Buscadores de verdad (Rishikesh – capítulo 1)

La verdad es demasiado simple para las palabras.

Antes de que el pensamiento se enrede en sustantivos y verbos,

Hay un sonido sin palabras,

Un suspiro profundo sin aliento,

De alivio abrumador,

De encontrar el fin de la ficción,

En este ordinario momento extraordinario,

Cuando las palabras son reconocidas como palabras,

Y la verdad es reconocida como todo lo demás.

(del libro Gifts with no Giver, poesía no dualista de Nirmala).

Febrero de 2017

Nada de lo que sentimos ni pensamos es estático. Quisiéramos gobernar el tiempo, pero todo es producto del mundo de los fenómenos, donde todo viene y se va.

Cuando miro hacia atrás y veo quién creía ser cuando descubrí India, poco queda de esa persona.

Puedo asegurar que no se ve pasar el mismo río dos veces y, mucho menos, al Ganges.

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Cuarenta y cuatro horas después de salir de Buenos Aires, llegamos a Nueva Delhi. Mientras esperamos agotados un vuelo más a Dheradun, inocentemente pedimos un café con un  sandwich en un bar del aeropuerto. En el momento de morderlo empieza el viaje: la intensidad de un picante inesperado nos da la bienvenida. Nos sale líquido por todas partes: moqueamos, sudamos, lagrimeamos, tosemos, nos ponemos rojos, nos miramos horrorizados y de repente nos damos cuenta… ¡Oh!, estamos en la India.

“Estamos en la India, ¿entendes?” , y nos samarreamos el uno al otro. “Mirá donde te traje”, me dice Juan. “Yo te traje”, le digo.

Y nos ponemos felices aunque la lengua se nos pueda caer, ya que es hora de hacer silencio para empezar a escuchar. Los ojos, los oídos y el corazón están listos para ser seducidos. Cumplimos un sueño muy anhelado con este viaje: las ganas de estar en las tierras donde nacieron los sistemas filosóficos que estudiamos.

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El avión de bajo costo de la compañía Spice Jet está verdaderamente destartalado y esta vez los que podríamos caer seríamos nosotros, pero felizmente aterrizamos y podré contarles esta historia en varios capítulos. Rishikesh es un aterrizaje suave para un primer viaje a la India, un pueblo por demás amigable y agradable donde ir adentrándose en la trama del lugar.

En el taxi rumbo a Rishikesh veo la cara de desconcierto de Juan y siento empatía. Ver India por primera vez es un shock. Miento si digo que cada vez que vengo me doy cuenta de que no me acordaba de todo lo que era esto.

Nos espera el desconcierto. Cosas inesperadas. Cosas mágicas. Cosas mejores que en las películas. Cosas desconocidas. Cosas lindas y desagradables. Cosas inspiradoras y desesperantes. Todo esto y más aún.

Pero en mi caso, otra cosa está pasando. El taxi avanza entre monos y vacas por lugares que despiertan recuerdos de los que no me acordaba. A mi mente viene la imagen de alguien que fui hace 3 años y su primera impresión, del miedo y de los hechos mágicos que inspiraron un cambio de vida rotundo. Pienso en todo lo que pasó desde el último viaje hasta ahora y me preparo para ver con otros ojos.

Los oídos, sin embargo, están intactos y mi estado de ensoñación se desarma con las bocinazos abusivos, constantes, largos y desesperantes, que ponen a prueba cualquier estado de paz que uno pueda venir a conseguir hasta Oriente.

No hay aprendizajes que perder

Llegar a la casa de huéspedes es como cruzar una línea de llegada tras una extensa maratón. Poco queda del aspecto con el que partimos de Ezeiza un jueves a la noche. Es domingo a las 2 de la tarde y, para festejar, nos tiramos a dormir una siesta “de un par de horitas”, antes de salir a recorrer el pueblo.

Inesperadamente, nos despertamos a las 5 de la mañana del día siguiente. En India son 8:30 horas más que en Argentina, pero nosotros nunca volveremos a saber en qué hora, país o plano estamos. Entramos en una dimensión sin tiempo, de presencia pura.

Físicamente estamos destruidos, pero enérgicos por el anhelo de ver qué hay allá afuera, para poder ver qué hay aquí dentro. Viajamos miles de kilómetros para encontrarnos en este momento auspicioso, en una de las 7 ciudades sagradas del hinduismo. Durante los meses de febrero y marzo grandes eventos se van a suceder aquí, en la capital del Yoga del mundo.

