás pasajeros y nada más ni nada menos que el señor chofer, que estaba papando moscas por ahí y así se fueron un par de horas más.

Finalmente llegaron todos los invitados y partimos, sin saberlo, rumbo a un laberinto. Tras un par de paradas por localidades inhóspitas en las afueras de la ciudad, quedaban sólo tres asientos libres.

Nuestra catramina comenzó a disminuir la velocidad al atardecer. Cuando frenó en el siguiente destino, había 17 personas de origen tibetano con valijas, esperando para subir al “autobus”.  La cara de desconcierto que tenían era tragicómica, rendidos ante el cruel destino, familiarizados con los obstáculos de la India. Me hicieron recordar la cara de resignación de un vecino mío al que le chocaron el auto por enésima vez y mirando al infinito dijo en criollo “…y bue’, ¿qué se le va a hacer?”.

Bajé, sabiendo que iban a pasar horas hasta que se solucionara el tema del espacio. Toda esa gente había pagado un pasaje, tenía un lugar al que llegar, alguien los estaba esperando en casa. Sentí pena por ellos, en medio de un desorden donde nadie se hacía cargo de nada. Sentí miedo también, por haber bajado y que alguien ocupara mi asiento y me dejaran ahí, sola, en el medio de la nada. Sentada a un costado de la ruta, tirando piedritas al aire, vi al sol caer y pensé “qué lejos estoy de casa”.

Aproveché para comprar algo que me estaba faltando. Entré a una despensa y pregunté si tenían jabón blanco. El jabón parecía azul. Insistí en el tema del color. Me juraron que era blanco y lo compré. Una hora después y ya muy lejos de ese lugar, me di cuenta que era azul.

Tras largas discusiones tres personas subieron a la camioneta. Desconozco bajo qué criterio fueron seleccionadas. A las pocas horas nuestro carruaje se rompió y tuvimos que parar en un pueblo para ir al mecánico. Lo gracioso es que había como 4 tipos mirando el interior del capot al mismo tiempo, en busca de un tesoro inexistente…hombres curiosos si los hay. Hasta apareció un perro y se metió en el tumulto.

file4477

Cuando conseguimos continuar, encandilada por las luces de la noche, intenté cerrar los ojos, usando un antifaz que me habían dado en el avión. La camioneta saltaba de pozo en pozo , yo saltaba de arriba a abajo y de un lado hacia el otro en cada curva. Intentaba dormir cuando sentí la mano de John tomar mi mano.

No dije nada, me quedé paralizada. Él comenzó a hacer caricias con su dedo pulgar en el dorso de mi mano, yo quería que pare. Yo tenía los ojos tapados, él aprovechando que mis ojos no lo miraban para insinuar vaya uno a saber qué. La camioneta se movía cada vez más, y lo primero que pude decir, paralizada y con los antifaces puestos fue: “¿tenés miedo?”. Me dijo que si quería que me suelte la mano, le dije que sí. Yo no sabía cómo romper el hielo y con una verborragia nerviosa y los antifaces puestos le empecé a contar una historia. Una vez había ido al teatro ciego y al entrar en la oscuridad total, una persona agarró a mi novio y empezó a bailar con él. Otra persona empezó a bailar un vals conmigo. No se veía nada y nos hicieron dar varios giros bailando de aquí para allá como muñecos de trapo hasta que nos acostaron en el piso. Mi novio pensó que nos habían puesto uno al lado del otro y buscó con sus dedos hasta que tomó una mano. Pero resulta que esa era la mano de otro hombre y se dio cuenta cuando se sacó el antifaz, una hora después. Al terminar de contarle esta historia a John, pude sentir por primera vez en mi vida el sonido del silencio.

Con los antifaces todavía puestos, seguí contandole historias. Le dije que con mis amigas siempre nos reíamos de ese momento incómodo cuando en una cita un chico te agarra las manos. “Momento de manitos”, le dije riéndome. A John no le hizo gracia mi historia. Y no me habló más. 