Los pasillos del hotel están vacíos y a esta hora el silencio se disfruta. En puntas de pie y con nuestros mats de Yoga, abrimos la puerta de la habitación y partimos por la noche fría. Por las calles circula alguna que otra vaca sagrada.

En penumbras vemos a un hombre envuelto en una manta en la entrada del ashram. Nos saluda con un “namaste” y nos señala la dirección del yoga shala.

Y acá estamos, en el lugar exacto donde todo empezó, en el primer lugar y ashram que pisé cuando vine a India. ¡Qué bendición volver aquí!

Entramos a una sala en la queda poco espacio entre decenas de yoguis y yoguinis sentados en meditación, vestidos de color blanco. El blanco simboliza la pureza y atrae la cualidad sátvica, de tranquilidad, conocimiento y equilibrio.

La sala está iluminada por velas, decorada por diversas estatuillas de deidades del hinduismo,como Ganesha y Shiva Nataraja, fotos de grandes yoguis de todos los tiempos y algunos mantras clásicos pintados sobre las paredes. Del otro lado de las ventanas nos acompañan la noche y las montañas. A esta hora todavía hace frío y todos estamos cubiertos con frazadas. Suena de fondo la clásica flauta India llamada bansuri, junto con el sonido de una tanpura. Respiro hondo, cierro los ojos y sé que estoy donde quiero estar: ¡una vez más me encuentro con los de mi tribu!, ¿podría explicar con palabras lo que se siente un hogar lejos de casa?

Al rato llega Vishva-Ji, nuestro maestro, que se sienta en postura del loto y comienza a entonar con una voz suave el mantra “Lokah Samastah Sukhino Bhavantu”. Todos empezamos a repetir al unísono, somos aproximadamente 100 personas cantando “Que todos los seres en todas partes sean felices y libres, y puedan los pensamientos, palabras y acciones de mi propia vida, contribuir de alguna manera a la felicidad y a la libertad para todos.”

Y así amanece entre cantos, respiraciones, asanas, relajación y meditación. 

Al finalizar la clase, bajamos hasta el jardín del ashram para realizar un ritual que viene desde la antiguedad: el Agni Hotra, el puja de fuego que se hace todas las mañanas y atardeceres. Durante esta ceremonia practicamos canto védico. Podés leer este post donde explico más sobre este ritual y la rutina del ashram.

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Al finalizar la ceremonia  me quedo sentada junto al fuego, pensando en su naturaleza dinámica y su poder de transmutar. Pienso en todas esas cosas que quiero dejar atrás y que estoy lista para ofrendar a las llamas. Viajar es moverse, cambiar, dejar lo viejo atrás y hacer lugar para que venga lo nuevo. Para eso, es necesario deshacerse de lo conocido.

Suena la campana y bajamos a desayunar a un nuevo salón, que no existía la primera vez que vine a este ashram. Me alegra ver cómo va creciendo este lugar. En este momento hay un grupo de 40 estudiantes de todo el mundo que se están formando en la tradición milenaria del Yoga. Están agotados, siguiendo una rutina de clases, práctica y autoconocimiento en la que no queda espacio para nada más. Entre ellos, seremos 10 participantes más de la rutina del ashram, al que nos mudamos al día siguiente. 

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Dos veces por semana, después de cenar, nos reunimos a cantar mantras y una vez por semana a escuchar un satsang de Vishva-Ji. Mientras los días pasan, se va formando una amistad implícita de miradas y sonrisas con los alumnos del profesorado y las personas que trabajan haciendo servicio desinteresado en el ashram, que de a poco se va convirtiendo en un hogar con una gran familia.

La comida es deliciosa y abundante. La esperamos cantando mantras, mientras las personas que están haciendo servicio nos van llenando los platos que tienen múltiples sectores. Luego comemos en silencio. El menú es sátvico y el desayuno generalmente consiste en té ayurvédico de hierbas, leche de vaca fresca, leche de soja, muesli, porridge con dátiles, pasas de uva o coco, garbanzos y frutas como banana o papaya. Algunos días de suerte el desayuno puede incluir samosas, paratha y uppama.