Hubo otra parada para que el conductor y su ayudante cenaran. Bajamos del autobus y John se tiró al piso, en el medio del camino. Lo fui a ayudar pero me dijo que lo dejara solo. Tenía un ataque de úlcera, según me contó, que era muy doloroso y frecuente. No teníamos nada para cenar y yo entré a un bar, agarré un paquete de galletas, lo pagué, pero cuando lo iba a abrir me di cuenta que estaba roto por la otra punta. Entré al negocio nuevamente a pedir que me lo cambien, pero me sacaron cagando y con mala cara. Entré en crisis.

John seguía tirado en el piso y no recuerdo cuánto tardamos en volver a salir.

file4495

Los rayos del sol me despertaron a los tumbos y John estaba mirando al infinito con mala cara. Me contó que no sabía si sus amigos nos iban a poder alojar. Le pregunté qué había pasado y me dijo que el descuento que le habían propuesto era si dormíamos en una habitación matrimonial. Yo le dije que quería dormir en mi propia habitación, a lo cual su cara empeoró. Le dije que usara el descuento para su habitación, que yo me pagaba el precio completo de la mía, que no tenía problema.

Cuando llegamos a Dharamshala yo parecía un perro abandonado corriendo atrás de un dueño que ya no me quería.

file4536
Yo, recién llegada a Dharamsala (Estos animalitos eran mis vecinos en Dharamkot)

Tomamos un taxi y pasamos por Mc Leoad Gangj y luego seguimos hasta el pueblo de Dharamkot. El rickshaw nos dejó en frente de un centro de Vipassana. Yo tendría que haber entrado ahí a meditar y no salir por los siguientes 10 días, pero en ese momento había ido a hacer un curso con mi “amigo” del ashram.

John dijo que ya no existía la posibilidad del descuento de su amigo. Yo no entendía nada. Él caminaba cada vez más rápido y yo tenía miedo de que se me perdiera de vista. Él era la única persona que yo conocía en India y me había propuesto hacer un curso en una escuela que yo no sabía ni dónde era.

Visiblemente de mal humor, paró en un edificio grande rodeado de montañas donde había una persona desayunando. Le preguntamos si tenía lugar. Yo le pedí una habitación para mí. Alquilamos dos habitaciones, una al lado de la otra. En ese mismo momento me fui a dormir.

Cuando me desperté horas más tarde, toqué la puerta de su habitación, donde se escuchaba música, pero nunca respondió. Salí a buscar un lugarcito para comer entre las montañas y volví tan rápido como pude, antes de que cayera la noche, a mi refugio.

file4498
Bar en Dharamkot

Al día siguiente, golpeé su puerta y no respondió. Salí caminando en busca de un lugar para desayunar. Lo encontré sentado en un bar y me senté al lado suyo. Le pregunté cómo se sentía, si estaba dolorido por la úlcera. Percibí que él ya no quería que yo fuera su compañera de viaje. Yo no podía creer lo que estaba pasando, ni entendía los motivos por más que los repasara. Sus respuestas eran monosílabas, gruñidos, bostezos. Sus ojos mostraban desinterés. Cuando le preguntaba si le pasaba algo me decía que no, que estaba todo bien. Desayunamos, mientras él miraba fijo su computadora y cada comentario que yo hacía encontraba como respuesta el silencio.

Un rato después, se levantó de la mesa y me dijo que iba a ir a buscar el lugar donde empezaba el curso al día siguiente para que supiéramos cómo llegar. Me dijo que mejor no fuera con él, ya que antes iba a pasar por otro lugar a saludar a un amigo. Por la tarde pasó caminando frente a un lugar donde yo estaba tomando un chai y le grité “John!!”, me hizo un gesto con la mano y siguió de largo. Más tarde lo crucé en el pasillo de nuestro hospedaje y me dijo que se había anotado en el curso. Yo no sabía que había que anotarse ese día, él me aseguró que me había avisado, le pregunté dónde quedaba el lugar, me dijo que no me podía explicar porque llegó metiéndose por un caminito entre las montañas. Le dije que iba a intentar ir, me dijo que ya habían cerrado la inscripción. Esa fue la última vez que hablamos.