Para el almuerzo o la cena comemos dal, vegetales (calabaza, zanahoria, coliflor, espinaca), arroz y chapati.

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Cada noche nos acostamos agradecidos de poder experimentar el estilo de vida yóguico desde el amanecer hasta el final del día. Es en este espacio donde se puede empezar a experimentar el silencio y la introspección.

 Pero hacemos trampa…Reuniones para la verdad

Esta vez vinimos a India especialmente a experimentar la dinámica del satsang.

Sat significa verdad y sanga compañía, satsanga se puede traducir como “asociación con el sabio”.

En estos encuentros, un maestro espiritual iluminado, conocido como gurú en India, se sienta a responder todo tipo de preguntas que sus seguidores, la sangha, o quienes se acercan por primera vez, le quiera hacer. Para darse una idea, el Buda Siddharta Gautama pronunció su primer discurso ante cinco personas. Jesús tenía un grupito de 12 seguidores que se sentaban a escucharlo.

Ser parte de estos encuentros es una de las experiencias más poderosas que se puede tener en la vida. Primero, porque de todas las temáticas sobre las que uno puede juntarse a charlar esta es la más trascendental. Estamos hablando sobre la verdad última, la respuesta a preguntas tales como “¿por qué estamos acá?” y “¿qué somos?”. A veces tenemos insomnio por cuestiones triviales, “¿qué pensarán de mí?”,“¿por qué dije eso?”, “¿qué me pongo?”. Y sin embargo, dormimos todas las noches sin preguntarnos para qué diablos estamos vivos.

Segundo, porque el trabajo de estos maestros es mostrar el camino a través de nuestra propia experiencia y no sólo a través de su conocimiento. El verdadero maestro, el satguru, está dentro. Todos estamos sedientos de verdad, pero la verdad es incómoda. Requiere de trabajo personal y, en sus primeros pasos, de la guía de un maestro. El proceso del satsang es de autoconocimiento y observación.

Sólo para jugar, imaginen que Jesús tenía un canal de youtube y hacía videos compartiendo enseñanzas online. Los videos al principio tenían pocas visitas, luego se iban compartiendo, sumando seguidores y detractores. Así es como hoy se puede llegar a conocer las enseñanzas, entre otras formas, de maestros contemporáneos tales como Prem Baba y Mooji. Pero la verdad última es una sola, y no importa qué escuela de pensamiento, religión, yoga o filosofía se siga, todas apuntan a lo mismo: la unión del ser individual con el Ser Universal.

Estos encuentros son absolutamente gratuitos y están llenos de buscadores de verdad que viajan de todo el mundo para la temporada de satsangs, que dura cinco semanas.

Y acá estamos nosotros, que hace un tiempo seguimos a algunos maestros a través del ciberespacio y estamos muy emocionados por conocerlos en vivo y en directo. Hoy es un gran día, apenas terminemos el desayuno en el ashram, vamos a salir corriendo al satsang de Prem Baba en el Sacha Dham Ashram.

Al llegar al hall del satsang, dejamos nuestros zapatos afuera. Entramos en un salón blanco con ventanas que dan al Ganges y lamparas gigantes en forma de flores de loto. Hay cientos de personas sentadas en el piso y otras tantas sentadas en sillas en la parte de atrás. En el centro están los músicos de la banda Awaken Love compartiendo sonidos celestiales en forma de mantras. Dentro del hall estamos en silencio esperando la llegada del maestro. La atmósfera desborda de paz. A su llegada, todos nos paramos con las manos juntas a la altura del corazón, como se saluda en esta parte del mundo. Luego del saludo, el maestro toma un puñado de preguntas escritas por  los presentes y empieza el satsang.

Lo que sucede después es que la mente se aquieta y se abre el corazón. Tradicionalmente el satsang otorga la gracia del gurú al discípulo. Es cierto, estar en un salón junto a un ser iluminado, crea una energía muy especial. La experiencia de ser parte de la tradición del satsang es ineludiblemente transformadora y uno deja la sala como si le hubieran crecido alas.

Y así transcurre nuestra primer semana en India, recordándonos que en esta vida somos siempre aprendices. Apelando a la humildad que se requiere para entregarse a la enseñanza de algo nuevo, que va en contra de todo lo que uno creía saber.

Y para eso viajamos, afuera y adentro.

Buscando.

Confiando.

Encontrando.

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