Me fui a mi habitación totalmente desconcertada. John no me dijo de cenar juntos ni le importaba nada más de mí aparentemente. Repasé una y otra vez en mi cabeza los hechos y conversaciones de las últimas 24 horas para tratar de encontrar un detonante a su reacción, pero todo me parecía absurdo. Y me dí cuenta que no podía hacerme responsable por sus emociones, sólo por las mías: iba a conseguir hacer el curso para el cual había hecho semejante travesía hacia el norte.

file4502
Vista de McLeod Ganj bajando desde Dharamkot

Me fui a buscar un bar y por un caminito llegué a una casa en el medio de una pradera. Adentro había un grupo de jóvenes indios descostillándose de risa ante una película típica de Bollywood. Me quedé tomando té chai y riendo con ellos. Aproveché para conectarme a internet y busqué el famoso curso de yoga hasta encontrarlo, y me fijé cómo llegar.

Al día siguiente me levanté al amanecer y me fui bajando por las montañas hasta encontrar el lugar.  

centre

Era un salón construido con principios de geometría sagrada, lleno de elementos para la práctica Iyengar: quedé fascinada. Cuando llegué todavía no había nadie en la recepción, estaban terminando de dar una clase. Más tarde llegó un amable señor que me dio la bienvenida y me preguntó cómo estaba. Yo intentando contener las lágrimas me puse a charlar con él. Mientras esperaba que llegue la gente, me puse a charlar con todos los que iban llegando, y un rato más tarde ya estábamos todos sonriendo sentados en un círculo. Cuando John llegó y me vio, su cara era indescriptible. Intenté hacer contacto visual con él para saludarlo, pero nunca me miró.

centre-2

Nuestra profesora llevaba una vestimenta algo extraña para hacer una práctica de yoga, unos pantalones inflados a los costados de las caderas de color turquesa con pintas en blanco y arriba una remera con el mismo estampado. ¿Pero qué es normal en este viaje? Era israelita y contó que había estado en el ejército y luego se había venido a vivir a India. Su carácter era firme y seguro, digno de una mujer fuerte e inspiradora, y su forma de enseñar inspiraba respeto y atención plena. Luego me contó que al finalizar el ejército los destinos más populares entre los israelitas son Argentina y sus países vecinos o India. A partir de ahí empecé a prestar atención y notar que en Dharamkot, la mayoría de las personas eran de Israel. De hecho, cuando me cruzaba gente en los caminitos, siempre me decían “Shalom!”. Me di cuenta del gran parecido  físico que compartimos entre argentinos e israelitas, los jóvenes usan barba y el mismo corte de pelo y las mujeres tienen el pelo muy largo.

Pasaron 5 días de curso intensivo, donde John se escabullía por cualquier parte y yo me divertía observando su comportamiento, como si él fuera un animal camuflándose en un documental de National Geographic. Inclusive cuando había que trabajar de a dos aunque se hubiera sentado al lado mío, miraba hacia otro lado en busca de otro compañero.  Un día lo perseguí mientras subía la montaña y pude sentir cómo aceleraba el paso sin mirar atrás. Le grité que cómo estaba, se dio vuelta y me hizo un gesto con la mano. Otras personas se mudaron a su habitación y no sé a dónde fue a parar. Dentro mío había un fuerte sentimiento de tristeza. Un sentimiento de rechazo que nunca había conocido de esa forma. Estar en conflicto con esta persona, me mostró el dolor de conocer una sensación desconocida, provocada por un desconocido. Conocí una sensación de no saber si hice algo mal.Viajando uno se hace compañeros de viaje hombres y mujeres, con los que comparte a diario situaciones que no son citas, son compañía, que viene de compartir. Así fue como si una parte mía se marchitara de tristeza por la ilógica de las relaciones humanas en este mundo de ilusiones.

Finalmente comprendí que nuestra amistad nunca había existido. Y que me había quedado otra vez sola, en el norte de la India, sin planes ni conocidos, con mi traje de mujer.

file4467

Continuará…